¿Quién extinguió al rinoceronte lanudo y por qué el mayordomo es inocente?

La megafauna ha sufrido con nuestra caza indiscriminada, pero por una vez, puede que nosotros no fuéramos los principales causantes de la extinción de estas especies.

Si en las novelas de detectives el asesino siempre es el mayordomo, cuando hablamos de la extinción de grandes animales nosotros solemos ser los sospechosos principales. Son muchas las especies que hemos extinguido o a cuya extinción hemos contribuido. Ya fuera por culpa de la caza, la deforestación o la contaminación de sus ecosistemas, cargamos unos cuantos cadáveres a nuestras espaldas.

En esta misma línea, siempre hemos sospechado ser los culpables de que se extinguiera toda esa majestuosa fauna glacial que pintan los paleoartistas. Mamuts y rinocerontes lanudos, leones y osos cavernarios, animales corpulentos y de tupido pelaje que, por la caza indiscriminada del hombre, encontraron su fin hace ya miles de años. Sin embargo, nuevas pruebas apuntan en una dirección bastante diferente. ¿Es posible que, por una vez, el mayordomo no fuera el asesino?

Exterminación imperceptible

Antes que nada, cabe decir que este artículo no pretende ser exculpatorio. Conocemos la firma de nuestra especie en extinciones como las del dodo, el uro y los grandes mamíferos australianos. Sabemos que los efectos de nuestra caza no son iguales sobre todas las especies, y los animales más voluminosos parecen haberse llevado la peor parte. El motivo de la extinción no es porque se empiece a cazar una especie con mucho más ahínco que al resto, sino por la propia estrategia de supervivencia que tienen algunos animales.

Mientras que los animales más menudos tienden a tener un gran número de crías y a desentenderse de ellas, los grandes mamíferos apuestan por uno o dos retoños en cada parto e invierten sus energías en la crianza. En estos casos donde la reproducción es tan lenta se vuelve muy fácil que el número de piezas cazadas en un año supere al número de nuevos vástagos. Por poco que cacemos a la megafauna le cuesta poco desequilibrarse y empezar a decrecer. Es lo que Gifford Miller llamó “exterminación imperceptible”.

Solemos aplicar este principio para dar sentido a la pérdida masiva de grandes mamíferos que ha tenido lugar durante los últimos siglos. La expansión de nuestra especie y esa exterminación imperceptible serían un argumento explicativo de por qué ha habido una pérdida tan marcada de la megafauna en todo el mundo. Y, por supuesto, un rinoceronte de cerca de tres toneladas encajaba a la perfección dentro de esta explicación. Y de hecho ha sido una respuesta bastante satisfactoria hasta hace relativamente poco, que un equipo de investigación ha analizado el ADN que conservamos de estas magníficas bestias revelando un giro de guion digno del mismísimo M. Night Shyamalan.

¿Qué estaba haciendo usted hace 18.000 años?

Lo bueno de las heladas tierras del norte es que, en su permarmafrost, se esconden tesoros por los que el tiempo parece no pasar. Como si fuera el arcón congelador más grande del planeta, de vez en cuando nos llevamos sorpresas al encontrar restos de animales de otro tiempo. Posiblemente hayas visto una cría de mamut momificada por el frío o incluso la cabeza de una especie de lobo prehistórico, pero lo que a nosotros nos importa es que, entre todo este zoológico helado hay también restos de rinocerontes lanudos, como el expuesto en el Museo de Historia Natural de Londres.

A partir de estos restos preservados, puede extraerse parte de su material genético. Sus condiciones distan mucho de ser ideales y su corta vida media hace que buena parte de su información se haya perdido, pero con suerte, queda suficiente para estudiar las diferencias y similitudes entre diferentes ejemplares repartidos por el continente y a lo largo de los milenios. Gracias a esta información podemos algo así como un árbol genealógico de los rinocerontes lanudos y saber, por ejemplo, cómo de numerosos eran hace miles de años.

