El bulo sobre el apocalipsis solar que la NASA nunca lanzó

Ante la aparente caída en la actividad solar algunos medios han vaticinado terremotos, tsunamis, heladas y hambrunas estableciendo una relación de la que no hay evidencias y que la comunidad científica no secunda en absoluto.

No es fácil hablar de todo. Estamos acostumbrados a ser bombardeados con noticias sobre política y sin embargo yo me declaro incapaz de redactar un artículo riguroso y de calidad sobre la geopolítica de Oriente Medio. Si tuviera que hacerlo porque mi sustento dependiera de ello es probable que buscara a expertos y tratara de componer una suerte de collage con sus opiniones, intentando dar algo de sentido a ese monstruo Frankenstein. Sin embargo, lo más seguro es que el resultado dejara muchísimo que desear, porque, si no conozco bien el campo de la política, difícilmente sabré en qué expertos puedo confiar y quienes me darán testimonios de cuestionable rigor. Pues bien, eso es exactamente lo mismo que ocurre al hablar de ciencia, con una salvedad: vivimos incluso más ajenos a ella.

Si bien la política encuentra su hábitat natural en los medios de comunicación, la ciencia tiene que pelear cada segundo en antena. Vivimos de espaldas a ella y por eso no es de extrañar que las barrabasadas periodísticas estén a la orden del día. Uno de los ejemplos más recientes es el de un aparente apocalipsis solar. Algunos medios, tanto nacionales como extranjeros, se han hecho eco de unas supuestas declaraciones de la NASA en las cuales se advertía que el descenso en la actividad solar podría causar terremotos, erupciones volcánicas, ventiscas polares y hambrunas. En realidad, ni la NASA ha dicho eso ni la comunidad científica no avala esto en absoluto. Es, sencillamente, un sinsentido.

El origen

El origen del bulo parece remontarse a un tabloide muy apropiadamente llamado The Sun. En él se citan dos principales fuentes. Por un lado, está el astrónomo Tony Phillips del cual se presentan una serie de citas extraídas de una entrevista privada, motivo por el que es difícil saber si han sido descontextualizadas. En ellas no se habla sobre terremotos o hambrunas, tan solo se dice que el Sol está en un periodo de baja actividad, lo cual es cierto. Sabemos que la actividad del Sol presenta ciclos de unos 11 años pasando de periodos de máxima actividad a otros de mínima. También sabemos que la mínima actividad del ciclo número 24 (en el que estamos inmersos ahora mismos) debe de haber tenido lugar más o menos durante abril. Es más, si comparamos el presente ciclo con los inmediatamente anteriores puede parecer que globalmente estamos pasando por un momento especialmente poco activo. Algo que explica con claridad el doctor Hector Socas, físico solar, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias y director del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife: “Estamos en un mínimo de actividad y es normal que las manchas y otros fenómenos solares sean escasos. Ya se han visto manchas con la polaridad opuesta, lo que sugiere que el nuevo ciclo ya está en marcha. Por supuesto no lo sabremos hasta ver que va aumentando el número de manchas.

Esto podría justificar parte de la cita en la que el doctor Phillips dice que este mínimo solar “es especialmente profundo”. Sin embargo, hay un problema.

Si queremos comparar bien lo que estamos viviendo tenemos que remontarnos mucho más que un par de ciclos. Al hacerlo, veremos que, aunque la actividad solar parece haber disminuido durante las últimas décadas, al menos una parte se debe a que veníamos de ciclos especialmente activos. De repente el presente no parece tan excepcional.

La segunda fuente de información que indican es difusa, pues se refieren a “los científicos de la NASA”. Supuestamente, están preocupados de que el próximo ciclo sea incluso menor que el presente, equiparándose al mínimo histórico que tuvo lugar entre 1790 y 1830, el “Mínimo de Dalton”. No obstante, la pregunta lógica es: ¿quiénes de entre los miles de científicos que trabajan para la NASA se han pronunciado realmente? La opinión de un solo individuo tiene muy poco valor en ciencia, sobre todo cuando se presenta sin pruebas. Todos somos falibles, incluso los expertos. Es más, si buscamos las declaraciones de la NASA encontraremos que no hay predicciones apocalípticas, en todo caso las previsiones que ofrecen son las de un ciclo igual al actual, o incluso ligeramente más activo.

En palabras del doctor Socas: “El artículo de The Sun es un despropósito en el que se junta un batiburrillo de frases sacadas de contexto que generan una impresión equivocada […] No conozco a ningún físico solar que esté preocupado con este asunto”. Sin embargo, otras plataformas han empezado a hacerse eco del artículo de The Sun tomándolo por una fuente fiable y acreditada y, por supuesto, sin consultar a los muchos astrofísicos que llevan días perplejos por la realidad paralela que cuentan en los medios.

¿Pero por qué no hay peligro?

En comunicación tienden a exagerarse las consecuencias de todo. Incluso en los artículos científicos los descubrimientos tratan de engalanarse para parecer más relevantes en las conclusiones. Es una forma de ganar notoriedad, apelando a las emociones que suscitan las grandes historias, y ¿qué mejor historia que un apocalipsis? Despertar el miedo es una gran forma de que la gente busque informarse más y haga clic en una noticia. En este caso no hay evidencia suficiente para afirmar que un descenso en la actividad solar vaya a tener grandes consecuencias en la Tierra.

