Así trató Stalin a los españoles en el infierno del gulag

Un libro recupera la atroz experiencia de Julián Fuster Ribó en los campos de soviéticos y devuelve a la actualidad a los más de españoles republicanos que vivieron aquel tormento

El doctor Fuster, durante una intervención en la URSS. Fue sentenciado a veinte años en los campos de trabajo acusado de «espionaje» y «agitación y propaganda soviéticas»
El doctor Fuster, durante una intervención en la URSS. Fue sentenciado a veinte años en los campos de trabajo acusado de «espionaje» y «agitación y propaganda soviéticas»La RazónLa Razón

Se recuerda que era 8 de enero, que corría el año 1948, que apuraba un cigarrillo y que caminaba por las calles adyacentes a la Plaza Roja de Moscú. Bastaron dos hombres, algunos dicen que fueron tres, para que la paz se volviera desasosiego, y que lo introdujeran en un coche con las formas rudas que gasta la policía. La poetisa Anna Ajmátova, que sufrió la represión soviética, se preguntaba por qué se detiene a la gente. La escritora también reconoce que posteriormente dejaron de hacerse esa pregunta porque era inútil. Del hombre que fumaba solo se sabe que no tenía ni un duro, que lo internaron en Lubianka, el edificio donde nunca se apagaban las luces, por «desfalco de un banco» en la URSS y que fue no de los aproximadamente 700 españoles que Stalin condenó a los gulag. «Eran considerados “enemigos del pueblo”. Algunos fueron acusados de “trotskismo”, “espionaje” a favor de potencias fascistas o de los servicios de inteligencia norteamericana y “propaganda y agitación antisoviéticas” porque el desencanto con las realidades soviéticas desencadenó olas intermitentes de peticiones de salida de la URSS con destino a España, Francia o países de América Latina. El deseo de abandonar la URSS fue la causa principal de las detenciones, aunque también discrepancias con la política del PCE en la URSS, con el régimen estalinista o algunas comparaciones con la vida en el mundo occidental», comenta Luiza Iordache Cârstea, autora de «Cartas desde el gulag» (Alianza editorial), donde narra la experiencia de Julián Fuster Ribó en los campos de trabajo soviéticos.

Como ella misma comenta, desde 1940 hasta 1956, alrededor de 346 españoles fueron represaliados allí. «De ellos, 193 eran niños de la guerra, 4 maestros y educadores, 9 exiliados políticos, 40 pilotos, 64 marinos y 36 republicanos, trabajadores forzados del Reich y capturados en Berlín, en 1945, por el Ejército Rojo. Norilsk, Karagandá y otros campos fueron lugares de muerte, pequeños si tenemos en cuenta la cifra de unos 58 fallecidos sobre el total de 350 víctimas». A esta cifra habría que sumar los otros casi 350 españoles procedentes de la División Azul que acabaron en los campos destinados a los prisioneros de guerra. Pero estos números son aproximados todavía y podrían subir, porque los principales archivos que contiene esta documentación aún no están disponibles para los investigadores. En el caso de Fuster, a parte de su petición para marcharse del país, que ya en sí se consideraba una desafección y una traición, se sumaban otras razones: «Fue muy crítico con el sistema soviético. Como él mismo confesó “todo lo que hay aquí me es extraño y hostil” porque le resultaba muy difícil vivir en una sociedad oprimida en la que “cada individuo, automáticamente, autolimita su libertad”. Y ésta fue la causa de su caída en desgracia, aunque posteriormente fue detenido por “cómplice” del intento de huida en los baúles diplomáticos argentinos de dos exiliados, el capitán de aviación José Tuñón Albertos, y el “niño de la guerra”, Pedro Cepeda Sánchez».

Esta fuga, según Luiza Iordache, resulta un ejemplo notable de la desesperación que existía en la Unión Soviética para alejarse de ese paraíso del proletariado. Lógico es preguntarse si lo dirigentes del Partido Comunista Español conocían el destino de sus compatriotas y que se había condenado a republicanos de una manera tan arbitraria: «El PCE en su exilio soviético se sometió a las políticas impuestas desde el Kremlin, al igual que los demás partidos comunistas de la época. Según documentación de archivo, parte de la cúpula, especialmente los encargados de la emigración española en la URSS, contribuyeron a las purgas de españoles en la posguerra», explica la historiadora. Después incide: «Santiago Carrillo no estaba exiliado en la URSS y se supone que como miembro de la cúpula del PCE debía tener conocimiento de españoles en el gulag, pero cuando se le preguntó, lo negó. Dolores Ibárruri sí tendría que estar al corriente, porque estaba al tanto de las purgas a un nivel más alto. Existen informes en la época que sí remiten a que conocía que en el seno de la emigración se estaban produciendo estos hechos y que contribuyeron a lo que ocurría porque se sometieron a la política del Partido Comunista de la URSS, aunque, y esto es muy importante, no existe ningún documento que la implique. Pero, eso sí, era la dirigente y, por tanto, sobre ella recae alguna responsabilidad. También hay que matizar que esa conducta era típica de la política de la época: la sumisión total al estalinismo».

