El lado más humano y suicida de Charles de Gaulle

Su llamamiento del 18 de junio de 1940 en los micrófonos de la BBC avivó el espíritu patriota de Francia tras la capitulación de Pétain ante los nazis

Mayo de 1940. La Segunda Guerra Mundial avanza por Europa al ritmo que marcan los alemanes, el Ejército francés se derrumba y el nazismo está muy cerca de hacerse con las calles de París. El pánico llega hasta las altas esferas galas, que ya aceptan la derrota de la mano del mariscal Pétain, pero enfrente, un hombre, Charles de Gaulle, se niega a aceptar el curso de la Historia. Partidario de seguir la guerra desde Argel, se indigna por la caída de su protector (Reynaud, a quien hacía de enlace con el primer ministro británico, Winston Churchill) y por la capitulación, que le alejaba de los aledaños del poder y le dejaba en el exilio sin oficio ni beneficio. Entonces, por inspiración propia o de Churchill, alzó la voz para avivar el sentimiento patriota desde las ondas de la BBC.

El recién ascendido a general tenía, por entonces, en su esposa Yvonne a uno de sus principales apoyos, que, ante los acontecimientos, se ve obligada a separarse y a buscar un camino que salve su vida y la de sus hijos (Philip, Elizabeth y Anne). Recluida en la Bretaña francesa, el 15 de junio (tres días antes de ponerse frente al micrófono de la BBC), De Gaulle hace una visita fugaz para advertirles de que lleguen al sur como puedan. Sin embargo, el instinto de supervivencia de esta madre la obligó a tomar otra dirección. «Cuando Francia es entregada al enemigo, con una intuición increíble del papel que su esposo está a punto de jugar, sin noticias suyas, llega a Inglaterra sola, con sus tres hijos», escribe su biógrafa Geneviève Moll.

Líder de la Francia Libre

Comenzó así un éxodo en el que no tardaría en tener noticias de su marido. Tras subirse al último ferry que partió de Brest con rumbo a Falmouth, pudo leer en el «Daily Mirror» cómo el 18 de junio (la víspera) Charles de Gaulle se había erigido como líder de la Resistencia Francesa desde Londres: «¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe de-saparecer? ¿La derrota es definitiva?», se preguntaba. «¡No! –respondía–. Nada está perdido (...) ¡Francia no está sola! Tiene un vasto imperio de su lado. Puede formar bloque con el Imperio Británico que domina el mar y continúa la lucha. Puede, como Inglaterra, utilizar sin límites la inmensa industria de los Estados Unidos. Esta guerra no se limita al triste territorio de nuestro país. Esta guerra no se decidió en la Batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial (…)». Sus palabras transmitían la fuerza de una controvertida figura que no se ha apagado ni 80 años después de su discurso, pero que, sin embargo, contrastan con ese otro hombre familiar que refleja la nueva película de Gabriel Le Bomin, «De Gaulle» (estrenada ya en Francia y que en septiembre llegará, con suerte, a la cartelera española), largometraje que, precisamente, termina con el citado llamamiento que sirvió para «impulsar su carrera política» en oposición a Pétain, reconoce Lambert Wilson, protagonista de la cinta.

Un general que no gustaba ni en Londres ni en Washington

Durante años se sostuvo que el ex primer ministro británico, Winston Churchill, y el líder francés Charles de Gaulle compusieron una pareja de fuertes aliados, pero los archivos encontrados a posteriori han dado fe de que la relación no fue tan fluida como se pensaba. Se reveló así un intento anglo-norteamericano de eliminar políticamente a una de las figuras francesas más relevantes del siglo XX, si no la que más. El 21 de mayo de 1943, Churchill enviaba desde Washington dos telegramas secretos a su gabinete de Guerra. La firma corría a cargo de «Britman». El premier británico estaba arropado por su viceprimer ministro, Clement Attlee (el hombre que le ganaría las elecciones tras vencer en la Segunda Guerra Mundial), y Anthony Eden, a los que preguntó sobre las cuestiones estratégicas que había abordado en sus conversaciones con el presidente estadounidense, Roosevelt. Entonces, De Gaulle era el líder de la Francia Libre desde su exilio en Londres, una pieza clave para el país galo y los Aliados. Sin embargo, ni Churchill ni Roosevelt no tenían gran simpatía por el general. Se quejaba así Churchill en uno de los telegramas: «No ha luchado desde que abandonó Francia. Debo advertirles solemnemente sobre una severa situación que se está desarrollando».

