Sociedad

¿Necesito hacerme una mascarilla?

Los expertos y las autoridades parecen enviar mensajes contradictorios sobre el uso de mascarillas ¿Quién tiene razón? ¿Por qué no se ponen de acuerdo?

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Este artículo fue publicado el 29 de marzo de 2020. Teniendo en cuenta la velocidad a la que cambian los datos y los modelos predictivos empleados es probable que la información del siguiente documento ya esté desactualizada. Recomendamos buscar una fuente más reciente y leer el presente artículo teniendo en cuenta este inevitable desfase.

En tiempos de miedo hablar es como pasear por un campo minado. Cada palabra tiene el potencial de disparar los nervios que alguien ya tenía a flor de piel. No importa cuánta razón se tenga, cómo se digan las cosas o la evidencia que lo respalde, la bilis tiene el control. Por ejemplo: ¿quién ha de usar mascarillas? La respuesta no es fácil y desde que comenzó el aprovisionamiento las opiniones se han ido radicalizando tanto que el debate es casi imposible.

Algunos sostienen que cualquiera pueden ser fuentes de contagio así que la población entera debería llevarlas. Mientras, otros afirman que no hay mascarillas para todos, así que tendrían que restringirse a los pacientes con síntomas y al personal sanitario. Por otro lado, están quienes cosen sin descanso mascarillas caseras para repartir entre sus vecinos y frente a ellos, aquellos sanitarios que alertan sobre la peligrosidad de estas “manualidades”. Como si estuvieran en un fuego cruzado, muchas personas escuchan los argumentos de uno y otro lado sin entender cómo puede haber tal desacuerdo. El miedo ensordece el debate, pero si tratamos de abrir los oídos durante el tiempo justo, entenderemos que todos tienen parte de razón.

¿Necesito una mascarilla?

Si consultamos las indicaciones de la OMS veremos que no recomiendan el uso de mascarillas a aquellas personas que estén libres de síntomas. No obstante, ahora sabemos que existen sujetos asintomáticos pero infectados y que pueden contagiar el virus. De hecho, estos individuos se sienten perfectamente y no sospechan que puedan ser portadores del virus. Así pues, se comportan con total naturalidad, pasando desapercibidos y convirtiéndose en uno de los focos infecciosos más determinantes para la expansión del SARS-CoV-2.

Teniendo esto en cuenta, la mejor forma de aplanar la curva sería que todos pudiéramos llevar mascarillas, aunque no de cualquier tipo. Por un lado, tenemos las quirúrgicas. Formadas por un rectángulo de tela son, posiblemente, las que se ven con más frecuencia en las calles. Sin embargo, también son las más limitadas. Su uso debería restringirse a las personas que sepamos que están infectadas, ya que no han sido diseñadas para aislarnos del mundo, sino para aislar al mundo de nosotros. La idea de estas mascarillas es contener todos los fluidos que podamos emitir por nuestra boca y nariz, principalmente el Flügge y el aerosol de Well, esas constantes gotas de saliva que proyectamos al hablar. Básicamente funcionan como un parapeto que en los quirófanos protege al paciente de los profesionales que las visten. Sin embargo, distan mucho de ser perfectas.

Los sanitarios, por ejemplo, han de mantenerse libres de infección para poder atender a todos los pacientes posibles. Y es que, en un momento como este, una baja por enfermedad implicaría saturar todavía más los hospitales y centros de salud. No necesitan tanto proteger a los demás de ellos como protegerse ellos de los demás. Por eso, las mascarillas quirúrgicas se quedan cortas y necesitan recurrir a otros modelos, como las famosas FFP. Estas son capaces de filtrar un 78% de los virus en el caso de las FFP1, el 92% con las FFP2 y hasta un 98% si usamos una FFP3. Parecen una gran protección, pero si investigamos más veremos que sus poros son como los agujeros de un colador, más del doble de grandes que el virus que quieren bloquear (120 nanómetros frente a 300). ¿Cómo pueden retenerlo entonces? La respuesta está en que el virus no flota a voluntad, sino que viaja en esas gotas, que son decenas de veces más grandes que él y que, mientras la mascarilla no esté húmeda, serán incapaces de atravesarla.

