Los científicos que le pusieron GPSs a una “manada” de rocas

En el Valle de la Muerte las rocas parecen estar vivas. No se conoce exactamente por qué se mueven, pero una hipótesis que ha cogido fuerza con los años.

Thumbnail

El novelista Douglas Adams es conocido, sobre todo, por haber sido el creador de una de las sagas más icónicas de la ciencia ficción: “Guía del autoestopista galáctico”. Sin embargo, su firma no era necesariamente el componente científico, el cual juega un papel verdaderamente irrelevante en su otra saga “Dirk Gently”. La firma de Douglas era su forma de engarzar la realidad y la ficción utilizando lo absurdo. La aparente trascendencia de sus historias se rompe bajo montañas de disparates.

Su firma es inconfundible, tanto que hay veces en que la propia naturaleza parece hablar con la voz del maestro Adams. Pero para entenderlo, viajemos a un lugar que se antoja extraterrestre. El desierto de Mojave está en California y en él se encuentra uno de los parajes más secos y calurosos del planeta: el Valle de la Muerte. Es un mundo de extremos bautizado con un nombre de lo más novelesco, pero nada de esto es lo que nos ocupa. Lo realmente interesante de esta magnífica extensión de nada son sus rocas, porque a diferencia de las rocas más clásicas, las del Valle de la Muerte están irónicamente “vivas”.

Atrápeme a esa roca

Ante una afirmación así, es posible que hayas querido cerciorarte por tu cuenta y, tras buscar imágenes del Valle de la Muerte en Internet, te hayas sentido decepcionado. Efectivamente, en las fotografías suele haber rocas, pero no parecen demasiado vivas. ¡Por supuesto que no! ¿Por qué iban a moverse durante una fotografía? Sin embargo, el suelo no engaña y si te fijas podrás distinguir que cada piedra ha dejado un surco en la arena. En realidad, son los “caminos” que hacen al moverse, como tus huellas o las rodadas de un coche en el barro. Aunque las rocas no parecían tener muy claro hacia dónde moverse y en sus rutas podían intuirse quiebros, requiebros y cambios de sentido para volver por donde habían venido.

Una roca de Racetrack Playa que, por lo que sea, ha cambiado de dirección en la vida.
Una roca de Racetrack Playa que, por lo que sea, ha cambiado de dirección en la vida.Jon SullivanCreative Commons

A juzgar por los caminos que araban en el suelo, algunas parecían avanzar juntas, como si se tratara de un escuadrón de rocas patrullando el desierto. Otras, en cambio, se quedaban quietas, lo cual no habría despertado sospechas en ningún otro lugar del mundo, pero el Valle de la Muerte era diferente.

En 1948 se publicó el primer artículo científico sugiriendo que, por algún motivo, las rocas del Valle de la Muerte se movían. El motivo era un misterio, sobre todo porque las únicas pistas con las que contaban eran las mismas que has podido extraer de las fotografías. Nadie había visto una de esas rocas durante sus travesías, solo las pistas que dejaban. Recapitulando: en un lugar alejado de cualquier asentamiento humano, a más de 1300 metros de altitud y castigado por el abrasador sol del desierto, unas rocas parecían empeñadas en moverse siempre y cuando no hubiera nadie mirando. La premisa es absurda, pero el desarrollo de la historia no se queda atrás.

¿Podemos ponerle un nombre?

Las rocas parecían algo esquivas y permanecían quietas la amplia mayoría del tiempo. Algunos investigadores trataron de agotarlas y acampar en Racetrack Playa, la parte del Valle de la Muerte que parecía más activa. La idea era que, como en un duelo de miradas, ganara aquel con más paciencia. A decir verdad, el pulso no parecía justo, a un lado había un grupo de científicos aislados en medio de ninguna parte observando rocas, por otro lado, rocas siendo… rocas; parece evidente quién se rajó antes.

El método directo de observación no pareció muy fructífero. Si las rocas realmente se movían, debían de hacerlo con agilidad durante pequeños periodos de tiempo, muy escasos a lo largo del año. Como no era viable acampar allí durante el tiempo suficiente para asegurar un avistamiento, comenzaron a plantearse otra serie de estrategias y una de ellas triunfó.

En 1968 un grupo de geólogos marcaron con estacas unas cuantas piedras, para saber cuánto se alejaban de su posición original durante un periodo de 7 años. Y claro, si vas a estudiar unas docenas de piedras durante más de un lustro te conviene encariñarte con ellas, motivo por el cual cada una recibió un apodo. Nancy, por ejemplo, era la piedra más pequeña, apenas 6 centímetros de diámetro, no obstante, también fue la que más se movió, recorriendo ni más ni menos que 262 metros durante todos esos años, 201 de ellos en una sola tacada. Karen, sin embargo, no parecía tan activa. En cierto modo, su peso era un impedimento, pues contaba con 320 kilogramos. De hecho, no se registró ningún movimiento de Karen durante todo el estudio.

Hacer un corral

Es justo decir que Karen finalmente se desplazó, de hecho, durante algunos años los geólogos le perdieron la pista y sospecharon que pudiera haber sido destruida de algún modo. Simplemente se había movido, a ella y a su tercio de tonelada. Pero eso no era todo. Los mismos científicos que bautizaron a las rocas en 1968 tenían otra idea.

