Cóbrame otra vez, Sam: El negocio de las publicaciones científicas

Imagina un negocio donde cobraras por triplicado a tu cliente y que encima le pidieras que trabajara para ti gratis. Algo así sucede en el mundo de la ciencia.

Imagina la empresa perfecta. Una que reduzca al mínimo sus gastos y maximice sus beneficios todo lo posible. ¿La tienes en mente? Pues deja que te proponga una:

Imagina que fuera capaz de convencerte de que me dieras tu ordenador. Es más, no solo me lo vas a dar, vas a pagarme para que me lo quede y me volverás a pagar cada vez que quieras que te lo preste. Eso sí, me encargaré de que el ordenador esté bien cuidado y convenceré a un técnico informático para que me lo mantenga a punto sin pagarle nada a cambio. Eso es todo.

¿Te convence? No lo creo, y tienes motivos para rechazar la oferta, es bastante desquiciante creer que un negocio así pueda tener éxito. Sin embargo, existe. Muchas revistas científicas siguen esa lógica, privatizando el conocimiento que se ha obtenido con dinero público, cobrando a quien quiera leerlas, cobrando a quien quiera publicar en ellas y haciendo que los revisores y editores trabajen gratis.

El plan perfecto

Poco hay que añadir a la descripción anterior, salvo, en todo caso, detallarla. El conocimiento científico se obtiene investigando y estas investigaciones cuestan dinero. Necesitan pagar al personal investigador, las instalaciones, el mantenimiento, el material de laboratorio e infinidad de cosas más. Parte de estas investigaciones se sufragan con dinero privado y otras con dinero público, parte del cual proviene de nuestros impuestos.

Ahora bien, para progresar en la carrera científica se tienen muy en cuenta el número de artículos científicos que consigas publicar y la calidad de las revistas que los acepten. De hecho, poder compartir información es algo fundamental sin lo cual la ciencia no avanzaría como lo hace en nuestro tiempo. Pero volviendo a las revistas, su “calidad” se indica con el factor de impacto, que consiste en calcular la media de veces que se citan los artículos publicados en una revista durante sus últimos dos años. Las que tengan un factor de impacto mayor que el 75% de sus competidoras serán consideradas publicaciones de primer cuartil, o Q1. Si solo superan a un 50% serán un Q2, un Q3 si únicamente superan al 25% y un Q4 si están entre el 25% menos citado. Así pues, se genera una demanda por parte de los científicos para publicar en revistas del primer cuartil.

Precisamente por eso, algunas revistas de prestigio pueden permitirse solicitar un pago a cualquier grupo de investigación que esté interesado en publicar un artículo con ellas. En parte, justifican este pago apelando a los costes de gestión que supone tener que cribar el gran número de propuestas que reciben las revistas más prestigiosas. Sea como fuere, la realidad es que algunas publicaciones solicitan más de mil euros tan solo por valorar si un artículo es apto para ser publicado entre sus páginas.

Pero hablemos de esos costes de gestión. Por lo general, un editor valorará si el tema tratado en el artículo encaja con la línea editorial de la revista. Si es una disciplina que está más o menos de moda, lo atractivas que resulten sus conclusiones, etc. Su labor es más compleja, pero quedémonos con esta idea como primer filtro. Si lo supera, será enviado a manos de, al menos, dos investigadores que el editor habrá elegido. Estos deben ser expertos en el campo concreto que trata el artículo y su labor será analizar la calidad de este. Tomarán nota de cada detalle, desde los métodos hasta la redacción pasando por la estética de las gráficas. Información que resumirán indicando si dan su aprobación condicionada a que se implementen determinados cambios, ya sean mayores o menores, o bien, si desaconsejan que se publique. El editor tendrá en cuenta estas evaluaciones y comunicará el resultado a los investigadores. Ahora bien, ¿cuánto crees que cobra un editor o uno de esos revisores? Normalmente la respuesta es contundente: nada.

