Fernando el católico no murió de lujuria, sino por su corazón

La leyenda decía que había muerto por acudir a la cantárida para satisfacer su deseo sexual

La muerte suele adornar con leyendas y otras marroquinerías imaginarias a los personajes con fama. La tradición venía aireando una muerte de Fernando el Católico que en realidad nadie había ahondado y que daba a su memoria una imagen de rey voluptuoso que no se sabe bien si le beneficiaba o perjudicaba. El monarca, para tratar de resolver los apretones de su lujuria a una edad provecta, habría recurrido a los milagros de la cantárida, también conocida comúnmente como «mosca española», un coleóptero verde esmeralda, aunque más bien debería ser «verde esperanza», que resultaba ser una viagra rudimentaria, pero con peores efectos secundarios y contraindicaciones adversas mayores. A las lenguas murmuradoras les gusta paliquear a menudo sobre las costumbres salaces de los ajenos y con su fallecimiento, Fernando incrementaba la nómina de aquellos que supuestamente habían partido hacia mejor vida por su afición al arte de amar, trayendo aquí a Ovidio y sumando su nombre al de Rafael, que murió joven debido a su furor, con lo que perdió la pintura un gran artista, pero ganó de esta manera un mito, al presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt (que se quedó en brazos de su amante), al también presidente de Francia Félix Faure, que se marchó en situación más bien embarazosa en el palacio de su gobierno, o al del multimillonario Nelson Rockefeller, que demostró así que el desahogo económico no libera a los hombres de esos otros más mundanos y terrenales.

Fernando el Católico, a los 53 años, había contraído segundas nupcias con Germana de Foix, que tenía 18. Una diferencia de edad que seguro daría para alimentar el ingenio del pueblo, siempre tan inventivo en la cháchara y la befa. Pero hoy, de las universidades, están saliendo unos humanista poco inclinados a tragarse bolas y que ponen un acento de duda sobre cualquier dato. La consecuencia es una historia más certera y desnuda de falsedades y chismes, de esos que desenfocaban las épocas y desinformaban sobre los personajes. A Fernando el Católico le falló el corazón, no el emocional, sino el físico, y lo que acabó empalideciendo su rostro no fueron los ejércitos franceses ni sus cuitas de cama, sino un infarto; vamos, que el músculo le falló cuando recorría tierras extremeñas y lo dejó sin el eco de un mal latido en el pecho. Los científicos han ido haciendo la autopsia de sus enfermedades y alifafes descartando posibilidades. El catálogo se antojaba amplio y concurrían en él, como principales protagonistas del drama, un fallo renal o del hígado, pero todo quedó en ese «stop» cardíaco que puso su alma en el cielo y su cuerpo, en Granada. El motivo que lo desencadenó es comidilla para las elucubraciones. Es la pequeña parcela que el saber, siempre tan omnívoro y egoísta, deja en esta ocasión para que vuele la especulación, y los rumores, como los espectáculos, no paren.