Por qué se perdió España ante los árabes

El autor de «Los visigodos. Hijos de un dios furioso» (Desperta Ferro) da las claves de la conquista musulmuna: peste bubónica, una terrible hambruna y crisis económica

En 680, el reino visigodo de Toledo era el Estado más poderoso, culto y rico de Occidente, superando con creces a los reinos de la Francia merovingia y de la Inglaterra anglosajona. Sin embargo, una generación más tarde, en 711, había sido casi por completo aniquilado y de una forma tan inesperada y traumática que impactó poderosamente en el ánimo de cuantos vivieron aquellos acontecimientos.

Un cronista que nos ofrece el único relato contemporáneo de los hechos, el de la llamada «Crónica mozárabe» de 754, que debía de ser un muchacho cuando los musulmanes abatieron al reino visigodo, expresaba así su dolor y su desconcierto: «¡¿Quién podrá, pues, enumerar tan grandes peligros?! ¡¿Quién podrá enumerar desastres tan lamentables?! Pues, aunque todos sus miembros se convirtiesen en lengua, no podría de ninguna manera la naturaleza humana referir la ruina de España, ni tan grandes males como esta soportó». Cuando en el siglo IX las gentes del acosado reino de Asturias, o de los amenazados condados de la Marca Hispánica, leían textos como este, sentían nostalgia por algo que, sin ser ya suyo, les parecía propio. Esa y no otra es la semilla de lo que durante siglos se conoció como «La pérdida de España».

Pero, ¿cómo se perdió un reino tan poderoso en tan poco tiempo? Inevitablemente, en su momento se acudió al castigo divino como respuesta, pero la explicación del derrumbe de aquel Estado cuyo florecimiento y caída determinaron todo el Medievo hispano y, a su través, el resto de nuestra Historia, no es tan sencilla y sorprendentemente contiene varios factores que hoy nos son muy familiares: cambio climático, pandemia, crisis económica y una violenta división interna. Todo ello conjugado, claro está, con un enemigo externo que supo aprovechar al máximo la oportunidad que se le brindó.

Aunque el clima mundial venía dando señales desde mediados del siglo V de que se estaba enfriando y volviendo más seco, fue en 536 cuando la situación empeoró rápidamente. Ese año una o varias erupciones volcánicas lanzaron tal cantidad de ceniza a la atmósfera que el sol aparecía como «velado por el polvo». Aquel fue un año sin verano y los que siguieron trajeron hambrunas terribles. En un mundo donde la agricultura era la base de la economía, un periodo continuado de malas cosechas podía poner en jaque a cualquier Estado. El hambre trajo consigo una terrible acompañante: la peste bubónica, que en 541 hizo su primera aparición en la historia llevándose por delante a un tercio de la población mundial y sumiendo en el terror a las gentes que habitaban desde Irlanda a China.

El regreso del mal

Pero lo peor de la «Gran Peste de Justiniano» es que no se fue, sino que se quedó de forma latente, con repetidos brotes que, de tanto en tanto, azotaban un área u otra del Mundo Antiguo, y ello a lo largo de doscientos años. La segunda mitad del siglo VI trajo una mejoría climática para Hispania y, aunque este era notoriamente más frío y seco que en los siglos precedentes, el reino visigodo pudo crecer y desarrollarse sin verse muy acosado por la peste y las hambrunas. Pero hacia 680 el frío, la sequía, la hambruna y, al cabo, la peste, regresaron para quedarse y se cebaron especialmente con Hispania.

En noviembre de 681, Ervigio, que acababa de dar un golpe de Estado para destronar al buen rey Wamba, se presentaba ante la asamblea del XII Concilio de Toledo, una asamblea de obispos y nobles que representaba al reino, solicitándole apoyo para sostener, y aquí cito literalmente, «un mundo que se derrumba».

Y es que para ese entonces la temperatura promedio del planeta había bajado tres grados, con la consiguiente disminución de la pluviosidad. Una catástrofe climática que provocó malas cosechas y espantosas hambrunas que azotaron particularmente al reino visigodo durante los siguientes treinta años. Y con el hambre, nuevamente, la peste. Durante el reinado de Égica, 687-702, la peste bubónica se ensañó con el reino y a tal punto que en 701 el rey y su corte abandonaron Toledo ante la mortandad que allí estaba provocando la epidemia. Frío, sequía, hambre y peste… El Ajbar Machmúa, una de las fuentes árabes más fiables, señala que, en los años que precedieron a la conquista musulmana, la mitad de la población de Hispania había perecido por mor de la peste y, aunque sea una exageración, lo cierto es que la pérdida de vidas y el colapso económico debieron de ser terribles y desarticularon la sociedad visigoda.

Y es que la nobleza laica y eclesiástica del reino se mostraba cada vez más independiente y menos dispuesta a cumplir con las leyes y a sostener la administración y la defensa del reino, y el hambre y el terror que provocaban los desastres climáticos y las epidemias llevaban a los siervos a abandonar las tierras de sus señores y a huir en busca de alimento. De hecho, las últimas leyes que conservamos de la época visigoda se centran en estos problemas y muestran una sociedad en descomposición.