De hecho, ese es otro de los puntos claves, la humedad del tejido. Si vamos a utilizar la mascarilla para salir a comprar el pan no notaremos nada, pero si la tienes que llevar durante horas trabajando en el hospital es posible que se empañe con tu propia respiración. Precisamente por eso, existen modelos de FFP con válvulas que permiten que exhalemos rápidamente sin afectar al tejido, cerrándose para que el aire solo pueda ir de dentro a fuera y nunca en sentido contrario. De esta forma, también se evita que la mascarilla se convierta en un reservorio de bacterias y hongos afines a la humedad y al calor humano.

En cualquier caso, ni siquiera la mejor mascarilla asegura una protección completa. Entre otras cosas, porque las gotas infectadas pueden entrar con la misma facilidad a través de tus ojos que cruzando tu nariz o tu boca. Por eso, los profesionales sanitarios llevan gafas protectoras, sobre todo cuando van a estar a menos de 2 metros de un paciente.

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Personal sanitario con mascarilla y gafas de protección Facua 20/03/2020 Facua

No todos somos iguales, y para cada uso hay una mascarilla. No obstante, podríamos resumir lo dicho hasta ahora como que: efectivamente, todos nos beneficiaríamos de llevar una. Pero, entonces ¿por qué lo desaconseja la OMS? No se trata de negligencia o de una conspiración, sino de gestión de recursos. La cruda realidad es que no tenemos mascarillas para todos.

No hay mascarillas para todos

Parece mentira que haya ocurrido, pero faltan mascarillas. Y no solo son difíciles de conseguir para los ciudadanos confinados en sus casas, sino que los propios sanitarios están teniendo que trabajar bajo mínimos. Precisamente, los más desprotegidos son quienes están más expuestos, rodeados de pacientes infectados. Aquellos sin los que el sistema hospitalario colapsaría aumentando el número de muertes. Algunos profesionales relatan como, a pesar de estar tratando día tras día a pacientes con cuadros respiratorios, ven por las calles mascarillas mejores que las suyas. Incluso quienes han conseguido una FFP3 necesitan reutilizarla, alargando su uso más de lo recomendado y volviéndola inseguras.

Los trabajadores de hospitales y centros de salud no solo están sufriendo escasez de mascarillas, sino que las pocas que tienen son, en gran medida, quirúrgicas, que como hemos visto apenas les protegerán de la infección. Muchos se ven obligados a continuar su trabajo al descubierto. Del mismo modo, los pacientes ingresados tampoco pueden asegurarse las mascarillas que necesitan, exponiendo todavía más a quienes están a su alrededor. La situación es crítica y su impacto en la dichosa curva de contagios puede ser determinante. Así que hay algo en lo que parece que todos estamos de acuerdo: aquellas personas expuestas a enfermos (trabajadores de hospitales, de centros de salud, de supermercados y otros profesionales de los que todos dependemos) deberían tener aseguradas tantas mascarillas como necesiten.

Tal vez pensemos, poseídos por el miedo, que mientras tú tengas mascarilla estarás seguro, pero eso es un error. Por mucho que consigamos protegernos, el impacto de esta epidemia va más allá de lo sanitario y como no le pongamos freno pronto las consecuencias políticas y económicas afectarán a todos, por mucho que tuviéramos nuestra propia mascarilla. Países como China o Corea del Sur han basado parte de su éxito en facilitar mascarillas a todo el mundo y lo ideal es que pudiéramos seguir sus pasos, pero por un motivo o por otro, hoy es imposible. ¿Qué debemos hacer entonces? La respuesta es dura, pero clara: apostar.