La forma de obtener esta información es compleja, pero si queremos simplificarlo podemos imaginar lo siguiente: cuando escogemos dos individuos al azar de una gran población y comparamos su ADN, es poco probable que se parezcan demasiado. Al haber tantos es más difícil que los parientes se reproduzcan entre sí, por lo que, probablemente, su ADN sea bastante distinto y, por lo tanto, podamos deducir que su último ancestro común vivió hace bastante tiempo. Sin embargo, en poblaciones más modestas es más fácil que dos parientes se encuentren y terminen reproduciéndose entre sí. Esta endogamia contribuye a que la población pierda variabilidad genética y que todos los ejemplares presenten un ADN relativamente parecido, pudiendo trazar su último antepasado común sin tener que remontarnos demasiadas generaciones.

Esto, que puede sonar especulativo y algo cogido con pinzas, es en realidad una propiedad bastante conocida de la genética de poblaciones, y podemos verla reflejada no solo en animales prehistóricos, sino en sociedades humanas, como las de la despoblada Islandia. Remontándonos de este modo podemos hacernos una idea de cómo de cómo de abundantes eran las poblaciones de una especie en un momento concreto, e incluso podemos aproximar cuándo comenzaron a crecer o menguar. En el caso de los rinocerontes lanudos estudiados, estos parecen arrojar información sobre un periodo de tiempo relativamente extenso que va desde hace 29.700 hasta hace 18.500 años.

Extrañamente, durante este periodo no se aprecian signos claros de endogamia y, contra todo pronóstico, las poblaciones de rinocerontes lanudos no parecen decrecer, sino todo lo contrario. La llegada del Homo sapiens a estas tierras boreales coincide con un aumento de las poblaciones de estos herbívoros. Puede que esto se debiera a un cambio favorable en el clima en el que los rinocerontes prosperaron y que fomentó la llegada de ejemplares de tierras más desfavorecidas, atrayendo también a los propios humanos. En cualquier caso, esto se trata de una especulación sin gran fundamento. Lo que sabemos es que, desde luego, las pruebas apuntan en la dirección contraria a una extinción antropogénica.

De hecho, cuando representamos lo dicho en una gráfica mostrando la población efectiva, la cual se calcula teniendo en cuenta la cantidad de machos y hembras en edad reproductiva, se ve un carísimo aumento de las poblaciones tras la llegada del ser humano. Y, olvidando las especulaciones anteriores, sea por el motivo que fuere, coincidió con un periodo de enfriamiento de las temperaturas. Ahora es cuando hemos de pensar qué información arroja esto sobre su extinción.

Por lo pronto sabemos que el declive de la población y el evento que contribuyó a ello debió de suceder hace menos de 18.500 años, pero antes de que se extinguieran hace 14.000. En esos 4.500 tuvo que suceder algo que cambió las reglas del juego, y bien pudo ser, un cambio en las temperaturas. Sabemos que, precisamente hace 14.690 años, dio comienzo el calentamiento de Bølling–Allerød, que duró casi 2.000 años. Más en concreto, la oscilación de Bølling alcanzó su máximo en torno a hace 14.500, aumentando las temperaturas unos 10 grados en apenas 200 años. Un cambio más que suficiente para trastocar el delicado equilibrio de las tundras y empujar a los rinocerontes lanudos a su extinción.

Como de costumbre, todavía es pronto para afirmar esto con rotundidad. Será necesario seguir estudiando y, sobre todo, analizar el ADN de ejemplares de rinocerontes lanudos que vivieran hace menos de 18.500 años, para ver si podemos encontrar signos de endogamia en en fechas similares a las del pico de Bølling. Pero cuidado, porque incluso si confirmáramos de esta forma que el declive de sus poblaciones ocurrió en un momento para el que nuestra especie tiene coartada, esto no quiere decir que no contribuyéramos de algún modo. La caza de rinocerontes pudo, fácilmente, complicar los infortunios climáticos. Así que, incluso si el mayordomo no fue el asesino, bien pudo ser cómplice.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque este tipo de estudios sobre genética de poblaciones dan resultados bastante robustos, la interpretación de estos puede cambiar ante nuevas pruebas. Por ese motivo es algo pronto para afirmar terminantemente que los seres humanos somos inocentes en la extinción del rinoceronte lanudo.

REFERENCIAS (MLA):