Rebeliones y conjuras

Y, por si fuera poco, la división y el enfrentamiento internos. En cierta medida eso fue lo más grave, pues era lo más peligroso. Con el Califato omeya de Damasco en plena expansión y «llamando a la puerta», que el reino se hallara sumergido en disputas y querellas internas era tentar en exceso la suerte. Y la tentaron. Los visigodos nunca resolvieron la cuestión del traspaso del poder. No había una sucesión clara y ordenada. En teoría se había terminado por instaurar una monarquía electiva y eran los grandes señores laicos y eclesiásticos quienes debían de sancionar u ordenar la sucesión de los reyes, pero con frecuencia eran las conjuras y rebeliones las que alzaban a un nuevo monarca al trono, y cuando tomaba el poder solía comenzar su gobierno con purgas políticas, ejecuciones, confiscaciones de bienes... que tenían como propósito premiar a sus partidarios y castigar a los opositores.

En 680, Ervigio logró arrebatar el trono a Wamba, pero tuvo que enfrentarse a una fuerte oposición, y cuando en 687 murió, le sucedió en el trono Égica, sobrino del depuesto Wamba, que se tomó el desquite reprimiendo fuertemente a los antiguos partidarios de Ervigio. Witiza, el adolescente sucesor de Égica, trató de serenar los ánimos, pero cuando murió, a finales de 710, estalló de nuevo la disputa por el trono. Esta vez se enfrentaron los hermanos de Witiza con el duque de la Bética, Rodrigo, y pronto hubo un tercer partido en discordia que proclamó su propio rey en el noreste del reino: Agila II.

Para ese entonces los musulmanes ya estaban lanzando incursiones de saqueo contra Hispania y aunque Rodrigo logró imponerse a los hermanos del difunto Witiza, Agila II, con apoyo de los vascones, seguía enfrentándose a él por el trono. Esa era la situación en julio de 711 cuando, alarmado por los triunfos que Tariq ibn Ziyad, el comandante musulmán, estaba logrando, Rodrigo decidió atravesar a marchas forzadas la Península para ir a enfrentar a los invasores. Para entonces y como ya hemos visto, el reino de los visigodos se hallaba fuertemente debilitado por el cambio climático, por una terrible epidemia y por violentas disputas internas que habían ocasionado una guerra civil. Rodrigo contaba con un gran ejército, pero sus jefes estaban divididos entre sí y más preocupados por sus diferencias y disputas que por vencer al enemigo, y ese enemigo, el ejército del Califato omeya de Damasco, venía de conquistar medio mundo y de imponer el dominio de su califa, Walid II, desde Marruecos a China. ¿Qué podía salir mal?

La traición que cambió el curso de nuestra historia

El 19 de julio de 711 el ejército del rey Rodrigo contactó con las tropas de Tariq ibn Ziyad en un lugar que el único cronista contemporáneo de los hechos denomina como montes Transductinos. Rodrigo contaba con quizá 25.000 hombres, de los que unos 8.000 constituían una excelente caballería, mientras que el resto eran infantería de mala calidad. Enfrente tenían un ejército compuesto solo por infantería y en el que formaban unos 18.000 hombres, de los que únicamente una pequeña parte eran tropas árabes veteranas y, el resto, bereberes recién incorporados al Califato. Todo apunta a que adoptarían la habitual formación de la infantería omeya: el jamis, que disponía a las tropas en cinco divisiones.Tariq había elegido bien el terreno: sus hombres tenían a sus espaldas los montes Transductinos y los godos se vieron forzados a colocarse entre las líneas omeyas y las aguas de las marismas de la laguna de La Janda. Rodrigo cometió el error de dejar pasar siete días en combates de tanteo y eso dio tiempo a que las disputas internas que había en su campo se exacerbaran y que sus opositores, los witizanos, contactasen con Tariq ibn Ziyad.
El día 26 de julio Rodrigo desplegó a sus hombres en tres divisiones y ordenó a su excelente caballería cargar sobre el enemigo. La tierra tuvo que temblar bajo los cascos de 8.000 caballos de guerra y el espectáculo debía ser estremecedor: miles de jinetes godos cubiertos de hierro y cuero tendiendo sus lanzas hacia la línea enemiga, mientras recibían el castigo de los arqueros y honderos musulmanes, que, ante su avance imparable, retrocederían para resguardarse tras sus lanceros formados en orden cerrado y dispuestos a resistir la carga. Resistieron. Sus filas aguantaron aquel choque sangriento y estremecedor. Pronto se sumaría a la batalla la infantería goda. Las narraciones árabes resaltan la ferocidad de la lucha. Pero entonces, en el momento decisivo del combate, las alas del ejército visigodo, comandadas por los witizanos, hicieron traición. Fue el comienzo de la matanza. Los hombres fieles a Rodrigo pelearon con valor, pero fueron empujados hacia las marismas y aniquilados. Un tercio o más del ejército godo fue muerto y el propio rey Rodrigo cayó en el combate. La flor y nata de la caballería visigoda yacía sobre el barro y los musulmanes aprovecharon al máximo el desconcierto y división de sus enemigos, para avanzar rápidamente y tomar su capital: Toledo.

Los visigodos. Hijos de un dios furioso

José Soto Chica

Desperta Ferro

592 páginas

26,95 euros