Sociedad

¿Encerrarías a un inocente toda su vida para controlar una pandemia?

El caso de María Tifoidea muestra la cara más oscura de la epidemiología

La orgullosa María Tifoidea en cama
La orgullosa María Tifoidea en camaArchiv (nombre del dueño)

La pandemia actual no es la primera, ni lamentablemente será la última. La humanidad lleva siglos enfrentándose a epidemias y contagios, y hemos creado varias herramientas para luchar contra ellos. Los rastreadores, las medidas de higiene y los pacientes asintomáticos no son términos nuevos, sino conceptos y oficios antiguos, que suelen permanecer en un segundo plano paralizando los contagios antes de que crezcan demasiado.

Las antiguas historias de epidemiología pueden repetirse de nuevo, y pueden ayudarnos a reflexionar sobre la pandemia. Un buen ejemplo es el caso de María Mallon, más conocida como María Tifoidea. Este caso tiene muchos paralelismos con la actualidad y plantea una pregunta interesante e inquietante: ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para controlar una pandemia? ¿Y si todo depende de encarcelar a alguien inocente el resto de su vida?

El misterio de la residencia de verano

Esta historia comienza en 1906. Charles Henry Warren era un banquero acaudalado que vivía en Nueva York con su mujer y sus dos hijos. Durante todo el año la familia poseía una gran mansión llena de mayordomos y criados, pero ese verano, decidieron desconectar de la ciudad y alquilar una mansión a las afueras, cerca del mar.

Para dar descanso a su séquito, contrataron de manera temporal a varios lugareños para las labores de limpieza y cocina. En total, la residencia de verano acabó siendo habitada por once personas: los cuatro miembros de la familia Warren y sus siete sirvientes.

Todos se instalaron en la mansión a mediados de Julio. Dos semanas después, algo empezó a ir mal. Los hijos de la familia y varios sirvientes empezaron a sufrir fiebre y fuertes dolores de estómago. El médico que visitó la mansión reconoció los síntomas como fiebre tifoidea, una enfermedad provocada por la infección de la bacteria Salmonella typhi.

Esta enfermedad era bastante conocida por la comunidad científica de la época. Este bacilo Salmonella se reproduce en los pulmones y nódulos linfáticos, y se acumulan en las heces. Si el paciente no se lava las manos al ir al baño, pueden persistir lo suficiente como para contaminar alimentos y bebidas al entrar en contacto.

A comienzos del siglo XX empezaba a crecer la importancia de la higiene de manos entre la comunidad médica, pero no tanto en la sociedad. La mayoría no se lavaba las manos nunca, y la fiebre tifoidea se contagiaba con relativa facilidad, provocando pequeñas epidemias en lugares concurridos como internados o barrios pobres.

Hoy en día, tenemos vacunas para esta enfermedad y puede ser tratada a través de antibióticos, pero en 1906 aún no habíamos descubierto ni la penicilina. El único tratamiento posible consistía en tratar los síntomas y esperar que el paciente supere la infección por sí mismo. Si el paciente era joven o no había estado muy expuesto a la bacteria, la recuperación suele llevar un par de semanas. Pero si los niveles de bacteria eran altos o el paciente era un niño o un anciano, la posibilidad de fallecer era de una de cada cinco. Un fatídico descubrimiento para la familia Warren, al ver como su hija menor fallecía en pocos días.

El Departamento de Salud de Nueva York llevaba el control de cada posible epidemia en la ciudad, y el caso de fiebre tifoidea de la familia Warren les llamó la atención. Normalmente, era fácil seguir el rastro de esta enfermedad, ya que los nuevos infectados siempre habían estado en contacto con otro enfermo. Pero la familia Warren se infectó de repente. No conocían a nadie con fiebre tifoidea, y habían permanecido relativamente aislados dentro de la mansión. Puede que hubieran contraído la infección a través de alguna fuente de agua contaminada o algún alimento, y ese peligro podría repetirse. Decidieron enviar a George Soper, un rastreador especializado en brotes de fiebre tifoidea.

Soper examinó toda la casa en busca de restos de la bacteria, pero no tuvo éxito. Las sospechas iniciales caían en un pescado de dudosa procedencia que fue traído los primeros días, pero no todos los que enfermaron habían comido de él.

Cuanto más pensaba en ello, menos sentido tenía. Todos se habían enfermado a la vez, y si no era debido a un alimento, lo más probable es que todos hubieran estado en contacto con alguien infectado. Soper empezó a plantearse la posibilidad de que uno de los habitantes de la mansión fuera un portador de la enfermedad. Como rastreador, conocía la existencia de portadores asintomáticos: pacientes que aún tienen restos del patógeno en su cuerpo y pueden contagiar a otros, pero no muestran síntomas porque su sistema inmune puede mantener la infección bajo control sin dejar que la bacteria se reproduzca demasiado.