Por aquel entonces ya se sospechaba que los fríos inviernos podían hacer que se formaran charcos sobre el suelo y que, con el tiempo, estos se congelaran. Quizá era esa la clave y las rocas eran empujadas sobre el hielo gracias al viento. Recodemos que el motivo por el que cuesta empujar algo no es solo su peso, sino el coeficiente de rozamiento entre lo que queremos mover y la superficie sobre la que tiene que deslizarse. La goma, por ejemplo, tiene un coeficiente de rozamiento alto, por lo que cuesta más empujar algo sobre ella que sobre el cristal. El hielo en realidad no resbala, pero al ejercer presión sobre él se funde su superficie creando una capa de agua fina y deslizante y un bajo coeficiente de rozamiento.

Pero hay más, todos hemos sostenido un paraguas contra el viento, sabemos que siendo el viento igual de fuerte, lo notamos mucho más cuando el paraguas está abierto que cerrado. El motivo es que ejerce más fuerza porque tiene más superficie sobre la que “empujar”. Así pues ¿y si el hielo que se formaba en invierno se fundía solo en parte, dejando anillos en torno a las rocas que aumentaban su superficie frente al viento? Si fuera de este modo, entre la superficie deslizante y el aumento de la resistencia, puede que incluso una pequeña ráfaga pudiera empujar a la querida Karen. Entonces ¿Cómo poner esto a prueba?

Trayecto de las rocas seguidas durante el estudio: Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in Motion
Trayecto de las rocas seguidas durante el estudio: Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in MotionRichard D. NorrisCreative Commons

Una cámara capaz de grabar por la noche y soportar las inclemencias del tiempo no parecía barata, así que había que agudizar el ingenio. Así fue como los científicos decidieron construir un corral en el que encerrar a unas pocas rocas. Los límites de la estructura consistían en postes espaciados de tal modo que las rocas cupieran entre ellos con muy poca holgura. Si era cierto que para moverse necesitaban crear una capa de hielo a su alrededor, les sería imposible escapar entre los postes. Por suerte las rocas no tenían consciencia de las implicaciones de tan maquiavélica cárcel.

Las investigaciones siguieron, midiendo la velocidad de los fuertes que se formaban sobre la plana llanura de Racetrack Playa, siguiendo los movimientos de las rocas más sospechosas, estudiando la relación entre sus formas y los rastros que dejaban en la arena, etc. Los datos recogidos ayudaban a avanzar poco a poco, pero como si se tratara de una criatura mítica cualquiera, durante todos esos años nadie consiguió ver moverse una roca. Y así fue hasta 2014.

Siga a esa piedra

Con más fondos que otras veces y conociendo al enemigo, un grupo de geólogos decidieron confiar en el poder de la máquina para luchar contra las imperturbables rocas de Racetrack Playa. Ahora podían permitirse equipos de grabación en timelapse para rodar el apasionante día de las rocas y lo que era mejor, perforaron las rocas para introducir en ellas dispositivos GPS, como cuando en las películas los malos pegan un localizador al coche del protagonista. Si esto no te resulta trepidante es porque a fin de cuentas son piedras, pero imagina a los científicos analizando la descomunal cantidad de datos recogidos. Mares enteros de números idénticos indicando que las piedras estaban quietas... hasta que dejaron de estarlo.

Se movieron, y no una ni dos, sino cerca de seis decenas de ellas. Es más, incluso las cámaras llegaron a captar el movimiento de una roca deslizándose en el hielo semiderretido. Efectivamente, parece que la hipótesis del hielo iba por el camino adecuado, solo que en lugar de gruesas capas, la que se formaba tenía apenas unos milímetros de espesor. Por otro lado, tampoco precisaba de grandes anillos para empujar a las rocas, posiblemente porque unos fragmentos de hielo empujaban a otros todos ellos ejerciendo resistencia contra el viento entre todos.

Roca con un dispositivo GPS incrustado en su superficie del artículo: Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in Motion
Roca con un dispositivo GPS incrustado en su superficie del artículo: Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in MotionRichard D. NorrisCreative Commons

Teniendo todo esto en cuenta, parece que incluso una brisa moderadamente suave puede ser artífice de estos movimientos pétreos. Una vez supera el coeficiente de rozamiento estático, el que tiene un objeto que se encuentra en reposo. Es entonces cuando la resistencia que ejerce la superficie deslizante se reduce, hablamos del coeficiente de rozamiento dinámico, que es menor que el estático. Este concepto tan fundamental de la física hace que, bajo las condiciones descritas, se vuelva menos extraño que una roca recorra cientos de metros con una sola ráfaga de aire.

Las condiciones necesarias para que todo esto ocurra son bastante remotas, y es posible que suceda una vez cada dos o tres años. Ahora es incluso más cómico imaginar a aquellos primeros científicos que acampaban en la zona, yéndose cada noche a dormir con la ilusión de un niño la víspera de Navidad. Las rocas tenían más paciencia que ellos. Y volviendo al lugar donde empezamos, a esto me refería. Douglas Adams creó todo tipo de entornos y situaciones absurdas tomando objetos triviales, combinándolos con la ciencia mediante lo ridículo. La realidad nos ha dado doctores en geología construyendo un corral para ver si las rocas pueden huir de él, pegándoles dispositivos de geolocalización y acampando noches y noches a la espera de que alguna se moviera. Lo que ocurre en el universo no lo escribe nadie, pero el estilo de Douglas Adams era tan único que resulta sencillo imaginarle riendo entre dientes mientras escribe la historia de Karen, la roca que consiguió superar sus limitaciones

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Todavía no podemos afirmar que la hipótesis del hielo explique todo, quedan muchos huecos por cubrir pero tras los últimos avances parece que las investigaciones van por buen camino.
  • Douglas Adams no tiene nada que ver con el fenómeno de las piedras rodantes, por mucho que parezca una de sus fantasías.

REFERENCIAS (MLA):