“Los que hablan”: Beckett vive, y habla español ★★★★✩

Autor y director: Pablo Rosal. Intérpretes: Malena Alterio y Luis Bermejo. Teatro de la Abadía, Madrid. Hasta el 8 de noviembre.

Cualquiera podrá reconocer el perfume de Samuel Beckett en esta obra de Pablo Rosal, curiosa y difícil de hacer –como las del autor irlandés–, que él mismo dirige y que protagonizan los dos actores probablemente más adecuados para hacerlo: Luis Bermejo y Malena Alterio.

El punto de partida argumental de “Los que hablan” es fácil, directo: dos individuos se sientan en una mesa y se disponen a iniciar una conversación. El tema de fondo también parece sencillo: la incomunicación humana. Lo que no puede ser más atípico y desconcertante es el modo en que Rosal ha querido abordar ese asunto, ya que el propósito que tienen los dos personajes de comunicarse entre sí se ve malogrado, sin solución viable, en el mismo instante en que empieza a plantearse, convirtiéndose así en el más revelador, y también demoledor, desenlace.

La única línea argumental posible estriba, precisamente, en la imposibilidad de que algo ocurra, dado el repetido fracaso de los protagonistas para decirse algo de verdad, para integrarlo en sus respectivas réplicas, y para que la acción pueda así avanzar. Como consecuencia, en la obra no pasa nada de nada, igual que en Beckett. Sin embargo, esa inacción se convierte en un riquísimo y eficaz mensaje: el espectador saldrá del teatro viéndose reconocido en unos seres cualesquiera que saben hablarse, pero no aciertan nunca, o no se atreven, a comunicarse. No son capaces de realimentarse mutuamente, ni siquiera de decirse algo relevante o verdadero, en cierto modo porque se parapetan tras de sí mismos. Al mismo tiempo, el espectador verá, en ese no diálogo, cómo las dudas e inseguridades de los personajes contrastan con la insustancial verborrea que rige la mayoría de conversaciones, las cuales ellos tratan ridículamente de emular.

Todo está expresado de principio a fin en un código cómico-absurdo y surrealista –nueva concomitancia con Beckett–; pero el meollo, y este es el gran acierto, llega con pavorosa claridad. Eso sí, para que la comicidad funcione, y para que el espectáculo sea por tanto digerible, es necesario contar con dos actorazos como estos, que exudan vis cómica a litros y que, además, son capaces de desarmar al público entrando, con convicción y en décimas de segundo, en un plano dramático y conmovedor del que vuelven a salir acto seguido como si tal cosa.

Lo mejor

Pocas veces el absurdo llega a interpelar de una manera tan evidente como aquí.

Lo peor

La falta de acción de este tipo de obras siempre provoca que se hagan un poco largas.