Catálogo de sufrimiento

Lo que pasó a continuación es un catálogo de sufrimiento que resultó común para todos presidiarios españoles y no españoles. El método consistía en quebrar la resistencia de los detenidos. Para ello se practicaban diferentes técnicas: los desnudaban, no los dejaban dormir, los metían en habitaciones húmedas o en otras asfixiantes, aparte de las palizas. «El sistema soviético –aclara Luiza Iordache– utilizaba diversos tipos de torturas en las cárceles. Las más conocidas fueron las de Lubianka, Butirka y Lefortovo. Como castigo físico, la víctima podía ser aporreada, con las manos atadas, y después enviada al «calabozo húmedo», cuyas paredes chorreaban agua, una pesadilla agravada por la imposibilidad de recostarse y los lamentos de otros presos. Existían también el «calabozo ardiente», en el que el calor producía mucha sed, y el «calabozo helado», con un ventilador de aire muy frío. Como complemento, se utilizaban en la tortura una mesa de doble tapa para aplastar los dedos y toallas mojadas en agua y sal para propinar palizas».

Durante ocho meses, Fuster sufrió todo un clásico: el interrogatorio nocturno. Por la noche lo mantenían despierto para hacerle preguntas y por el día no podía dormir porque estaba prohibido. «Como decía él mismo: “Allí lo cantas todo”. El fin era quebrantar la resistencia del preso y lograr su confesión. El entorno, el aislamiento, la privación del sueño, el miedo, la soledad, la dieta calculada del hambre, la tortura, contribuían a ello». Durante el estalinismo, la suerte no existía en la Unión Soviética. Fuster tampoco la tuvo. Después de su confesión, fue sentenciado a veinte años a los campos de trabajo. Las acusaciones fueron de «espionaje» y «agitación y propaganda soviéticas». Como asegura Luiza Iordache, esta condena estaba fundamentada en varias pruebas, pero entre ellas destacaba una misiva dirigida a la familia que estaba fuera de la URSS, en la que afirmaba: «La culpa directa por todo ello la tienen los líderes criminales del partido comunista español, que se han vendido a Moscú convirtiéndose en sus agentes».

Luiza Iordache explica que sin dilación «fue destinado al campo especial de Kengir, en el Steplag, el campo de las estepas, en Kazajstán. Allí coincidió con presos de distintas nacionalidades y sobrevivió gracias a su capacidad de lucha y por ser un excelente cirujano, el mejor de Karagandá. La profesionalidad y el respeto de los presos rodearon la vida de Fuster en Kengir, pero también los castigos y la sensación de opresión, «lo terrible que resulta estar entre muros» como señala en una carta. Como todo preso sufrió castigos, por ejemplo, el encierro en el calabozo, completamente incomunicado. Pero pronto lo sacaban porque tenía que operar, incluso a los jefes del campo». Fueron unos años duros, en que la principal preocupación era sobrevivir. Tenían en su contra prácticamente todo. Tenían que enfrentarse «a las condiciones del campo, al trabajo forzado, al hambre, a los castigos, al clima, a los castigos, a la pésima higiene, a la sanidad deficiente o a la muerte de sus compañeros». Y, también, a un impulso: la rebelión. Fuster presenció la rebelión de Kengir. Su repercusión fue notable, aunque para entonces ya había muerto Stalin. Aquella revuelta fue sometida con la contundencia habitual. Se llevaron soldados y tanques. Si había que aplastar cualquier voz que se alzase, con mucha más razón a aquellos presos. Durante aquellos días de sublevación se alumbraron esperanzas, los reos, probablemente, pudieron sentirse de nuevo libres, pero la realidad se impuso. Hubo muchos muertos y numerosos heridos. Fuster, durante dos días, estuvo operando en el quirófano .

Los supervivientes dan fe de lo que hizo. También Luiza Iordache: «Estuvo operando a los heridos, resistiendo y alimentándose solo con té, hasta que se desmayó en el quirófano». Fue liberado en 1959, pero apenas hablaba de sus vivencias en los gulag, salvo a los íntimos y familiares. Rompió el silencio en algún artículo de Prensa que al final no llegó a mandar en el que explica, según revela la autora de este libro, «la falta de libertad y de derechos que había en la URSS, la situación miserable que vivía el pueblo soviético, sin libertad de movimiento y expresión, aunque alabó siempre la bondad de los rusos en los gulag».

Nacionales y republicanos, reconciliados

No compartían las mismas ideas, pero sí el mismo destino: un campo de trabajo en las tierras soviéticas. En los gulag se encontraron los nacionales que se enrolaron como voluntarios en la División Azul y los republicanos que lucharon contra ellos en la Guerra Civil española. Coincidieron en los mismos lugares. «La primera pregunta que nos hacemos es cómo sería la convivencia entre ellos. Tenían ideologías distintas y habían peleado en bandos opuestos. Sin embargo, en los gulag surgió una reconciliación entre ellos por las mismas circunstancias que rodeaban su cautiverio y por la situación trágica de sus vidas. Aumentó la solidaridad de los españoles más allá de las diferencias ideológicas. Algunos llevaban allí desde 1941 y no sabían ni siquiera que había estallado una guerra en Europa. Se enteraron al llegar los otros. Pero todo lo que les separaba se diluyó rápidamente, porque el principal objetivo de todos era sobrevivir. Sobre todas las demás cuestiones, por encima de las ideas que tenían, todos eran españoles. Muchas de esas amistades perdudaron después del cautiverio y llegaron a mantener correspondencia entre ellos. En el barco ‘‘Semíramis’’, que atracó en Barcelona y que los repatriaba, volvían unos y otros. Y en la cubierta se los puede ver a abrazándose».