El farero que tragó plomo fundido y sobrevivió (unos días) para contarlo

Tragar metal fundido siempre es mala idea, pero algunos son peores que otros.

Hoy en día apenas usamos el plomo en nuestra vida diaria porque conocemos sus efectivos nocivos, pero, en el pasado, este metal tenía todo tipo de aplicaciones gracias a su gran resistencia a la corrosión, su maleabilidad y a que se funde sólo a 330ºC. De hecho, estas mismas propiedades lo convertían en el material idóneo con el que fabricar las láminas metálicas para impermeabilizar techos. Ahora bien, encontrarse bajo un techo repleto de un metal muy denso que se funde a una temperatura baja entraña ciertos riesgos... Especialmente si ese techo está en llamas.

El farero de plomo

La historia transcurre el 2 de diciembre de 1755 en el faro de Eddington, una estructura construida sobre unas rocas traicioneras que se encuentran a unos 14 kilómetros de la costa de Cornwall (Inglaterra). Entre los tres fareros estacionados en el islote en aquel momento se encontraba Herny Hall, un hombre de 94 años que desempeñaba su guardia nocturna con normalidad cuando, a alrededor de las 2:00 de la madrugada, notó que una chispa de la lámpara del faro había prendido fuego al techo de la estructura, hecho con madera y láminas de plomo.

Hall intentó sofocar las llamas lanzando agua hacia el techo con un cubo, pero, una de las veces que alzó la vista hacia arriba para comprobar su progreso, un chorro de plomo fundido cayó sobre su cara, su cuello y sus hombros, con la mala suerte de que del metal líquido cayó dentro su boca y se abrió paso a través de su esófago hasta alojarse en su estómago. Aunque Hall reportó haber sentido que su cuerpo «ardía por dentro», el incidente no impidió que siguiera ayudando a sus compañeros a extinguir el fuego.

Lamentablemente sus esfuerzos fueron en vano. Los tres hombres tuvieron que abandonar el faro en llamas para resguardarse en una cueva y fueron rescatados al día siguiente por un barco que les trasladó a Plymouth para que recibieran atención médica. El médico que atendió a Hall fue incapaz de creerle cuando le contó que había tragado plomo fundido porque el farero bebía y comía con normalidad y no presentaba ningún síntoma aparente más allá de sus quemaduras superficiales y una cierta ronquera. Por tanto, el doctor asumió que el relato de Hall era un delirio resultado de vivir un evento traumático y su avanzada edad.

El misterio no tardó en esclarecerse. El estado de salud de Hall empezó a empeorar de manera brusca, dejó de comer y beber y murió el 9 de diciembre de 1755. La autopsia reveló que el farero no mentía: su diafragma y su estómago estaban gravemente ulcerados, su estómago había sufrido quemaduras y, más importante aún, albergaba una masa de plomo de 220 gramos. Pero, ¿cómo era posible que Hall hubiera sobrevivido tanto tiempo habiendo tragado una masa de metal fundido?

Cuestión de metales

Vaya por delante que consumir metal fundido siempre será una mala idea, pero, aun así, algunos metales resultan más letales que otros cuando se encuentran en estado líquido. Comparemos el plomo con el oro, un metal que alguna gente también ha tenido la mala suerte de ingerir a lo largo de la historia a modo de castigo. Un ejemplo es el del cónsul romano Manio Aquilio, a quién el rey Mitríades IV de Ponto ejecutó en el año 88 a.C. vertiendo oro fundido en su garganta.

Existe una gran diferencia entre tragar oro y plomo porque estos metales tienen propiedades muy distintas. La diferencia más obvia es su temperatura de fusión: el oro debe encontrarse a al menos 1 064ºC para permanecer en estado líquido, mientras que el plomo se funde a sólo 330ºC. Pero existe otra propiedad relevante en el caso que nos ocupa: la conductividad térmica.

La conductividad térmica es una propiedad que indica el «ritmo» al que un material absorbe o cede calor a su entorno. Por ejemplo, imaginemos que tenemos frente a nosotros una plancha de acero y un tablón de madera y que ambos se encuentran a 100ºC. Si ponemos una mano sobre el acero probablemente la quitaremos al instante porque notaremos que nos estamos quemando, pero, al ponerla sobre la madera, podremos mantenerla sobre ella durante mucho más tiempo sin hacernos daño. Eso se debe a que la conductividad térmica de la madera es mucho menor que la del acero.

Pues, bien, cada metal conduce el calor en una medida diferente y la conductividad térmica del plomo es 10 veces más baja que la del oro. Si a este detalle y a la menor temperatura de fusión del plomo añadimos que los 220 gramos de este metal que ingirió Henry Hall ocupaban un volumen de unos 20 mililitros (un vaso de chupito contiene unos 30 mililitros), resulta más fácil entender por qué el farero fue capaz de sobrevivir varios días después del incidente.

Sobra decir que lo expuesto en este artículo es un análisis muy burdo, pero, más allá de ser un caso clínico curioso, el accidente que sufrió Henry Hall es un recordatorio de que esos materiales que solemos agrupar bajo el término «metales» en realidad tienen propiedades muy diferentes... Y de que algunos de ellos son un auténtico peligro como materiales de construcción.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Hay quién sostiene que la toxicidad del plomo fue el motivo por el que cayó el Imperio Romano. Esa idea es errónea, como explicamos en otro artículo de esta sección.

REFERENCIAS (MLA):

  • Hyppolite Bailliere, “The Zoist: a journal of cerebral physiology and mesmerism”, volumen XI, p. 248. (Marzo 1853 - Enero 1854).