“Un diván en Tunez”: El país entero sentado en el diván de una psicoanalista

Manele Labidi analiza en su primer largometraje con forma de comedia el progreso y los cambios culturales en Túnez

La ristra de muebles con los que Salma aterriza en el suelo de una azotea en la que el cielo y la tierra parecen la misma cosa está colocada inicialmente con la misma anarquía, improvisación y aleatoriedad que los pensamientos que manifiestan sus pacientes. “Esto no es Europa, querida. Tenemos a Dios, no necesitamos toda esa mierda”, le increpa un familiar a la joven tunecina de perfiladas y salvajes facciones cuando ésta le comunica su intención de abrir una consulta de psicoanálisis en su ciudad natal después de varios años viviendo en Francia.

En el debut de Manele Labidi, “Un diván en Túnez”, la gente tiene ganas de hablar, pero, sobre todo, de ser escuchada. “El psicoanálisis allí todavía no está muy asentado. Pero que alguien acuda a una consulta para que le ayude un profesional es algo cada vez más habitual. Especialmente, porque la Revolución Árabe hizo muchos estragos psicológicos. Otra vía de comunicación muy demandada es la que se puede establecer directamente con Dios, porque en Túnez la religión sigue teniendo un peso muy importante. No hay un rechazo caricaturesco al psicólogo ni se diferencia mucho del que pueda haber en otros países europeos”, explica la directora.

Sirviéndose de un tipo de humor muy fino y digerible, Labidi propone un recorrido por esa sensación tan familiar de volver a casa y sentirse de todas partes y de ninguna en un contexto complejo como los momentos posteriores a la Primavera Árabe que en este caso están descritos a través de la mirada y la palabra despierta de la magnética Golshifteh Farahani (Salma). La coyuntura histórica en la que transcurre la película, pese a que la directora no profundiza en ella en exceso, es complicada. "Todavía no habían ocurrido los atentados que se produjeron meses después. Por un lado era esperanzador, pero por otro, el islamismo estaba empezando a asomarse. Después de haber sido silenciados por la dictadura durante tantos años, todo el mundo quería expresarse. Si ibas a la compra, tardabas el doble porque estabas tres horas hablando con el panadero. Había necesidad de conversar y esto me pareció muy interesante rescatarlo”, asegura al otro lado del teléfono.

Asegura también la cineasta que son varios los sentimientos que comparte con esta apasionada protagonista: “A pesar de que Selma es un personaje de ficción, nos unen muchas cosas. Especialmente, la búsqueda de identidad, ese regreso a casa que ambas hemos hecho para intentar cambiar la situación. Selma a través de la consulta y yo mediante el cine”. “Un diván en Túnez” subraya una verdad indiscutible: las personas necesitan hablar. Aunque no todas se atrevan a ser conscientes de ello.