Con la huida del gobierno francés, la película persigue la marcha del general de brigada a Londres para pedir ayuda a Churchill y, en paralelo, la ruta de Yvonne por Loiret, Bretaña y, finalmente, Inglaterra. Para Wilson, se muestra a «un hombre que vive un periodo de crisis histórica» y que, aunque hable a los franceses desde la sombra, «aparece solo, sin un ejército detrás». Se ve «su desnudez, su debilidad e incluso en una escena Churchill reconoce en De Gaulle esa soledad como propia y valora su determinación», continúa el actor. Le Bomin, que ya ha abordado la historia militar francesa en otros trabajos, presenta el momento en el que De Gaulle «se separa de su familia y aparece como alguien aislado y que tiene que luchar contra algo inconmensurable, y esto era interesante para construir una ficción en la película», cuenta. El director ha decidido centrarse en «el momento bisagra de su vida, cuando todavía no es un personaje histórico, pero toma decisiones que le llevarán a serlo».

Cuenta Le Bomin que no le fue fácil sacar el proyecto adelante porque, «a pesar de que De Gaulle sigue siendo un personaje que estructura la actualidad política en Francia, este tipo de acercamientos cinematográficos a alguien célebre es algo habitual en la tradición anglosajona, pero no en la francesa». Será por ello que, como explica Wilson, «ha sorprendido mucho». Porque siendo una figura que ha perdurado en el tiempo, «también tenía una parte oscura, de dudas; e incluso durante la guerra y después estuvo tentado varias veces por el suicidio», apunta un actor que, en palabras de Le Bomin, «tenía la edad y la estatura física» adecuadas para meterse en la piel del general que terminaría siendo presidente de la V República (1959-1969). Un periodo en el que procuró no faltar en casa y llegar, como mínimo, a la cena junto a su mujer, y que hasta tres veces al año organizaba en el Elíseo una reunión con toda su descendencia.

Mirar hacia otro lado

«Por desgracia, en Francia, como en cualquier país, nos hemos tapado los ojos y los oídos hacia nuestra propia historia –continúa Wilson–, pero se debe pensar que Francia estaba políticamente destruida y Pétain quería el armisticio. En las últimas semanas se han producido ataques a esculturas de algunos personajes de esa época asociados al colonialismo y al racismo, aunque debemos pensar que, si no se ejecutó en Francia a todos los judíos, los homosexuales y los comunistas y conservamos parte del territorio, fue gracias a De Gaulle».

De esta forma, Le Bomin aborda al De Gaulle de estar por casa. Ese que no tuvo un matrimonio fácil con Yvonne, primero, por las meras circunstancias de la guerra y, después, por algunos rumores de infidelidad, precisamente, con la secretaria que le mecanografió el Llamamiento del 18 de junio, Elizabeth de Miribel.

Pero, sin duda, lo que más pesó en la pareja fue la muerte de su hija mejor cuando solo tenía 20 años. Anne padecía síndrome de Down y no era algo sabido fuera de su círculo. «Tu hermanita ha muerto en mis brazos. Que la pequeña Anne nos proteja desde el cielo», escribía De Gaulle a su hija Elizabeth para informarle del fallecimiento de Anne, en 1948 (el general sería enterrado en 1970 en la misma tumba del cementerio de Colombey-les-deux-Eglises). «Para mí, Anne ha sido una gran prueba, pero también una bendición. Es mi alegría y me ha ayudado mucho a superar todos los obstáculos y todos los honores. Gracias a Anne he ido más lejos, he conseguido superarme», comentó al capellán militar que le atendió. Para Jonathan Fenby, su último biógrafo («El general De Gaulle y la Francia que salvó»), «Anne simbolizaba para De Gaulle un cariño incondicional y, aunque las obligaciones parecían impedírselo, su padre siempre estaba cerca (...). Tenía fama de solitario, pero la familia fue extraordinariamente importante para él». Sin embargo, la imagen que transmitió era la de un hombre frío; tanto como para que hasta Churchill intentara humanizarle. No le fue fácil convencer al general de que se dejara hacer un reportaje fotográfico con el fin de dar una sensación de mayor amabilidad. Terminó aceptando y en 1943 entraría una cámara en su casa de Londres para llevar a cabo su cometido.

Y es que De Gaulle fue un hombre más sensible de lo que pareció, e incluso se acercó a la poesía y a la novela tras ser herido en un pie durante la Primera Guerra Mundial, cuando aprovechó su convalecencia para escribir. Aun así, nunca fue un hombre espléndido en abrazos. Como recogió Denis Rellinac en el «Diccionario amoroso del general», «si De Gaulle lloró, lo hizo en su dormitorio, donde sus hijos tenían prohibida la entrada». Se refería al día de la muerte de Anne.