¿Qué ocurrió en los “sucesos” de La Villa de Don Fadrique que anticiparon la Guerra Civil?

Los testimonios de aquella revuelta de 1932 cuentan cómo los campesinos decidieron quemar las eras para protestar contra la contratación de jornaleros murcianos

Han pasado casi 90 años pero en la memoria de aquellos niños y niñas, los “sucesos de la pequeña Rusia” se siguen contando como si hubieran ocurrido ayer. Así se conocía entonces a La Villa de Don Fadrique, un pueblo de más de tres mil vecinos, y distante cien kilómetros de Toledo.

Carmen, Juliana y Antonio, los protagonistas de aquellos “sucesos”, son ahora abuelos de más de noventa años. En 1932, cuando los campesinos prendieron fuego a las eras, su infancia estuvo marcada por la pobreza y el duro trabajo de sus familias.

Aquel 8 de julio de 1932 en La Villa de Don Fadrique, a escondidas, se organizó una huelga para protestar en contra de los propietarios que habían decidido llevar jornaleros desde Murcia y dejar sin trabajo a los locales en la época de la siega. El año anterior habían tenido que ceder frente a las reivindicaciones de los trabajadores. Ahora querían ahorrarse algo de los jornales (los forasteros murcianos eran más baratos) y también dejar claro quién mandaba. La Villa había empezado a llamarse “la pequeña Rusia” porque los comunistas habían ganado por mayoría las elecciones municipales.

La recién nacida Segunda República había proclamado los “decretos” agrarios y mejores condiciones laborales. Pero en el campo la jornada de 8 horas había sentado mal: lo habitual era trabajar “de sol a sol”. “Las cosas no funcionaban bien porque los propietarios no querían cambiar el sistema y las manifestaciones en La Villa eran tan grandes como en Rusia”, recuerda Alejandro, de 80 años. Él no había nacido entonces, pero conoce los hechos porque se los contaron sus padres.

Un pueblo de “comunistas”

Para entender los hechos es conveniente repasar la historia. En el siglo XIX, cuando se efectuaron expropiaciones de tierras no productivas mediante “desamortizaciones”, algo más de la mitad del terreno español era propiedad del clero y de los nobles. Para recoger dinero más fácilmente, se vendieron estas tierras a los grandes terratenientes que podían comprarlas, con lo que la concentración de la propiedad de las tierras aumentó y se agravó. Pedro Pablo Fernández Gutiérrez, en su libro “Revueltas campesinas en 1932: el caso de La Villa de Don Fadrique” reconstruye las condiciones sociales que dieron origen a las revueltas. “En La Villa, doce propietarios poseían el 85% de las tierras en un pueblo de cinco mil habitantes. El resto se repartía entre 1235 pequeños agricultores y terratenientes. Por este motivo, los comunistas de La Villa de Don Fadrique decidieron ponerse a la vanguardia y liderar una lucha al estilo de la revolución rusa, en la que los campesinos se hicieran con el poder y los medios productivos”, escribe Fernández Gutiérrez.

Los fadriqueños podían haber denunciado la decisión de los empresarios del campo de contratar jornaleros murcianos, ya que iba en contra la legislación. Pero su miedo, enfado, ignorancia, desesperanza, frustración, hambre... les llevó a quemar las eras. Unos y otros, patronos y jornaleros, se obnubilaron y perdieron el sentido común, en una España agitada, recién salida de la dictadura.

“Entonces se decidió hacer una huelga con nada más que palos y hambre”. Carmen tiene 95 años. Aquel día tenía apenas ocho. “Una mujer me preguntó si podía darle una cerilla. ¿Qué sabía yo qué iba a hacer con las cerillas? Y los tiros no faltaban”.

La Guardia Civil vigilaba a los cabecillas y se había prohibido salir por la noche. A pesar de todo, los fadriqueños consiguieron juntarse, quemar las eras y lo que había en ellas: grano, aperos, maquinaria agrícola... El desorden público estaba montado con palos, sarmientos y alguna escopeta de caza.

La huelga se convierte en revuelta

La revuelta de La Villa de Don Fadrique acabó con la vida de un propietario, dos campesinos y un guardia civil muertos en los enfrentamientos y numerosos heridos. La madre de Juliana estuvo a punto de recibir un balazo. “Todo el mundo corriendo, las mulas asustadas y una barbaridad de guardias civiles pensando que iba a estallar una revolución”, recuerda Carmen.

Pedro Organero Ronco, historiador y escritor vecino del pueblo, ha recopilado todos los testimonios, las fotos y los documentos de la época en su libro “Los sucesos de La villa de Don Fadrique”. La noticia de la huelga alcanzó todos los periódicos de España. El diario tradicionalista La Constancia tildaba de “revoltosos, agitadores comunistas” a los campesinos. La Voz de Menorca, si bien condenaba la violencia, pedía “piedad para los vecinos de La Villa porque son hambre e ignorancia hermanadas”.

La concentración de la propiedad de las tierras y el sistema caciquil de la sociedad, que provocó la quema de las eras por los jornaleros locales, también fue la causa de la posterior represión: la información que los patronos dieron a los mandos de la Guardia Civil provocó una actuación desproporcionada. Ahora, con casi cien años de distancia, en el pueblo reconocen que “hubo unos sucesos porque todos los segadores pedían pan para sus hijos y sus familias”, como reconoce Antonio Yance, que nunca fue comunista.