Dentro del pervertido sistema de méritos académicos, ser revisor o editor viste mucho el currículum investigador, por lo que, no estando regulado, se termina forzando a los investigadores a que acepten trabajar gratis para estas grandes empresas. Pero volvamos a nuestro hipotético equipo de investigación, dependiendo de la revista la proporción de artículos aceptados puede variar desde tres de cada cuatro hasta apenas uno de cada tres. Imaginemos que nuestros investigadores tienen suerte y aceptan su artículo. Ahora ya podemos disfrutar de los resultados de su trabajo, el cual estaba pagado con dinero público ¿no? Pues no.

Las revistas cobran también a quien quiera leer sus artículos, como si fueran una publicación al uso. El precio por artículo puede superar fácilmente los veinte o cincuenta euros para el ciudadano medio y una universidad puede gastar miles de dólares anuales por cada revista a la que se suscribe (y suelen ser unas cuantas). Esto significa que, si la universidad quiere mantener a sus científicos al día ha de pagar por leer los artículos que sus propios trabajadores han escrito. Y, por supuesto, las universidades no pueden estar suscritas a todas las principales revistas de todos los campos de investigación habidos y por haber, incluso teniendo en cuenta que casi la mitad de los artículos se publican en alguna de las cinco principales editoriales científicas.

Buscando una solución

Una buena solución a todos estos problemas sería que el investigador publicara tanto en una revista de prestigio, como en abierto en cualquier otro sitio. Dejando su propio trabajo accesible, por ejemplo, en su página web. Sin embargo, muchas revistas restringen la forma en que los autores de en artículo pueden compartirlo, prohibiendo este tipo de difusión. Esta exclusividad es muy común cuando vendes una obra, ya sea un libro, una canción o una idea, pero no olvidemos que, en este caso, quienes han pagado son los propios investigadores.

Algunos autores han decidido apostar por repositorios donde cualquiera puede subir su trabajo, como arXiv, pero también tiene sus contras. Por un lado, no existe un proceso de revisión como el descrito antes, por lo que la calidad de los artículos tiende a ser muy heterogénea y se denominan “pre-prints”. Por otra parte, al no tratarse de una publicación indexada, directamente no se considera su factor de impacto, no tienen tal cosa. Finalmente, tu artículo se perderá con más facilidad en el mar de publicaciones que salen a diario, haciendo más difícil encontrarlo y que se cite. Lo que algunos investigadores hacen, en especial en física y matemáticas, es subir su artículo a estas páginas para así recibir opiniones de otros expertos que les ayuden a afinar su trabajo antes de enviarlo a una revista. Estos artículos suelen quedar subidos, y, por lo tanto, aunque no son exactamente los mismos que finalmente se publican en revistas indexadas, son en esencia muy parecidos, normalmente con cambios menores.

Una alternativa a todo esto es, no abominar de las publicaciones indexadas, pero cambiar lo que menos nos gusta de ellas. De ese modo, se han creado revistas en abierto, cuyos artículos pueden consultarse gratuitamente por cualquiera. O al menos, puede parecer una solución a primera vista, porque entraña un problema. Estas revistas también cobran tasas a los científicos que quieren publicar con ellas. Es comprensible, ya que en este caso no pueden ingresan nada con la venta, pero suele encarecer el ya inflado coste de publicar un artículo. Por un lado, estas revistas democratizan el acceso al conocimiento, pero por otro, encarecen la “producción” científica. Claro está que existen excepciones, pero estas críticas no son algo anecdótico y se han ganado tanto sus leales seguidores como sus detractores.

Algunas revistas de pago han probado fortuna sacando firmas en abierto, mientras que otras algo más conservadoras, apuestan por publicar solo para suscriptores, pero abrir el acceso pasados varios meses. Por si fuera poco lioso, todo esto ha cambiado durante explosión de publicaciones que ha supuesto el coronavirus. La gran necesidad de información para trabajar codo con codo por una meta común ha empujado a algunas revistas a hacer público el acceso de sus artículos relacionados con este campo. Y aunque el cambio es difícil, algunos países están tratando de incentivar que los científicos que trabajen con dinero público publiquen en revistas abiertas, a pesar del varapalo que esto supone para los titanes del sector.