En una situación como esta tenemos que blindar nuestra estrategia y asegurarnos de que cada uno de nuestros movimientos sea la mejor jugada. Dicho de otro modo, tenemos que “bloquear” con las mascarillas a la mayor cantidad de focos infecciosos posibles. Lo malo es que nunca podemos estar del todo seguros de quién está infectado, así que debemos fijarnos en las probabilidades. La prueba de RT-PCR, con la que se diagnostica la mayoría de los casos es bastante segura pero no es perfecta. Cualquier método de diagnóstico puede fallar, aunque para ser aprobados tiene que demostrar que aciertan en la gran mayoría de los casos. Por ejemplo, aunque depende de muchos factores y no se sabe con certeza, se estima que un resultado positivo implica al menos un 90% de posibilidades de estar realmente infectado. Esto es: por cada 10 personas mal etiquetadas como infectadas (estando realmente sanas) habremos detectado a 90 verdaderos enfermos.

Dicho con otras palabras, las posibilidades de bloquear una fuente de contagio poniéndole una mascarilla a alguien con síntomas y un diagnóstico de confirmación son altísimas, en torno al 90%. En realidad, lo más probable es que este porcentaje sea bastante mayor, pero seamos conservadores.

Ahora pensemos en los asintomáticos. Por definición son personas que no parecen estar infectadas, así que no sabemos exactamente cuántos hay ahí afuera. Las estimaciones más sólidas apuntan a que hay un 18% de casos asintomáticos. Traducido, podríamos decir que por cada cuatro sintomáticos hay casi un infectado que no da pistas de su enfermedad. No obstante, se han popularizado cálculos mucho más exagerados y sin suficiente evidencia, así que, ante la polémica, seamos precavidos y estimemos que existen 100 asintomáticos por cada persona diagnosticada de CODIV-19. Actualmente hay 660.000 casos, por lo tanto, nuestros exageradísimos cálculos apuntarían a unos 66 millones de infectados. Esto es extremadamente improbable desde todos los ángulos posibles, pero seamos tremendistas. Incluso en ese caso, los asintomáticos apenas supondrían el 0,8% de los 8.500 millones de personas que pueblan la Tierra.

Traducido: poniéndole una mascarilla a alguien cualquiera solo por si fuera asintomático, tendríamos un porcentaje de aciertos del 0.8%. Bloquearemos menos de un foco de infección por cada 100 mascarillas que repartamos. Esto es muchísimo menos útil que si se las damos a los que han sido diagnosticados, donde 90 de cada 100 mascarillas podrán cumplir su función. De este modo evitamos desperdiciar 89 de cada 100 mascarilla. Y si te ha sorprendido, recuerda que estos cálculos son muy burdos, hechos para sobrevalorar el éxito con los asintomáticos e infravalorarlo con los diagnosticados, por lo que los verdaderos datos apuntan todavía más a favor de repartir primero el material de protección entre los casos confirmados.

Y esta es la clave de todo: la palabra “primero”. Tenemos que asegurar antes que nada a los profesionales sanitarios o expuestos, luego a quienes ya han sido confirmados como casos de COVID-19 y finalmente, si tuviéramos suficientes mascarillas (que no tenemos), podríamos repartirlas entre el resto de la población. La OMS trata de gestionar este problema, teniendo en cuenta que no contamos con el material suficiente para cubrir a esos dos primeros grupos, mucho menos para un tercero formado mayormente por personas sanas.

Coronavirus en Italia
-FOTODELDÍA- EPA1736 ROMA (ITALIA), 27/03/2020.- Ciudadanos ataviados con guantes y mascarillas hacen cola para comprar en un supermercado este viernes, en Roma, Italia. El número de fallecidos en Italia con el coronavirus alcanzó hoy los 9.134, al registrarse 969 en las últimas veinticuatro horas, un aumento récord en el cómputo de víctimas de esta pandemia. EFE/Massimo PercossiMASSIMO PERCOSSIEFE

Puede parecer mentira que algo tan básico y fácil de fabricar se haya convertido en un artículo de lujo. La industria que las fabrica en nuestro país está preparada para producir un número determinado de ellas que normalmente cubre las necesidades normales sin problema. Sin embargo, hay que entender que la demanda de mascarillas en Europa es mucho menor que en China, donde están acostumbrados a llevarlas ante cualquier resfriado menor. Se estima que si las compras de este tipo de materiales fungibles aumentan en un 10%, comienza a sobrepasarse la capacidad de producción de las fábricas. Para China, que ya usaba muchas, era difícil que precisaran superar ese 10%, pero nuestro caso es muy diferente y lo que ahora necesitamos saber es sí existe alguna alternativa posible.

