Sociedad

“Nunca me planteé renunciar, ni en los peores momentos” Entrevista a Katalin Karikó

La madre de las vacunas de ARN mensajero lo tuvo difícil para seguir investigando, pero, por suerte, no se dio por vencida

Katalin Karikó en una escalera (Fotografía de la Fundación BBVA en los Premios Fronteras del Conocimiento)
Katalin Karikó en una escalera (Fotografía de la Fundación BBVA en los Premios Fronteras del Conocimiento) FOTO: FUNDACION BBVA Creative Commons

A mucha gente no le sonará de nada el nombre “Katalin Karikó y deberíamos ruborizarnos, porque su trabajo es, en gran medida, quien nos está permitiendo salir de la pandemia. Karikó es una de las responsables de haber desarrollado la tecnología de ARN mensajero en que se basan vacunas como las de Pfizer y Moderna. De hecho, es bastante probable que este año sea una de las tres ganadoras del Premio Nobel de Fisiología o Medicina y, precisamente, acaba de ser galardonada con un premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. Sin embargo, a ella no parece importarle el anonimato. Es más, según nos dice, está acostumbrada: “Hace unos años, ni siquiera mis compañeros de trabajo conocían en qué consistía esta tecnología. Nunca me presentaban diciendo “esta es Katy, trabaja con ARN”, decían “¿sabías que la hija de Katy tiene dos medallas olímpicas en remo?”, así me presentaban siempre. Nadie sabía muy bien a qué me dedicaba.”

Hablaba entre risas, no había pesar en sus palabras, solo constataba cómo había cambiado su vida desde que, hace unos años, estuvo a punto de tener que abandonar dejar la investigación.: “En Estados Unidos, si te quedas sin becas, te degradan, te retiran de la facultad y te quedas sin estudiantes ni postdocs. Cuando sucede, lo normal es abandonar la investigación porque no es viable continuar en esas condiciones” Sin embargo, ella continuó a pesar de las inclemencias “Tenía 50 años y estaba completamente sola, así que tuve que hacer yo misma cada experimento: manipulé material radiactivo, cultivé las bacterias, aislé los plásmidos. Lo hice todo y eso lleva su tiempo, así que no he podido publicar cientos de artículos, como algunos de mis colegas, pero los que he publicado los conozco bien, porque son míos del principio a fin”.

La tecnología que lo cambió todo

Sin duda alguna, fueron momentos complicados, pero Karikó, con su ejemplar jovialidad, permitía bromear un poco entre frase y frase “Cuando ganas un premio lo normal es agradecérselo a los estudiantes y postdocs, yo nunca sé muy bien qué decir”. Por un momento, Katalin se queda en silencio, mirando ensimismada a la pared de la sala, en su mente vuelven a ser los años 70, en, cuando estaba estudiando la carrera, y acababa de empezar a investigar en un equipo que trabajaba con lípidos. “Empezamos a usarlos para encapsular ADN e introducirlo en las células. Eso me encandiló, y cuando me gradué en 1978 empecé a investigar en el laboratorio de ARN. Comencé sintetizando cadenas cortas de ARN y, poco a poco, aprendí lo que debía saber para manipularlo correctamente”. Así se unieron dos de los pilares que fundamentarían el trabajo del resto de su vida, pero faltaba la motivación, algo que encontró unos años después, durante la década de los 90.

“Por aquel entonces, todo el mundo estaba enfocado en la terapia genética, pero me di cuenta de que, en realidad, hay más gente con dolores y heridas que con problemas genéticos. Ahí es donde empezaron a unirse las piezas, porque me di cuenta de que esa tecnología del ARN que había estado desarrollando podía ser clave para hacer que las células produjeran las proteínas que necesitaban para sanar”. Sin embargo, como ya sabemos, la historia no fue tan sencilla “No conseguí convencer a mis colegas. Hace 30 años, muchos investigadores creían que el ARN no era suficientemente estable y que sus efectos desaparecerían antes de marcar la diferencia. Es curioso que ahora haya personas preocupadas, por todo lo contrario y que piensen (equivocadamente) que el ARN de las vacunas estará de por vida en nuestras células”.

Las aplicaciones

Fue, entonces cuando Karikó dijo algo inesperado: “Nunca quise hacer una vacuna, quería desarrollar tratamientos terapéuticos, no preventivos. Al principio estábamos intentando que esta herramienta no despertara al sistema inmunitario porque queríamos utilizarla en pacientes con infartos cardíacos.” Y, casualidades de la ciencia, finalmente aquel despertar del sistema inmunitario que tanto buscaban evitar, fue parte de la clave para el desarrollo de las vacunas que ahora conocemos.

