Exposición

Un grafitero llamado Picasso

El COAC explora en una exposición los puntos en común entre el arte y el urbanismo

Uno de los originales de Picasso para la fachada del Colegio de Arquitectos en Barcelona
Uno de los originales de Picasso para la fachada del Colegio de Arquitectos en BarcelonaFotoGasull

La mayor obra pública de Pablo Picasso la tiene Barcelona y está casi a la vista de todo el mundo. Se trata de los esgrafiados que el artista realizó para la sede del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya (COAC), un proyecto del arquitecto Xavier Busquets, tanto para su fachada como para un espacio interior no muy conocido para el gran público, como es la primera planta. Ahora una exposición, aprovechando el cincuentenario de la muerte del genio malagueño, explora el proceso creativo seguido por Picasso con la implicación directa de Carl Nesjar, además de analizar los vínculos entre el arte y el urbanismo.

A partir de documentos originales y fotografías realizadas para la ocasión por Manolo Laguillo, el comisario de la muestra, Fernando Marzá, nos permite conocer los precedentes de la implicación picassiana y que dio como resultado lo que el autor de «Las señoritas de Aviñón» definió como «mis grafitis».

«Nuestro objetivo ha sido el de contextualizar en qué entorno se hicieron las obras», comentó Marzá a este diario. Todo ello tiene como punto de partida las reflexiones y teorías surgidas a finales de la década de los cuarenta y que coinciden en el tiempo con algunas de las principales colaboraciones entre arquitectos y artistas. El punto de partida podría situarse en la iglesia Notre-Dame-de-Any-Grâce, en Passy (Francia), que contó con la implicación de Léger, Matisse y Braque. Algo más cerca, la basílica Menor y Real Santuario​ de la Virgen del Camino, en la localidad leonesa de La Virgen del Camino, contando con Fray Domingo Iturgaiz como arquitecto, implicó a Albert Ràfols Casamada en sus vidrieras y a Josep Maria Subirachs como escultor. Era también el tiempo de la revolución de Le Corbusier y de propuestas tan interesantes como las esculturas habitables de André Bloc.

En 1962, Picasso volvió simbólicamente a la ciudad a la que tanto debía. No lo hizo físicamente, pero sí gracias a su obra realizando los dibujos que posteriormente serían llevados a la fachada de la sede del COAC. Era el tiempo en el que se abría a los barceloneses la nueva avenida de la Catedral y la calle Arcs aprovechando un espacio que había quedado seriamente dañado durante la Guerra Civil a causa de los bombardeos. Picasso, como comentó Marzá, quiso rendir homenaje a la cultura popular, pero también a «la alegría de vivir», proyectando imágenes festivas y de celebración. «El diseño del edificio le ofrecía un muro liso que era como un lienzo de 60 metros», apuntó el comisario de la muestra. Picasso no cobró nada por todo esto.

Para poder materializarlo hacía falta una técnica nueva que encantaba al pintor y promovía Carl Nesjar. Consistía en el uso del chorro de arena a presión sobre el muro y que se empleó en el proyecto convirtiendo en la obra pública de mayor tamaño de Picasso, uno de los más importantes regalos que el artista realizó a la ciudad de Barcelona, es decir, a la que consideró como «su» ciudad.