La mujer que devolvió la ciencia a los científicos

De hecho, para ser sinceros, este movimiento de democratización no se ha debido solo a la buena voluntad de las firmas, sino a la presión ejercida por el hacker gracias a la cual muchos aficionados, estudiantes de investigación y doctorandos pueden mantenerse realmente al día de los avances científicos. Su nombre es Alexandra Elbakyan, una mujer kazaja de 31 años que, viendo que no podía acceder a los artículos que necesitaba para terminar su tesis en neurociencias, aprovechó sus conocimientos informáticos para piratear los artículos.

Pronto, su habilidad se hizo de saber, y sus compañeros comenzaron a pedirle que desbloqueara tantos artículos que no daba abasto, por lo que decidió automatizarlo. Así es como nació Sci-Hub, un portal que ha evolucionado hasta convertirse en el mejor amigo de los investigadores e instituciones científicas (aunque suelen reconocerlo con la boca pequeña).

El motivo es el esperable, Sci-Hub es piratería informática y Alexandra ha sido condenada a pagar cifras millonarias en varias ocasiones. Actualmente su paradero es desconocido, pero mantiene viva la plataforma subiéndola a nuevas direcciones cada vez que una URL cae. Su sistema es tan sencillo que resulta casi adictivo. Tan solo necesitas, o bien la dirección web del artículo que quieres leer, o bien su código llamado DOI. Simplemente haciendo esto se descargará un PDF en el ordenador, o directamente en el teléfono si se usa el bot que ha creado para Telegram.

Y su funcionamiento informático es incluso más sencillo. Al buscar un artículo, si este no está en una suerte de biblioteca online llamada LibGen, Sci-Hub accede legalmente al artículo aprovechando las credenciales donadas por personas reales suscritas a la revista en cuestión. Una vez hecho esto, descarga el artículo y lo guarda en LibGen para futuras solicitudes.

Los estudiantes e investigadores de distintas áreas se han vuelto tan dependientes de esta herramienta que cada vez que uno de sus dominios de Internet cae, la comunidad científica tiembla. La labor de Alexandra ha supuesto un mazazo para la industria de las publicaciones científicas que se ven obligadas a abrir un poco más sus contenidos para así poder competir con la piratería.

Su popularidad no ha dejado de aumentar desde 2011, en gran medida porque responde a una necesidad básica de la comunidad científica. Un requerimiento tan acuciante, que se ha convertido en un fenómeno académico sin precedentes. Una sola persona enfrentándose a través de Internet a los grandes colosos de las publicaciones científicas, los creadores de incentivos, los que ponen las reglas del juego de la investigación. Estas palabras no buscan ser una loa, sino constatar el indiscutible peso que ha tenido una única persona para poner patas arriba el mundo científico y el poderosísimo imperio de las multimillonarias revistas científicas.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El mantenimiento de una revista científica supone un coste que las empresas deberán rentabilizar cobrando a alguien por el contenido al que dan forma. El problema no es tanto ese como el margen de beneficios, el oligopolio y el hecho de que el investigador se vea casi obligado a entrar al juego si quiere prosperar en su carrera.

REFERENCIAS (MLA):

  • Bohannon, J., 2016. The frustrated science student behind Sci-Hub. Science, 352(6285), pp.511-511.
  • Larivière, V., Haustein, S. and Mongeon, P., 2015. The Oligopoly of Academic Publishers in the Digital Era. PLOS ONE, 10(6), p.e0127502.
  • Schiermeier, Q., 2018. Germany vs Elsevier: universities win temporary journal access after refusing to pay fees. Nature, 553(7687), pp.137-137.