Las hermanas Soong, las últimas mujeres que «reinaron» en China

Decían de ellas que «una amaba el dinero, otra el poder y la tercera a su país», pero este dicho popular no hace justicia a las vidas de estas «it girls» de la China de mitad del siglo XX. Un libro ahora salda la deuda

Son los chinos los que crearon esta curiosa imprecación: «Que el cielo te conceda vivir una época interesante», y ya sabemos que las expresiones populares son una de las muestras más auténticas de la idiosincrasia de un país. Desde luego, si hubiera que elegir el más interesante durante el siglo XX, desde un punto de vista histórico, sería muy difícil decidirse por uno y siempre estaríamos condicionados por las propias raíces, tanto nacionales como continentales. Pero he aquí que llega a nuestras manos el libro de una historiadora llamada Jung Chang, que ya ha demostrado su rigor a la hora de documentarse y que sabe aunar lo histórico y lo literario con tal amenidad que sus obras se convierten en best-sellers, como pasó con su volumen sobre Mao, «Cisnes salvajes», y con «Cixí la emperatriz». El último se titula «Las hermanas Soong» (Taurus) y supone un reto especialmente complejo porque abarca el XX, parte del XIX y también parte del XXI, y estamos hablando de China, ese país tan presente en nuestras vidas, especialmente en estos tiempos, una inmensa y compleja nación para la que parece haberse creado el adjetivo «convulsa»: sus cambios políticos y sociales han sido violentos y turbulentos, pero sin su interés histórico es enorme y la lectura de este libro nos conduce de nuevo a la frase que comenzó a escucharse en el ámbito occidental ya a mediados del siglo pasado: el XIX fue de los ingleses, el XX ha sido de los americanos y el XXI será de los chinos.

Una influencia sobresaliente

Lo que no sospechábamos, porque el desconocimiento general de ese país es grande, es la influencia tan sobresaliente que tres mujeres tuvieron en China. Tres hermanas que tuvieron el poder en sus manos o estuvieron muy cerca de él, que vivieron el torbellino de la política china para pasar de una relativamente moderna democracia (gracias a las transformaciones de la inteligente emperatriz Cixí) al nacionalismo del Kuomintang, dirigido por el líder Chiang-Kai-She, y la postura más radical del Partido Comunista Chino, el PCC del presidente Mao.

Pero, ¿quiénes eran estas hermanas? De entrada, su padre, Soong Charlie, (1861), fue un predicador metodista que se hizo millonario vendiendo biblias. Se marchó de China a los 14 años en busca de una vida mejor y acabó viviendo en EE UU. Durante una época de su juventud estuvo cerca de los movimientos revolucionarios soviéticos, hasta que se casó y tuvo seis hijos, tres varones que fueron oficiales de alto rango, pero que no brillaron tanto como sus tres hermanas. Soong Charlie se encargó de que ellas dominaran el inglés aprendiéndolo también en EE UU; así, las tres estudiaron en el Wesleyan College de Georgia. Si tiráramos de un hilo imaginario para llegar al origen que propició tantos cambios y donde confluyeron tantos personajes decisivos, lo encontraríamos en este hombre que les proporcionó una educación excepcional en el ámbito de la China de su época.

Ei-Ling, la hermana mayor, fue la principal consejera del presidente de la China precomunista, Chiang Kai-Shek. Se casó con su primer ministro y fue una de las mujeres más ricas del país. Ching-Ling, la segunda, se unió con el padre fundador de la República China, Sun Yat-Sen, que más tarde fue vicepresidente de Mao. Y May-Ling, la menor, contrajo matrimonio con Chiang Kai-Shek en 1927 y no fue solo una primera dama, también una importante figura política. A la hora de biografiar a estas mujeres, la cantidad e importancia de acontecimientos vitales es tan enorme y decisivo el contexto, del que es prácticamente imposible no dar cuenta, que es un auténtico logro que el libro funcione como la autora pretende: tres mujeres especiales en el ojo del huracán de la Historia china contemporánea.

