¿De dónde viene el sabor del agua de grifo?

Se supone que el agua no tiene sabor, pero hay gente que adora el agua de su grifo. (Sí, madrileños, hablamos de vosotros). ¿De dónde viene ese sabor?

En la escuela enseñan que el agua no tiene color, olor ni sabor. Y esto es correcto para el agua “pura”, pero cuando hablamos del agua que llega a nuestros hogares ya no está tan claro. El agua de grifo de Madrid es famosa por lo mucho que les gusta a sus habitantes, y en otras comunidades como Valencia lo habitual es beber agua embotellada. ¿De dónde viene el sabor del agua de grifo y sus diferencias?

Es difícil que nos encontremos agua pura o destilada en la naturaleza, siempre tendrá una pequeña concentración de otros compuestos químicos. El culpable es el propio agua, un disolvente magnifico capaz de envolver con sus moléculas una gran variedad de compuestos químicos. Si dejamos una gota de agua destilada a la intemperie rápidamente absorberá los diferentes compuestos químicos que encuentre en el aire y en la tierra.

Por ejemplo, pensemos en un río que circula desde la cima de una montaña hasta su desembocadura en el mar. Al derretirse el hielo de la cima, obtendremos un agua bastante pura e insípida, pero a medida que el río descienda irá acumulando residuos.

Hoy en día una proporción importante de estos residuos son generados por el hombre, como restos de pesticidas procedentes de cultivos cercanos o desechos químicos de alguna planta industrial. Pero también tenemos otros residuos naturales, como los contactos del agua con diferentes animales que van a beber al río, los seres vivos que viven en ese agua, y los minerales procedentes de las piedras del lecho del río, erosionadas por la corriente.

A medida que el río avanza, todos los residuos se acumulan en una proporción única para cada río y tramo del mismo. No hay dos ríos iguales, y cada río tiene su propia huella química influenciada por su geografía y entorno cercano.

Por este motivo, los ríos siempre han sido problemáticos como fuente de consumo. La única excepción son las poblaciones de montaña, en las que el agua permanece más pura. En los tramos avanzados del río, beber sus aguas supone exponerse a múltiples peligros como microorganismos que esperan su oportunidad para reproducirse en nuestro cuerpo o contaminantes generados por el hombre. Si queremos beber un agua así, debemos filtrarla.

Mejorando el agua que nos llega

Llevamos siglos bebiendo agua filtrada gracias a los pozos. El agua subterránea pasa por diferentes capas comprimidas de tierra que deja atrás cualquier partícula grande que pudiera estar presente, desde ramas hasta restos de excrementos. De este modo, el agua de los pozos permanece relativamente limpia y libre de gérmenes, salvo que se contamine desde fuera.

El ser humano ha imitado este proceso natural a través del proceso de potabilización de las depuradoras. En ellas el agua circula a través de varios filtros de carbono activado, capaces de absorber y apartar cualquier particula grande y algunos compuestos químicos.

Es posible añadir más filtros y volver el agua aun más pura, sin embargo a partir de cierto punto no es viable. Más filtros implica menos cantidad de agua por segundo, y si queremos abastecer los grifos de toda la población debemos dejar algunos restos, siempre asegurándose que el agua sea potable y su consumo no produzca enfermedades.

De este modo se prioriza conseguir agua potable para grandes poblaciones, a cambio de un sabor más variable. En ocasiones la combinación será mejor, y en otras peor. También puede cambiar con el tiempo, si el rio sufre una gran crecida que atraiga nuevos minerales a su interior o si cambian los filtros de carbono activo a otros más potentes.

En cambio, las fábricas de embotellamiento de agua se sitúan de manera estratégica en las montañas, donde el agua de los ríos esta más limpia y aplican filtros adicionales para dejar un agua más pura que el agua de grifo. Pueden permitírselo ya que tienen más tiempo entre lote y lote de botellas. De este modo se aseguran que el agua sea más insípida y su sabor pueda gustarle a todo el mundo.

Debido a las limitaciones de las depuradoras públicas, siempre existe un mínimo riesgo de que microorganismos como virus o bacterias hayan logrado permanecer en el agua, o que exista alguna contaminación en las cañerías siguientes. Para evitar problemas de salud, el agua de grifo incluye una pequeña cantidad de cloro, suficientemente pequeña para no afectar al sabor pero la justa para evitar el crecimiento de patógenos indeseables. En algunos países como Estados Unidos el agua también incluye flúor, que combina el efecto antibacteriano con la protección bucodental. Sin embargo, su consumo frecuente tiene algunos efectos secundarios y en Europa casi ningún país lo añade, España inclusive.

En resumen, el agua que sale de nuestro grifo no es solo agua, sino que lleva toda una variedad de compuestos químicos. La mayoría son carbonatos y sulfatos, procedentes de la tierra bajo el río, además del propio cloro que añadimos. Cada vez que bebemos un vaso de agua del grifo saboreamos parte de nuestra geografía y fauna. Si no te gusta el agua, grita a las montañas.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Hay requerimientos mínimos para que el agua sea considerada potable, y todas las depuradoras tienen controles de calidad periódicos para asegurarse de que cumplen estos requerimientos. Eso hace que aunque se añada cloro o se dejen restos de otros compuestos, estos estén en una proporción que no afecte a la salud (pero sí al sabor).

REFERENCIAS: