Los Reyes Godos sí tienen interés

Aunque un anuncio afirme lo contrario, hoy no seríamos lo que somos si entre las élites intelectuales no se hubiera conservado y reproducido como un preciosísimo talismán identitario la memoria de la Monarquía goda

Corona de Recesvinto, una de las piezas protagonistas del Tesoro de Guarrazar.
Corona de Recesvinto, una de las piezas protagonistas del Tesoro de Guarrazar.Museo Arqueológico NacionalLa Razón

Una reciente campaña comercial de microcréditos iguala el interés «0%» de algunos de éstos con el «cero interés» que tienen los reyes godos, haciendo desfilar ante el espectador los nombres y grabados de varios reyes Godos. No quiero expresar mi opinión sobre ese tipo de empresas ni de publicidad. No los voy a menospreciar, como el anuncio con la monarquía goda hispana. Es más, quiero agradecerles la utilización del término «godo», en lugar del generalizado «visigodo». El etnónimo visigodo, casi inutilizado en su época, se impuso en la historiografía española durante la segunda mitad del siglo XIX. Así se adoptaba un uso de la ciencia histórica alemana que subliminalmente degradaba a un pueblo y una monarquía, que vivía sus días más sombríos: España, los españoles y la cultura hispana. Un siglo antes, el ilustrado Montesquieu (1689-1755) utilizó el término visigodo,calificando a su Monarquía y a sus leyes de viciadas y depravadas, propias de un pueblo impuro, por mezclarse con los decadentes e ignorante hispanorromanos cristianos. Toda una metáfora de lo que para Luis de Secondat eran España y la cultura española de su época.

Herederos directos

Entonces la vinculación de España, de su monarquía católica, de su cultura, con los godos era evidente. Los monarcas españoles se sentían orgullosamente herederos directos de la monarquía goda, disputando esa herencia con la monarquía sueca. Saavedra Fajardo, plenipotenciario español para la paz de Westfalia (1648), ocupará sus últimos días escribiendo un resumen de la historia de su patria y de sus monarcas que tituló «Corona Gothica, Castellana y Austriaca» (Münster, 1648). En el nuevo Palacio Real de Madrid los reyes godos debían principiar la galería en piedra de los monarcas de las Españas a colocar en su fachada. Sin embargo, alguien me dirá que en tiempos más recientes, «godo» se ha podido utilizar con un cierto desprecio; en Canarias, para referirse a los peninsulares, y a los españoles en el México insurgente. Pero curiosamente los últimos combatientes «realistas» en el Virreinato del Perú gritaron orgullosamente: «De ser godos la negra perfidia/ nos pretende tachar por baldón/ y a pesar de la pérfida envidia/ el ser godos es nuestro blasón» («Himno a los godos», Arequipa, 1823).

Sí, los reyes godos, como reyes nuestros, atrayeron a los españoles de otras épocas todavía no tan lejanas. ¿Les debe interesar a los españoles de hoy? Yo quiero pensar que sí. Los españoles tenemos que sentirnos orgullosos de nuestra patria, y muy en especial de nuestra cultura e historia centenarias. Somos una de las llamadas cinco «naciones» fundadoras de la Europa occidental moderna, tal y como se ordenaban los estudiantes en las universidades de Bolonia y París: la inglesa, la francesa, la italiana, la germánica y la española. En diciembre de 2018, en Moscú, en la Universidad San Tijón del Patriarcado de todas las Rusias, afirmé, y no me arrepiento, que, gracias a los españoles y a los rusos, al afán de sus monarquías históricas, se debía en gran medida que desde la Tierra del Fuego a Vladivostock se hablaran hoy lenguas europeas, se rezara al mismo Dios y se tuviera una misma matriz cultural, europea y cristiana, con independencia de las contingentes ideologías políticas. El auditorio aplaudió; quiero pensar que de corazón y convencido. Soy un estudioso de la Historia del primer Imperio árabe-islámico, de la conquista de la casi totalidad del territorio de la monarquía goda por los estandartes del Islam entre el 711 y el 719. Pero la verdad es que hoy no seríamos lo que somos si entre las élites intelectuales vencidas no se hubiera conservado y reproducido como un preciosísimo talismán identitario la memoria de la monarquía goda, que había enseñoreado a las Españas durante 300 años. Ignoro si mejores o peores, cada uno tendrá su opinión, y yo la mía, pero definitivamente seríamos otra cosa.