En la fiebre tifoidea, esto sucede en algunos pacientes que se recuperan de la enfermedad y vuelven a recaer. La primera vez los síntomas son especialmente graves, con fuertes fiebres. Luego se recuperan y no tienen síntomas durante unos meses. De repente, la enfermedad vuelve a resurgir de repente, aunque con menos intensidad. Durante ese período de falsa recuperación, la bacteria sigue multiplicándose y el paciente sigue siendo contagioso. Solo después de la segunda ronda es cuando el paciente se recupera del todo y expulsa al patógeno del organismo.

Si algún habitante de la casa había tenido fiebre tifoidea recientemente, es posible que fuera un portador asintomático sin saberlo y haber contagiado al resto. El problema es que nadie declaró haber sufrido de fiebres las semanas antes. Siguiendo esta idea, Soper tenía una sospechosa: María Mallon, la cocinera contratada por los Warren.

Había tres motivos que apuntaban a Mallon como portadora. Uno era su fecha de llegada, una semana antes del brote. Otro era su oficio de cocinera, lo que facilitaba que pudiera producirse un contagio a través de la comida. Y el tercero era la especialidad culinaria de Mallon: los helados. La mayoría de platos no son capaces de transmitir la bacteria si son cocinados a altas temperaturas, pero el frío del helado era perfecto para preservar la bacteria. Además, el uso de cucuruchos aumentaba la posibilidad de que se tocara directamente lo que se iba a comer, y explicaba por qué los niños habían tenido niveles tan altos de infección.

La familia recordaba a Mallon como una mujer enérgica y con carácter. Era una inmigrante irlandesa de treinta y siete años que había trabajado toda su vida de criada y cocinera, de manera itinerante para cada familia que le acogiera.

Soper investigó a Mallon, y pudo contactar con ocho familias con las que había trabajado previamente. Al comprobar los registros médicos, notó que siete de ellas habían sufrido brotes de fiebre tifoidea justo en los meses en los que Mallon estaba con ellos. Cada familia que Mallon visitaba acababa enferma y se recuperaba poco después, cuando ella se iba. Dejó un reguero de veintidós infectados y varios fallecidos.

Soper averiguó su dirección y fue a hacerle una visita. Ella desconfió de ese extraño hombre trajeado, y cuando Soper, con poco tacto, le pidió unas muestras de heces, orina y sangre lo echó a patadas de su casa. Intentó negociar con ella los días siguientes sin éxito, hasta que volvió con una orden del Departamento de Salud y dos policías para llevarla al hospital. Mallon huyó por la puerta trasera y tras una persecución de cuatro horas, fue finalmente detenida y llevada a la fuerza para obtener las muestras.

En el hospital, las pruebas dieron positivo para Salmonella typhi. Sus heces tenían unos niveles altísimos, típicos en alguien que está en la peor parte de su enfermedad. Sin embargo, Mallon no presentaba ningún síntoma, se encontraba fuerte y sana. Su sistema inmune había desarrollado una respuesta anormalmente alta a la enfermedad, y la bacteria se había refugiado en su vesícula biliar. En ese pequeño órgano, la bacteria era intocable para el sistema inmune y se reproducía constantemente. Mallon liberaba suficientes bacterias para contagiar a otros, pero demasiado pocas como para provocar síntomas. Como no había tratamiento efectivo, la bacteria siempre estaría ahí, y Mallon se había vuelto en un eterno positivo, siendo contagiosa el resto de su vida.

Soper describió el caso en un informe que tuvo gran relevancia para la comunidad científica. Era la primera portadora completamente asintomática de fiebre tifoidea. Pero mientras los médicos y epidemiólogos le hacían pruebas en la habitación del hospital, una duda asaltaba su mente: ¿Qué demonios iban a hacer con Mallon?

Eternamente positiva

Lo cierto es que el caso de Mallon tenía una solución sencilla: solo necesitaba tener un especial cuidado de su higiene. Lavarse las manos y evitar preparar comidas era lo único que debía hacer para reducir las posibilidades de contagio. Pero la higiene de manos era algo complejo en una época en la que el agua corriente no había llegado a todas las casas y especialmente las más pobres, por lo que Mallon no podía siempre permitírselo.

