Ciencia

Los OVNIs están en tu cabeza, no ahí afuera

Por mucho que “queramos creer” los OVNIs son mayormente un fenómeno social y no una prueba de vida extraterrestre.

Si hay OVNIs ahí afuera ¿por qué no los ven quienes, como los astrónomos aficionados, viven mirando el cielo? La respuesta está en tu cerebro.

¿Quién no ha tenido alguna experiencia extraña? Una sombra que cruza la vereda, un resoplar en la nuca o un susurro en plena noche que eriza todos los pelos del cuerpo. Podemos tratar de darles las más rocambolescas y místicas explicaciones, pero lo cierto es que la ciencia conoce bien al culpable, precisamente porque eres tú mismo.

El cerebro tiene sus limitaciones y se ve obligado a utilizar atajos para interpretar el mundo de forma aproximada. Gracias a ello ha sintetizado los antibióticos, ha fisionado el átomo e incluso nos ha llevado a la Luna. Sin embargo, aunque los trucos que utiliza nuestro cerebro para gestionar tanta información suelen funcionar bien, hay ocasiones en las que fallan. A pocos les sorprenderá saber que ese es el caso de los déjà vu o de las experiencias cercanas a la muerte, pero ¿y si te digo que el fenómeno OVNI es más de lo mismo?

Los profesionales no ven OVNIs

La clave para entenderlo se basa en una observación sencilla. Existen personas que se dedican a mirar el cielo más que ningún otro colectivo, y no se trata de los ufólogos, sino de los astrónomos aficionados. Gente de todo tipo que, al rededor del planeta, se pertrechan con sus telescopios, se alejan de las ciudades y penetran en la oscuridad de la noche guiados por las mismas estrellas. Curiosamente, esas personas, que dedican más horas que nadie a mirar el cielo, son los que menos fenómenos extraños relatan. ¿Cómo es posible esta aparente paradoja?

Tal vez valga la pena recordar que, un OVNI no hace referencia necesariamente a platillos volantes tripulados por hombrecillos verdes. El término se define estrictamente como un “Objeto Volador No Identificado”. Lo cierto es que hay muchos objetos que pueden cruzar los cielos: un meteoro, un avión y aunque parezca mentira, incluso la Luna. Todos ellos han sido reportados en algún que otro momento como OVNIs. Puede parecer gracioso que alguien confunda a la Luna con un platillo volante, pero ese fue el sonado caso de un ciudadano galés, o de toda una recua de coches patrulla que persiguieron a Júpiter por las carreteras de Gipuzkoa.

Por supuesto, no todas las confusiones son tan evidentes, en algunos casos se trata de satélites artificiales, rayos globulares y nubes orogénicas, los cuales resultan mucho más difíciles de reconocer para el ojo inexperto. Todo depende del “diccionario” que nuestro cerebro haya creado para reconocer aquello que está viendo.

El diccionario mental

Una manera de entender nuestro cerebro es como si fuera una fabulosa máquina de predecir. Si pudiéramos ver cómo funciona exactamente, entenderíamos que ese colorido mundo que percibimos llega a nuestro cerebro como electricidad y química, nada más. Y si intentamos recomponer esas piezas en un modelo aproximado del mundo exterior veremos que nuestros sentidos han pasado por alto muchísimos detalles, a fin de cuentas, no podemos fijarnos constantemente en todo.

Por suerte, nuestro cerebro se ha enfrentado a millones de situaciones durante toda tu vida y ha visto tantos rostros que “entiende” cómo ha de ser una cara en base a todo lo que suelen tener en común. Se ha sometido a lo que llamamos un “aprendizaje estadístico” asociando un concepto al patrón que comparten todas las experiencias que se le han presentado como dicho concepto, o en el caso de las caras: aquellas que suelen tener dos ojos, una boca, una nariz, etc. Podríamos comparar esto con un diccionario que tradujera patrones encontrados en lo que nuestros sentidos nos cuentan en conceptos que frecuentemente hemos asociado a dichos estímulos. De ese modo, nuestro cerebro no necesita ver un rostro entero para saber que el resto está ahí, oculto bajo una espesa bufanda o cubierta por una capucha. Junto con esos ojos que ves, puedes predecir que habrá una nariz, una boca y, en definitiva: una persona.