La primera soberanía estatal

El Imperio romano singularizó al conjunto de nuestra península, junto a las Baleares, como una unidad, pero solo en lo administrativo: la Diócesis de las Españas. Pero fueron los reyes godos los que, tras unificar a todas sus tierras bajo su centro, elevaron esa unidad al terreno de la soberanía estatal que los Estados vecinos reconocieron como Reino de España, equivalente en esencia al término Reino de los Godos. A pesar de su destrucción por la conquista islámica y de la larguísima fragmentación política medieval, esa fundacional unidad étnico-política protonacional ha perdurado hasta nuestros días. La legitimó en lo ideológico San Isidoro de Sevilla (fallecido en 636), colaborador del rey Suintila (621-631) que la había logrado. La actual Biblioteca Nacional es el mayor depositario de la literatura española e hispánica, a ella acuden todos los días investigadores de todo el mundo. Sus escalinatas las preside una estatua de San Isidoro de Sevilla. Él fue el máximo representante de una cultura literaria, eclesiástica pero también laica, que a finales del siglo VII era con mucho la más importante de Europa occidental.

En el zaguán de mi querida Real Academia de la Historia, donde se guarda una imprescindible colección documental y bibliográfica para la historia de España e Iberoamérica, está una imponente estatua, también idealizada, de Don Pelayo. Medio siglo después de su muerte, en el 737, todo el mundo en la Península Ibérica y en la Europa carolingia creía, fuera verdad o no, que había refundado la derrotada monarquía goda. Ya he dicho, y por qué, que Montesquieu escribió mal del «Libro de los jueces», el gran código legal de la monarquía goda desde mediados del siglo VII. Pero la verdad es que fue la primera recopilación legal completa de los reinos surgidos de la desintegración del Imperio Romano a finales del siglo V en Occidente. Copiado una y mil veces en escritorios peninsulares y extrapeninsulares, fue el código legal fundamental en los reinos y condados cristianos hispánicos hasta bien entrado el siglo XI. Es más, su traducción antigua al castellano, el «Fuero juzgo», fue legalmente considerado Derecho supletorio hasta la promulgación del Código Civil español en 1889. Es decir, que hasta esa fecha ese feliz necesitado de dinero del anuncio hubiera podido basarse en una ley de los reyes godos para demandar a la casa de préstamos si se consideraba lesionado por usura.

El origen de la nación

No soy un fundamentalista del concepto de «nación». Sinceramente, creo que la nación, en el sentido moderno del término, no se puede entender sin la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y el movimiento cultural que conocemos como Romanticismo. Pero también creo firmemente que las naciones se sustentan en previos sentimientos etnicistas e identitarios fraguados a lo largo de siglos de Historia. Al final, la elite política criolla iberoamericana no pudo desprenderse de la realidad de esos sentimientos etnicistas, que nada tenían que ver con lo indígena sino con lo español. Por eso al final se impusieron propuestas como las de Andrés Bello ( 1865, Santiago de Chile), sobre que la lengua Española fuera la oficial y nacional de las nuevas Repúblicas. Esa misma lengua había sido la de la administración virreinal, pero la verdad es que los gobiernos de la monarquía católica no habían hecho esfuerzo alguno por imponerla a los indígenas. Es más, dio carta libre a la Iglesia para que convirtiera en lenguas escritas algunas hablas indígenas, como la quéchua o el guaraní. Esa imposición vino de la mano de los nuevos gobiernos republicanos criollos. Ahora nuestros hermanos del hemisferio americano están tan orgullosos de su identidad lingüística como los españoles de acá. Solo en esta perspectiva se puede comprender la reciente injuria a una estatua de Miguel de Cervantes en Los Ángeles. Es la forma de contribuir a una falsa lucha de clases «marxistoide» contra la creciente importancia e influencia de los hispanos, de lo hispano, en Estados Unidos, que están desbancando como minoría más importante a los afroamericanos. Por eso terminaré cantando con nuestros compatriotas del Perú de 1823 la siguiente estrofa: «A los godos la Europa debiera/ que cayese el romano poder, pues quien tantas naciones venciera/ ya no supo a los godos vencer. Las Españas con ellos unidas han sabido feliz conservar/ de los godos la gloria adquirida,/ de sus hijos la dicha sin par». Sin duda, usted, lector, mucho más inteligente y práctico que este historiador, español orgullo de su Historia, podrá ahora decidir si los reyes godos interesan o no. Pero no olvide que quien ignora su propia Historia está condenado a repetirla.