La despedida de Mao

La parte privada está más que avalada a través de testimonios encontrados en cartas, lo mismo de amantes que de compañeros de colegio, por ejemplo. Los documentos de Estado desvelan la complejidad de la época y sus enmarañadas relaciones internacionales. La información que de dichas relaciones se deriva y todo un despliegue de notas ocupan las cien páginas finales. Entre las luchas por el poder destaca alguna anécdota, como la despedida que Mao dedicó a Chiang Kai-Shek cuando murió. Había masacrado a millones de personas para que siguiera apartado del poder, pero permaneció a sus 84 años sentado solemnemente durante horas en su cama de madera, sin comer ni hablar, porque le consideraba «un rival digno» y un «honorable amigo».

Chang comienza su libro contando que la historia de las Soong es el cuento de hadas más famoso de China y que surgió en la época maoísta, cuando la segunda hermana era ya la Hermana Roja: «Una amaba el dinero, otra amaba el poder y la tercera amaba a su país». Detrás de esta simplificación popular, hay mujeres reales que, ciertamente, estuvieron muy cerca del poder por sus matrimonios, pero que influyeron de forma decisiva en la política china gracias a su preparación cultural, que incluía el conocimiento de la política internacional, su facilidad para comunicarse en inglés en cualquier ámbito y en reuniones decisivas y su inteligencia, que abarcaba muchos matices, como el aspecto social o el emocional: en política es tan importante saber qué decir como saber cuándo callar, y ellas eran hábiles maestras en estas cualidades. A veces fueron crueles entre ellas, como pasó con la Hermana Roja, que trató de destruir la vida de las otras dos cuando colaboró estrechamente con el presidente Mao. Sin embargo, el interés por su país se mostró cuando en 1937 dejaron a un lado sus desavenencias políticas y personales para unir sus esfuerzos en la Segunda Guerra Chino-Japonesa y luchar contra el poderoso Ejército Imperial nipón. Cuando terminó el conflicto, las hermanas, especialmente la mayor y la menor, se volcaron donando dinero a orfanatos y hospitales o creando escuelas en las zonas que más sufrieron el ataque de los japoneses. Asimismo, en 1940 crearon las decisivas Cooperativas Industriales, que brindaron muchos puestos de trabajo a la devastada población civil. Sus visitas eran seguidas por la Prensa con avidez, una especie de Prensa rosa devorada por el pueblo que admiraba y deseaba imitar su forma de vestir, de hablar o cualquier pequeño detalle, que se comentaba durante mucho tiempo.

Tampoco faltaron traumas, pérdidas y renuncias para estas hermanas que vivieron una vida tan notable en una época en la que las mujeres, no lo olvidemos, aún no estaban por derecho propio en la vida pública. Entre las muchas e interesantes fotografías que incluye el libro, hay una significativa del señor y la señora Chiang con el presidente americano Roosevelt y el primer ministro inglés, Churchill, en la conferencia de El Cairo de 1943: May-Lang, la menor, es la única esposa que aparece y sonríe mientras escucha atenta un comentario de Roosevelt. Ya saben, hay imágenes que dicen más que mil palabras.

El misterio (y «sex appeal») de Oriente

El dominio del inglés de las tres hermanas tras sus estudios en Estados Unidos las llevó a convertirse en una especie de embajadoras de su país. Así, la más pequeña llegó a dirigirse a la Cámara de Representantes de Washington. Su manejo del idioma y su familiaridad con un lugar en el que habían vivido años y que ya su padre conocía bien desde mucho antes sorprendió entre los presentes. Pero estas no fueron sus únicas armas. «Muchos periodistas extranjeros que la conocieron vieron en ella la personificación de la belleza y el misterio de la mujer china», explica el escritor Jonathan Fenby, gran conocedor de la Historia contemporánea de China. «Es puro sex appeal», afirmó el periodista estadounidense Edward Murrow. De vuelta a su país, May-ling se convirtió en una recurrida figura de odio para los izquierdistas chinos. Hasta la reforma de los años 80, a todos los comunistas se les enseñaba que era una «aristócrata perversa». «Siempre se referían a todos esos vestidos bonitos. Ella usaba maquillaje y llevaba collares y las cosas que hacen los aristócratas. Y además estaba del lado de los nacionalistas, que eran el enemigo», explica Xun Zhuo, historiador de la Universidad de Hong Kong. Una imagen que mejoró al final de su vida, cuando se la representó como una mujer «moderna, bonita e inteligente». Aun así, desde 1949 no volvió a ver a sus hermanas, que morirían con el remordimiento de ese desencuentro.