Por lo general somos muy buenos prediciendo, pero no somos perfectos. En ocasiones fallamos produciéndose un fenómeno conocido como pareidolia que, aunque no lo parezca, todos hemos experimentado alguna vez. Si en alguna ocasión has visto una cara dibujada en la parte trasera de un coche, en los agujeros de una alcantarilla o los botones de tu despertador, eso era tu cerebro prediciendo “de más”.

No puedes ver lo que no conoces

Y ese es el punto importante: nuestro cerebro busca patrones allí donde no los hay y lo hace a toda costa. Cualquier cambio de luminosidad o sonido va a tratar de explicarlo con su “diccionario mental”, un diccionario que no es igual para todo el mundo. Cuando te pasas las tardes leyendo sobre astronomía, meteorología, o ingeniería aeroespacial, resulta que tu diccionario se vuelve experto en clasificar estímulos extraños y reconocer en ellos aquello que define, por ejemplo, a la Estación Espacial Internacional. No obstante, la mayor parte de la gente no tiene tiempo para volverse un experto de estos temas, pero todos miramos al cielo de vez en cuando. Si por algún casual, uno de estos fenómenos astronómicos se cruza con su mirada en plena noche, su “diccionario mental” será incapaz de clasificarlo como algo que directamente desconoce, así que se ve obligado a buscar otra explicación.

Aquí es donde entra otro concepto, la heurística de disponibilidad, que hace que nuestro cerebro tienda a darle más importancia a lo que nos ha ocurrido recientemente y por lo tanto a las modas. Ese es el motivo por el que, durante la carrera espacial y el auge de la ciencia ficción, se venían más OVNIs que nunca. Al no poder clasificar lo que estaba percibiendo, el cerebro recurría a explicaciones populares. Hace siglos eran carros de fuego que cruzaban el firmamento y ahora pleyedianos dispuestos a vendernos un nuevo detergente.

La ciencia ofrece respuestas, el misterio las esconde

Es evidente que la ciencia no ha conseguido explicar todo, pero ha desvelado más misterios que ninguna otra forma de conocimiento. Ha conseguido predecir algunas cosas incluso mejor que nuestro propio cerebro y ha podido demostrar su valía no solo con palabras, sino con hechos. Los fenómenos que la gente ha relacionado históricamente con OVNIs se entienden cada vez mejor y, de hecho, se reportan menos casos que en las últimas décadas.

En cualquier caso, nuestro cerebro es menos racional de lo que parece, y el magnetismo de lo desconocido se canaliza injustamente a través del mundo del misterio y la conspiración. Lo que antes eran cuentos de hadas y brujas ahora son seres interdimensionales o industrias que buscan controlarnos con pérfidas vacunas. Es posible que nunca podamos desembarazarnos de las explicaciones sobrenaturales, por mucho que la ciencia llegue a descubrir qué hay debajo de cada polvorienta manta del misterio. Todo lo que podemos hacer es añadir páginas a esos diccionarios para que nuestro cerbero no nos engañe más.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los testimonios individuales no tienen prácticamente ningún valor en ciencia, precisamente porque, incluso si el testigo es sincero, su cerebro puede haber alterado la realidad hasta hacerla irreconocible a partir de sus palabras.
  • No debemos de pensar que el cerebro funciona mal solo porque a veces falle. Estos “errores” son en realidad ejemplos de lo bueno que es nuestro cerebro encontrando patrones y lo adaptable que es a nuevas situaciones. Es una verdadera maravilla, aunque de vez en cuando prediga de más.

REFERENCIAS (MLA):