¿Puedo hacerme mi propia mascarilla?

Una forma sencilla de suavizar la escasez de recursos es que, si un sujeto no expuesto, aparentemente sano y sin personas de riesgo a su cargo tiene mascarillas en su casa, se cedan a un centro de salud. Por desgracia, esto es un parche y en ningún caso resolvería del todo el problema. Necesitamos producir más mascarillas, y dado que la industria no está preparada para asumir tal carga de trabajo, mucha gente ha empezado a confeccionar las suyas propias. Mascarillas hechas en casa que a primera vista no parecen del todo seguras, pero ¿lo son?

La OMS las desaconseja terminantemente. Entre otras cosas, porque no puede recomendar algo que no ha pasado los controles de calidad pertinentes. Lo ideal es que se fabriquen en lugares desinfectados, utilizando telas que la respiración no humedezca con facilidad y cuyo entramado sea lo más prieto posible, cerrando el paso a las partículas del exterior. Lo cierto es que esto es muy difícil de conseguir. Incluso en condiciones ideales, una mascarilla hecha con tela de algodón solo protege del 59% de partículas menores de 2.000 nanómetros. Un trapo de cocina del 79% y con suerte, una bolsa de aspiradora del 86%.

No obstante, estos son porcentajes teóricos suponiendo que el resto de las cualidades de la mascarilla fueran idénticas a su versión de fábrica. Por desgracia, otro de los factores determinantes es lo bien que se pegue a la cara, sellando nariz y boca del exterior. Como en el caso de las mascarillas quirúrgicas, los bordes de las caseras suelen estar libres, siendo imposible asegurar que se controle el paso de virus de fuera a dentro de tu cuerpo. Por otro lado, estas versiones artesanales suelen suponer un problema para respirar y, lo que es peor, dan una falsa sensación de seguridad que puede hacernos relajar otras medidas, olvidando la distancia de seguridad de un metro o la constante higiene de manos.

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Una costurera confecciona una mascarilla EUROPA PRESS 20/03/2020 EUROPA PRESS

Teniendo esto en cuenta, es comprensible que la OMS no recomiende su uso. Sin embargo, existen formas de hacerlas un poco más seguras, aunque nunca tanto como las certificadas. Por ejemplo, hemos de asegurarnos de que cubran siempre la nariz y la boca. No debemos tocarlas nunca con las manos sucias, y tras hacerlo deberemos volverlas a lavar de inmediato. En caso de quererlas reutilizar, tendremos que desinfectarlas, frotándolas con jabón e hirviéndolas a más de 70 grados durante al menos media hora. Y por supuesto, nunca podemos bajar la guardia con el resto de las medidas de seguridad. La única forma de que las mascarillas caseras aporten un extra de protección es que nos comportemos exactamente como si no las llevásemos puestas.

En una época donde las opiniones extremas triunfan, estas escalas de grises hacen que la ciencia parezca confundida y no sepa qué recomendar y qué no. Pero no hay confusión alguna, solo evidencia que va, poco a poco, afinando lo que sabemos sobre esta epidemia. Los datos cambian y los consejos lo hacen con ellos. Ahora estamos en un momento donde toda medida de protección es bienvenida siempre que se use con responsabilidad. Los hospitales necesitan mascarillas, sean industriales o caseras, necesitan gafas y equipos que no tienen. Equipos sin los cuales perdemos todos.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Las mascarillas evitan que los asintomáticos transmitan la enfermedad, pero no por ello se justifica su uso teniendo en cuenta las limitaciones de material que estamos sufriendo. Por eso solo se recomienda en pacientes diagnosticados con COVID-19, población cuyo trabajo le obligue a exponerse y algunas excepciones.
  • La confección de mascarillas caseras es una práctica peligrosa si se hace de forma desinformada. Su uso, si no se tienen en cuenta sus limitaciones, forma de uso y se cae en una falsa sensación de seguridad también implica riesgos.

REFERENCIAS (MLA):