Tras dos semanas de encierro en el hospital, un consejo médico permitió la salida de Mallon, con la condición de no volver a cocinar jamás y lavarse frecuentemente las manos. Ella sabía que no había hecho nada malo, y estaba enojada por haber sido encerrada, así que puso una denuncia al Departamento de Salud por retenerla en contra de su voluntad. El juicio fue muy mediático, y básicamente consistió en una defensa sobre cuánto de peligrosa era Mallon para la sociedad, enumerando los brotes que había provocado previamente. Los medios de comunicación la bautizaron como María Tifoidea y su caso dió la vuelta al mundo. El juicio fue declarado nulo, y Mallon, considerada un peligro público, cambió de nombre y desapareció del mapa.

Anuncio sobre el caso de Maria Tifoidea que apareció en prensa durante el juicio. FOTO: Wikipedia (CUSTOM_CREDIT)

Cinco años después, Soper fue llamado de nuevo. Había otro brote extraño de fiebre tifoidea en el Hospital Sloane de mujeres. En el plazo de una semana, habían enfermado treinta personas, entre los que había médicos y pacientes. Un brote así suele ser peligroso, pero en un hospital con tantos pacientes débiles, podría suponer un desastre. Así que el trabajo de Soper era averiguar el foco inicial mientras tenían bajo control a los infectados.

Tras descartar los nuevos pacientes, Soper fue directamente a las cocinas del hospital, preguntando por casos recientes de fiebres tifoideas. Lo que no se esperaba era cruzarse directamente con María Mallon, que había empezado a trabajar ese hospital hace unas semanas. De cocinera, por supuesto.

En defensa de Mallon, los años anteriores había intentado otros oficios. Había trabajado como regente de una posada y como costurera, pero sin demasiado éxito. Lo que más dinero le proporcionaba era con lo que tenía más experiencia: cocinar. Y eso es lo que estuvo haciendo de manera clandestina, normalmente en hoteles, restaurantes y hospitales, hasta ser redescubierta por Soper.

Mallon no estaba sola. En esos años, se encontraron otros cuatrocientos casos de portadores asintomáticos de fiebre tifoidea, con los mismos peligros que Mallon. La diferencia residía en el oficio y la actitud. Todos trabajaban en oficios alejados de la alimentación y fácilmente podían implementar las medidas de higiene. Mallon había continuado trabajando en la cocina incluso tras ser advertida de los peligros que suponía. Esto llevó a que Mallon fuera detenida inmediatamente, y se declarara culpable de atentados a la salud pública.

Dadas las circunstancias y la poca colaboración de la paciente, la única solución que se le ocurrió al Departamento de Sanidad fue darle una habitación en el aislado hospital de North Brother Island, donde podían contener la enfermedad y asegurar que siempre tuviera acceso a alimentación y entretenimiento. Así no tendría que cocinar más y se reducirían los brotes de fiebre tifoidea.

Mallon vivió allí durante veintitrés años hasta su muerte en 1938. Cada varios meses, volvían a analizar muestras de heces, confirmando que seguía siendo contagiosa cada vez. Vivió una vida apartada y confinada en una habitación de hospital. Una enferma que se sentía sana, pero que todos los demás consideraban un peligro.

Hay muchas lecciones que podemos extraer de este caso y que sirven en la pandemia actual. Por las características del coronavirus SARS-Cov-2, existe un gran número de pacientes que son asintomáticos, y pueden transmitir la enfermedad sin darse cuenta, como hacía Mallon. Lavarse las manos y evitar ciertas acciones pueden significar la diferencia entre llevar una enfermedad en silencio o provocar un gran brote. No seamos como Maria Tifoidea.

También el caso hace ver la importancia de comunicar y concienciar a los enfermos durante una pandemia. La falta de colaboración de Mallon empezó desde el instante en el que se la consideró un peligro público y no una víctima. Los pacientes deben comprender su papel en la enfermedad y el contagio, solo así es posible que podamos detener el avance de la enfermedad.

QUE NO TE LA CUELEN:

Aunque la fiebre tifoidea provenga del bacilo Salmonella typhi, no hay que confundirlo con la salmonelosis, provocada por otras especies de Salmonella. Esta segunda enfermedad es menos grave y provoca principalmente diarrea. En ambos casos, el contagio se produce también por las heces, y puede mejorar con condiciones de higiene.

La situación de María Mallon, una portadora asintomática que seguía contagiando durante años, no se da en todas las enfermedades y con todos los patógenos. Muchos son eliminados de manera definitiva por el sistema inmune. En esta pandemia de Covid19 se han encontrado pacientes asintomáticos, pero dejan de ser contagiosos aproximadamente una o dos semanas después de contraer la enfermedad.

REFERENCIAS: