Mentiras sobre la historia de España: ¿Estuvimos descolgados de Europa desde el siglo XVI?

En España se mantuvo el intercambio de las letras y la ciencia con el resto del Viejo Continente

Una imagen de la «Pragmática» del 22 de noviembre de 1559 que regulaba los estudios
Una imagen de la «Pragmática» del 22 de noviembre de 1559 que regulaba los estudiosRC Rc

Hemos debido perder la cuenta de las veces que en Democracia oímos decir que al fin nos abríamos científicamente a Europa, de la que nos habían alejado desde el XVI. Tan simple aseveración es una inagotable fuente de análisis por sus contenidos. La culpa de todo la tiene ese siglo (¡los siglos son culpables y, además, enteros!), que debió ser el de Carlos IV, al que seguiría Carlos V y tal vez Felipe III, que era bobalicón. El daño de la Generación del 98, o de sus émulos que no la conocieron, ni aun conocen, ha sido monumental. Si se prefiere, no solo la Generación en sí, sino el agotamiento de aquella sociedad en su conjunto, exhausta, perdida, quebrada. Porque las desmoralizaciones colectivas existen. ¡Nosotros estamos hechos para pensar! ¡Que inventen ellos! y Unamuno la montó parda. Era costumbre de aquellos brutos del Imperio, de los que es mejor no tomar ejemplos, dar publicidad impresa, y no solo pregonada, a las pragmáticas reales y otros acuerdos. Lo hacían más o menos deprisa. Todos esos materiales se vendían para que los comprase quien quisiere. He visto más de una (enorme) colección de cédulas, pragmáticas, autos y capítulos de Cortes, cuidadosamente encuadernados en el siglo XVI o en el XVII y que debieron ser propiedad de algún jurisconsulto de la época. También, de vez en vez, se mandó hacer recopilaciones de las leyes para buen uso de jueces, fiscales y abogados.

Estudiar fuera de España

Pues bien: los «Capítulos de las Cortes de Toledo» de 1559-1560 se publicaron inmediatamente después de clausuradas. En este caso, curiosamente, en la misma portada del opúsculo, debajo del escudo real, consta «Van añadidas: la pragmática para que ningún natural de estos Reinos vaya a estudiar fuera de ellos» y otras. Por cierto: del pregón de la pragmática de los estudios dio fe un tal Juan de Garibay, muy presente en muchos de estos actos. No sé si tenía que ver con el cronista de Felipe II, natural de Mondragón, Esteban de Garibay y Zamalloa. La conocida como «Pragmática de los estudios de Felipe II» se firmó en Aranjuez el 22 de noviembre de 1559 e inmediatamente se le dio toda la difusión que se pudo. Ni se reimprimió, ni hay alusión a ella en decretos posteriores. A día de hoy se discute su eficacia. Mucho más eficaces fueron los índices de libros prohibidos. Con la pragmática de 1559, el rey pretendía evitar la contaminación de sus súbditos con las ideas heréticas que llevaban a la destrucción de todo lo conocido. En principio, afectaba a los castellanos, y a grandes rasgos se intentaba revitalizar las universidades castellanas, exageradamente descritas como arruinadas. La pragmática añadía excepciones: todas las de la Corona de Aragón, Roma, Coimbra, Bolonia y Nápoles. La eficacia debió ser notable en el caso de los profesores (de todos los que eran «visibles»), pero no así entre los estudiantes que vivieran fuera, que podrían estudiar…, pero, desde luego, con disimulación. Porque a nadie se le iba a ocurrir defender en su currículum haber estudiado en universidades que no fueran reconocidas como católicas. Pero en Europa había sitios para estudiar –y educar– «en católico» y de primera línea los conocimientos: por ejemplo, todo el mundo de los jesuitas. Pensar que en el calvinista se pensaban con más libertad que en el católico no tiene precio.

Mentes reaccionarias

No hubo ruptura por esa pragmática. Sí, más lentamente, por otros agentes de culturización, como el devenir de los tiempos, la imprescindible y necesaria defensa de lo católico, las guerras religiosas, la prevención de la alteridad y, sobre todo, la Inquisición y sus mentalidades. Pero el intercambio en la «república de las letras» (y de las ciencias) se mantuvo. La gran revolución epistemológica en el quehacer de los historiadores la capitaneó Ambrosio de Morales, catedrático de Alcalá y embelesado y perfeccionador de los métodos de trabajo del humanismo italiano (influencias que venían de tiempo atrás y se mantuvieron). Un jesuita de tiempos de Felipe IV, Claude Clement, fue el primero en difundir por Europa la grandeza de la Real Biblioteca de El Escorial y, andando el siglo, incluso en tiempos de Carlos II el movimiento de los novatores puso las bases de la Ilustración española, que la hubo y que existió…, y que la destrozó, como tantas cosas, la invasión francesa. De lo cual se aprovecharon las preclaras mentes más reaccionarias. Las patentes de invención que se conservan en el Archivo de Simancas no tienen número y los diccionarios o manuales, las descripciones y expediciones científicas de aquellos tiempos, con cronologías inestables, tampoco. Por el contrario, el conocimiento corrió por España. Se importaron ejemplares de la Enciclopedia de Diderot (¡el Consejo Real lo quería y la Inquisición no!), y, en fin, en medio de la indignación de los tiempos, en 1891 don Felipe Picatoste publicó unos «Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI» con 1.007 registros, o sea, más de mil fichas de escritos impresos o manuscritos de carácter científico y tecnológico solo del siglo XVI. El tema da para mucho. Desmontar los tópicos es tarea imposible, pero estimulante. Seguiremos con ello.