“En ciencia trabajas así”, reconoce Karikó. “Persigues algo y en algún momento puedes darte cuenta de que tiene aplicaciones completamente diferentes. Antes de la vacuna, AstraZeneca y Moderna ya estaban investigando la utilidad de esta tecnología de ARN para tratar el infarto cardíaco y las heridas diabéticas. Sanofi, por ejemplo, ya estaba ensayando en humanos posibles aplicaciones para el tratamiento de melanomas y algunos cánceres de cabeza y cuello. Hacíamos que el tumor expresara marcadores que el sistema inmunitario del paciente pudiera reconocer, entrenar a las células inmunitarias y que atacaran al tumor. Se está planteando usar esta tecnología para tratar enfermedades autoinmunitarias, así como combinada con la edición genética de CRISPR-Cas9 para, así, tratar a pacientes con enfermedades genéticas como la amiloidosis”.

Cuanto más nos cuenta sobre las aplicaciones de la tecnología del ARN mensajero, más futurista suena todo. De hecho, la propia Karikó reconoce que todo ha avanzado mucho más rápido de lo que esperaba. “Siempre he pensado que esta investigación daría lugar a aplicaciones realmente grandiosas, pero jamás imaginé que llegara a verlas en vida. Creía que cada paso del proceso llevaría muchísimo más de lo que finalmente ha llevado. Aunque, es cierto que, cuando la pandemia empezó, ya llevábamos unos años intentando desarrollar una vacuna de ARN mensajero para el virus de la gripe y todo estaba a punto para probarla en humanos. Eso ayudó a acelerar el desarrollo de la vacuna de ARN contra el coronavirus”.

¿Y si hubiera abandonado?

Ahora, con la perspectiva que nos da el presente, sabiendo el inestimable impacto que han tenido sus trabajos, resulta estremecedor imaginar que Karikó pudiera haber abandonado la investigación cuando llegaron las vacas flacas. Cada una de sus frases es un ejemplo de aplomo y optimismo, un rasgo que, por lo visto, la ha identificado durante toda la vida. “Cuando la gente habla de mis años difíciles suele imaginar que hacía un esfuerzo titánico para seguir investigando a pesar de las circunstancias, pero no es cierto, siempre he sido feliz, incluso por aquel entonces, cuando me degradaron y me quedé sin investigadores.”

Tal vez sea ese el truco, su inusual capacidad para disfrutar incluso de las tempestades más adversas: “Nunca me planteé renunciar, ni en los peores momentos. Como los experimentos progresaban poco a poco, preferí centrarme en eso y encontré la motivación que necesitaba. De hecho, no me he planteado qué decisiones cambiaría de mi pasado, porque simplemente no puedo hacerlo, así veo las cosas: me centro en transformar lo malo en algo positivo y me pregunto cuál será el siguiente paso. En eso hay que centrarse, en lo que todavía está por delante”.

Posiblemente, la clave para Katalin fue su pasión visceral por la ciencia: “La verdad es que me gustaba todo. Me encanta mirar los datos y preguntarme por el porqué de los resultados. Podía pasarme horas leyendo lo que otros habían hecho y otras tantas tratando de encontrar la manera de mejorar ese campo. Disfrutaba incluso solicitando becas, era de lo que más me gustaba, aunque nunca se lo dije a mis colegas, claro”. Incluso los fracasos de la ciencia tienen cierto romanticismo para Karikó “Es muy excitante hacer un experimento y que, en lugar de la respuesta, te encuentres con cinco preguntas más. Tengo en el laboratorio una cita de Leonardo Da Vinci que dice “La experiencia nunca se equivoca; lo hacen tus juicios al prometer efectos que tus experimentos no pueden causar. Esa reflexión es necesaria para llegar a obtener conclusiones firmes. Por ejemplo, en los años cincuenta, los artículos científicos tenían menos información, pero más reflexiones valiosas”.

“Es nuestra culpa”

La vida de Katalin ha hecho que entienda el papel del ensayo y el error en todas sus dimensiones y, puede que por eso, se lamenta de que ese concepto no haya llegado al público general. “Prácticamente todo lo que estudié en la carrera sobre inmunología está desfasado y la sociedad tiene que entender que ese es el progreso normal de las ciencias. Pero el público no sabe cómo funciona la investigación. Creen que se nos ocurren cosas de manera espontánea, sin haber leído sobre lo que hicieron otros antes que nosotros. No comprenden cómo encontramos respuestas y eso es muy triste, porque significa que no hemos sabido educarles para que entiendan estas cosas. Ahora podemos ver que el público no está bien educado en la ciencia básica.”

El problema no está en la sociedad, o al menos no todo. Desde la perspectiva de Karikó, “es nuestra “culpa” como científicos, porque la gente ha demostrado que puede aprender si están motivados. Ahora que ha pasado la pandemia la gente habla con naturalidad sobre el ARN y la PCR. Lo han aprendido en cierto modo, se hacen una idea de lo que significa. Tal vez, si hubiéramos empezado antes a explicarles en qué consiste esta tecnología, cómo funciona un virus y lo que podemos hacer para frenarlos, ahora estarían más abiertos a la ciencia”.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Las vacunas de ARN no pueden integrar ese material genético en nuestras células, se degrada antes y ni siquiera se acerca al núcleo donde se encuentra nuestro ADN.

REFERENCIAS (MLA):