La semilla de esta idea viene del evento que antes comentamos, el Mínimo de Dalton. La actividad del Sol está relacionada directamente con las manchas solares, a más actividad electromagnética más manchas oscuras veremos sobre su superficie. Entre 1790 y 1830 el número de manchas solares observadas fue extremadamente bajo y resulta que en 1815 tuvo lugar el llamado año sin verano debido a las extrañas alteraciones en las condiciones meteorológicas de todo el hemisferio norte. Las lluvias y una caída de temperatura en torno al medio grado echaron a perder cosechas enteras empujando a algunos países al hambre y de él a las revueltas. Suena terrible y realmente lo fue, pero correlación no implica causalidad.

Es extraño pensar que la actividad solar causara un evento tan puntual cuando aparentemente llevaba 25 años bajo mínimos (y se mantendría relativamente baja durante otros 15 en los que no se repetiría la crisis). De hecho, aunque la actividad solar pudo jugar su papel, este se antoja residual comparado con el que tuvo el verdadero culpable de este evento: la erupción del monte Tambora, en Indonesia. Con ella, se expulsó a la atmósfera una descomunal cantidad de cenizas volcánicas, polvo y otras sustancias que, contribuyeron a bloquear la luz del Sol siendo las presuntas causantes de las alteraciones meteorológicas que hemos contado. Así pues, acusar al Sol del año sin verano es una simplificación peligrosa y, muy posiblemente, equivocada.

Aunque ¿y si el mínimo solar fue quien provocó la erupción? Eso es lo que algunas personas han tratado de demostrar, aunque de forma poco concluyente. Intentar relacionar la actividad del Sol con los fenómenos geológicos no es un juego nuevo, históricamente se llegó a plantear que las tormentas solares podían colisionar con la superficie terrestre sacudiéndola. No obstante, esas ideas no se sostienen de ninguna forma y pertenecen al campo de la fantasía. De hecho, aunque fueran ciertas apuntarían a que son los máximos solares y no los mínimos quienes causan los seísmos.

Pero volvamos a las erupciones. Es cierto que existen algunos artículos aparentemente sólidos que establecen una relación entre ambos eventos. Dado que los ciclos solares duran aproximadamente 11 años, estos estudios suelen buscar si los periodos de mínima actividad coinciden con un mayor número de casos registrados de terremotos. Algunos parecen dar datos estadísticamente significativos, o, dicho de otro modo, que muestran una correlación entre erupciones y mínimos de actividad solar que no pueden explicarse por simple “casualidad”.

No obstante, hay un grave problema que vuelve muy cuestionables los resultados de estos estudios. Los registros de erupciones que muestran están incompletos y no se indica el criterio seguido para seleccionar unos y rechazar otras.

Por otro lado, como no conocemos mecanismos que puedan unir los cambios en el campo magnético del Sol con el vulcanismo terrestre, la presunta relación entre ambos tampoco cuenta con lo que se llama “plausibilidad teórica”. En el mejor de los casos la ciencia solo puede callar y permanecer a la espera de que se consigan pruebas sólidas; pero eso no significa que tengamos que dar la relación por cierta hasta entonces, todo lo contrario.

Solucionando el cambio climático

Por supuesto, tampoco han faltado voces hablando de este mínimo de actividad como una solución contra el cambio climático. Pero ¿podría realmente compensar una al otro? No parece ni remotamente probable. La temperatura terrestre apenas cambia durante los ciclos solares, de hecho, podemos decir que a efectos prácticos es nulo. Ni siquiera los descensos de temperatura más optimistas atribuidos a los mínimos solares, sostenidos durante décadas, parecen suficientes para contrarrestar el aumento de la temperatura del globo. De hecho, hay que tener en cuenta que estos periodos de baja actividad son pasajeros, por lo que incluso si sirviera como un parche sería tan solo temporal.

El razonamiento de contrarrestar el cambio climático con un mínimo solar recuerda a una escena de la conocida serie de animación Futurama, donde contaban cómo el calentamiento global había sido evitado gracias un invierno nuclear. Ambas cosas son un chiste, aunque por motivos diferentes.

Hablar sobre temas complejos es, para sorpresa de muchos, complejo. Por eso hay que tener cuidado con qué y cómo se afirma al hablar de ciencia. Porque efectivamente, hay muchas cosas que son posibles, pero eso no significa que haya evidencias, predicciones sólidas o que sea mínimamente probable. Por eso es tan mala idea titular un artículo “Un mínimo de actividad solar podría provocar terremotos, erupciones volcánicas y hambruna” como “Un mínimo de actividad solar podría aumentar la venta de chocolate con churros”.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Es frecuente leer que el 77% de los días de lo que va de año el Sol no ha presentado manchas solares. Sin embargo, esta medida es muy voluble, sobre todo a estas alturas del año. Si mañana surgiera una mancha, es de esperar que se mantuviera durante unos 14 días, convirtiendo ese 77% en un 68%. De hecho, este número tampoco tiene en cuenta que puedan aparecer más de una mancha de forma simultánea, de tal modo que dos manchas consecutivas contarán más que un par que nazca y desaparezca a la vez. En palabras del doctor en física solar Hector Socas “Es como intentar ver el cambio climático contando el número de días sin nubes en el cielo”.
  • No hay evidencia sólida sobre que la actividad solar se relacione con terremotos, erupciones ni heladas.
  • La NASA no ha afirmado que estemos a las puertas de un mínimo histórico.

REFERENCIAS (MLA):