Pedro Costa: “El confinamiento no es nuevo, hay muchas poblaciones que llevan años encerradas”

En su nuevo y notable trabajo, el director portugués se adentra en la oscuridad del extrarradio y la tristeza del luto de la mano de una enigmática mujer

Cada encuadre de “Vitalina Varela”, arropado y sentenciado por la oscuridad de la noche, rezuma pictorialismo, escupe remates artísticos, desprende una dimensión de belleza ensordecedora. Sus personajes arrastran los pies por las intrincadas calles de la barriada portuguesa de Fontainhas con la misma pesadumbre y la misma pena negra que moja la espina dorsal de los fados. Cada casa es un decorado escondido. Cada puerta, un panel luminoso capaz de guiar la mirada hacia los fondos de la pérdida. Sin embargo, pese a su condición visual de heredera cinematográfica de Rembrandt y esa utilización recurrente y efectiva de claroscuros, su director, Pedro Costa, asegura encontrarse bastante alejado de este propósito: “En la cinta no existe un proceso de estetización de la imagen. Hay un trabajo que es tal vez poco habitual. El cine actual está lastimado, herido. Abandonó muchas de sus posibilidades y dejó a un lado esa forma artesanal de concebir las cosas que estaba más cerca de la realidad”, asegura reflexivo.

Costa puntualiza que “se pasó a la orilla profundamente artificial de los efectos especiales y contaminó su mirada, desde mi punto de vista. El cine, hoy, es uniforme y está alejado de nuestro mundo. Por eso las cosas más sencillas nos parecen inauditas. Una mujer, una puerta, una ventana, un perro... No son cosas habituales ya en el cine”, continúa. Tras una larga y reconocida trayectoria en el género experimental, el portugués regresa a las salas con una historia terriblemente humana, esclarecedora y lacerante en donde una mujer originaria de Cabo Verde de nombre Vitalina Varela transita por los diferentes estados de dolor físico y mental que lleva aparejada la despedida del amado. Tras 25 años de dilatada espera, la campesina regresa a Lisboa para reencontrarse con el ahora cadáver de su marido.

El director reconoce sentirse contrariado con el cambio de tendencia que la defunción y la ritualidad por la que históricamente ha estado envuelta están viviendo actualmente: “Creo que se ha perdido el respeto a la muerte. Pero es el cine, como siempre, quien me ha enseñado a darme cuenta. ¿Por qué ya no se ven elementos como los que aparecían en las películas de John Ford, Ozu, Mizoguchi, Dreyer? ¿Por qué no hay funerales, despedidas, desencuentros, rituales? Porque están olvidados. Y es algo bastante trágico. Antes era necesario aprender a decir adiós, ahora hasta la muerte tiene que ser rápida”, subraya.

La sombra pesa en los ojos y la piel de Varela a medida que va avanzando la trama, pero tal y como asegura el cineasta, se trata de “una sombra protectora”, ya que “la ausencia de luz no siempre tiene por qué ser amenazadora”. “La sombra forma parte de nuestro origen, dentro de nosotros siempre hay una parte que es más negra, menos clara. Hay un poema que me gusta mucho de un autor alemán de principios del siglo XX que dice “hay que oscurecer la oscuridad para caminar”. A veces me gusta pensar que eso es lo que yo intento hacer con películas como ésta. Cavar en lo más profundo”.

En el caso concreto de la protagonista de esta monumental cinta, existe un encierro que traspasa lo emocional y que se encuentra directamente ligado al lugar al que regresa cuando aterriza en la ciudad lusa. Costa asegura que “la oscuridad que envuelve a Vitalina está dictada por la propia casa, por la propia arquitectura del barrio al que pertenece. Muchos de estos barrios están concebidos para la segregación. De hecho, y esto es algo que pienso mucho últimamente como consecuencia de este “encierro” que estamos viviendo, para poblaciones como las caboverdianas, el confinamiento no es algo nuevo. Estamos inquietos, desconcertados, atemorizados, traumatizados…pero es importante pensar que hay muchas poblaciones, personas y comunidades que llevan muchos años encerradas”, subraya. El cine de Costa destaca por la utilización de un lenguaje cadencioso, pausado, balsámico. Y “Vitalina Varela” viene a reafirmar esta pauta. Necesita paladearse. Como todo lo que sabe bien.