Diario de una cuarentena con niños: Día 39

Un día para la cuarentena y las disparatadas videollamadas entre 25 niños de P3

“¡Mami, he hecho la Vella Quaresma!”, exclama Bruna entusiasmada. “Mira mami, la Vella Quaresma”, insiste. La hija de tres años intenta que le preste atención unos minutos y mire el dibujo que ha hecho en su “pizarra nueva”, una cartulina negra de una vieja fiesta de disfraces que hemos encontrado en el fondo del armario. Los niños son geniales porque les puede parecer extraordinario un cachivache olvidado en un cajón. Abducida de nuevo por el teletrabajo, una vez proceso su mensaje, me recorre un escalofrió por la espalda, porque la Vella Quaresma es el primer personaje que le mandaron dibujar desde el colegio cuando empezó el confinamiento y, por un momento, he pensado que todo volvía a empezar. Es lo que tiene el encierro, que piensas en cosas absurdas sin parar, como viajar en el tiempo o en trasformar a tus hijos en hámsters para poder meterlos en una jaulita mientras haces una entrevista o un poco de yoga y el padre tiene una “call”.

Por cierto, la Vella Quaresma que ha dibujado Bruna es una vieja con siete patas que representan las siete semanas que van desde el entierro de la sardina, el último día de carnaval, hasta la Semana Santa. La niña no quiso dibujar este personaje hace cuatro semanas, cuando me senté con ella para hacer los primeros deberes desde casa. ¡Qué puñetera! Entonces, yo estaba muy motivada y si hacía falta me quedaba trabajando hasta altas horas de la noche para hacer sumas y restas con ellos.

Parece mentira, pero aunque no salgo de casa, hoy estoy agotada y sueño con dormir. Lo cierto es que Bruna debería de estar dibujando rosas, dragones y cavalleros de Sant Jordi, pero son las siete de la tarde y no me ha dado tiempo de abrir las actividades del día que la profesora ha pasado a través del correo electrónico. Esta noche querría sentarme en el sofá a mirar una serie con el padre, pero no sé si me quedaré dormida mientras leo cuentos en la cama a Bruna y a Marc.

Lo que sí hemos hecho es una vídeollamada a las cuatro de la tarde con la profesora y todos los niños de la clase. Ha sido surrealista. En el curso de Bruna, todavía hay diferencia entre los niños que cumplen años en febrero y noviembre, como ella. La profesora, que es una superheroína, porque aunque no lanza rayos por los ojos es capaz de contagiar a sus alumnos su entusiasmo por aprender, se las ha ingeniado para que la videollamada no fuera un monólogo.

Ha conseguido que algunos niños contaran cómo han celebrado su cumpleaños. Muchos no entendían muy bien esto de la videollamada. Unos se hurgaban la nariz, mientras otros hablaban. Los hay que han abandonado la conversación y se han ido a jugar aprovechando que sus padres los habían dejado solos delante de la pantalla. Si los chavales hubieran tenido doce años, algunos hubieran señalado a los desertores y hubieran exclamado: “¡El Lucas se ha ido a jugar, yo también quiero!”. Pero tienen tres y cuatro años, y unos padres al lado presionando sus piernas contra la silla con una sonrisa para que no huyan. La charla no ha durado más de 30 minutos porque … mañana habrá más y el otro y el otro.

La historia es que algunos padres han trasladado a los profesores que quieren clases on line cada día, “como hacen en otros colegios”. Pero nuestros niños tienen hacen P3 y la escolarización no es obligatoria hasta los seis años.

Marc, el hijo de cinco años, también tuvo un encuentro con su profesora y otros cuatro niños la semana pasada. Hicieron grupos de cinco niños para que tuvieran tiempo de charlar todos. Hubo un niño que se escondió bajo la silla, otro que lloró y su padre, que es un tipo inteligente, dio por terminada la llamada, y niños que tenían teletrabajo a la hora de la cita y que se conectaron cuando la tutora estaba despidiendo al grupo.

Yo descubrí algo que ya sabía, que Marc es un niño vergonzoso. Recuerdo el día de su primera fiesta de cumpleaños con los compañeros de clase en un espacio de esos con pelotas y olor a pies. Al salir, le pregunté qué tal lo había pasado y me respondió: “Muy bien, porque no he tenido vergüenza”. De pequeño, me lo hacía pasar bastante mal, porque el quiosquero le regalaba palotes y el muy desaborido no le decía ni “hola”. Entonces, nos plantábamos delante de las montañitas de diarios y no le sacaba el papel del palote hasta que dijera “gracias”.

En el ultimo festival de final de curso, hizo una actuación tan estelar que pensábamos que había superado esta etapa. Pero la semana pasada, en la vídeollamada, tardó un minuto en decir “hola” cuando le tocó el turno de hablar y un minuto es mucho tiempo en una vídeollamada. Luego, empezó a hacer cosas raras. Se levantó y se fue a buscar muñecos, cromos de fúbtol y coches. “Se los quiero enseñar a mis amigos”, me dijo fuera de cámara. ¡Dios, qué caos!

Pero como los padres han protestado, mañana hay otra videoconferencia como la de Bruna, con toda la clase de P5. A las 9.30 horas de la mañana, tenemos cita con 24 niños de cinco y seis años. El padre y yo vamos a jugar a piedra, papel, tijera para ver quién presta su ordenador y le acompaña en la vídeollamada para evitar que entierre la pantalla con sus juguetes en un intento de querer enseñar a sus amigos sus coches, cromos y muñecos. Tendremos que poner el despertador. Pero veo que no somos los únicos.

“Ostras, Nil quizás está en pijama”, dice su madre en el grupo de whatsapp. “Nico seguro e igual la hace desde la cama”. El chat se llena de emoticonos con caras llorando de risas, caras de espanto y caras con la gotita de sudor en la frente. Hay padres que no responden. Seguro que son los que han pedido clases on line.

Marc se va a la cama nervioso. A ver quién es el guapo que duerme. Si por algo vale la pena el esfuerzo de despertarlos pronto, será para que vea a sus amigos. No jugar con ellos e imaginar un cumpleaños sólo es lo que le pone más triste.