Cultura pop en España: de la teta de Sabrina a Belén Esteban, ¿cómo hemos cambiado?

Un libro de Juan Sanguino repasa la maravillosa colección de mitos propios y ajenos que calaron en las últimas tres décadas de cultura “mainstream” en nuestro país

La cantante Sabrina, en su actuación de la Nochevieja de 1987 durante la que se le salió un pecho mientras toda España mirabaTVE

Seguramente estos hechos dirán más de la historia de España que muchos manuales de la crónica política, porque, para conocer a una sociedad, hay pocas cosas mejores que la cultura popular, es decir, los sucesos o personajes que, en el magma de la realidad, provocan una reacción o una impresión en sus ciudadanos. Ese es el material que toma Juan Sanguino en “Cómo hemos cambiado. La transformación de España a través de la cultura pop” (Península) un libro que mira a nuestro pasado reciente, nuestro imaginario mediático en democracia, y trata de responder a la pregunta del título. Un repaso de los hechos más estrambóticos y castizos de los últimos años, que se toma en serio a Belén Esteban y Álex Ubago (pero no demasiado) y que, desde Jesulín a “La Macarena” o de las niñas de Alcàsser a la fantasiosa historia del perro y la mermelada del programa de Ricky Martin, echa el ojo a muchas otras esquinas de nuestra historia. “Por fin parece que la cultura popular empieza a tomarse en serio en España y se comprende como una herramienta para estimular el cambio y las conversaciones. Me interesaba para hablar de la mentalidad, de la forma de pensar que dieron lugar a esos episodios”, dice el autor de un libro concebido para entretener con un análisis fino pero no académico. Un trabajo que cuenta, en suma, el viaje de España en el primer mundo. Rebobinamos.

Ahí está por ejemplo, el emblemático caso de la teta de Sabrina, que en la Nochevieja de 1987 escandalizó a un país entero. Sanguino recuerda que la gala estaba grabada y que, cuando se emitió, con literalmente toda España delante del televisión (no existían las cadenas privadas entonces), la realización de la gala incluso repitió la escena del desbordamiento pectoral a cámara lenta, como si se tratase de una acción futbolística. Sabrina se sacudía entonando el “Boys, boys” (la canción se llamaba “Summertime Love”, pero poco importa) y al poco de comenzar se le escapó un pecho de un corsé que era incapaz físicamente de contenerlo. Aunque reaccionó a tiempo, el realizador de la emisión, el histórico Hugo Stuven, le enseñó al representante de la artista las imágenes del pezón. “Va bene, ningún problema”, contestó. Todos se lo ocultaron a la cantante e incluso a Pilar Miró, a la que conocían como “la seño”, que era la responsable de la gala. Stuven pensaba que la directora se iba a enfurecer cuando le enseñase la pantalla partida y la imagen ralentizada. Pero dijo que adelante. Lo que sucedió después fue un auténtico terremoto de opinión en el que se pedían explicaciones y dimisiones por el escándalo. “Irónicamente, solo tres años después, Telecinco arrancaba una programación basada en el erotismo, con las Mama Chicho, las Tutti Frutti, las chicas de Tal y Tal... Pero, en el 88, España se escandalizó por algo que hoy nos parece tan inocuo como una teta. Y fue un suceso que ayudó a borrar esa mojigatería”, dice Sanguino.

Otro de los eventos célebres fue, paradójicamente, un no-suceso: el del perro, la mermelada y Ricky Martin. Para los “milennials”, contexto. El blanquísimo, familiar y hasta lacrimógeno programa de Antena 3 “Sorpresa, sorpresa” escondió según la leyenda en el armario (unos años después salió definitivamente) al ídolo musical Ricky Martin para sorprender a una niña. Supuestamente, la joven, que estaba siendo grabada antes de la salida de la estrella de su escondite, aparecía ante las cámaras untándose mermelada o nocilla en la entrepierna y llamaba a su perro para que merendase. Medio país dijo que vio semejante escena y se sucedieron incluso las demandas contra el programa. La policía seguía pistas falsas sobre un lugares donde se vendían copias del vídeo a 500 pesetas. Concha Velasco, que era la presentadora, tuvo que arrancar el siguiente episodio anunciando que habían sido víctimas de un bulo, lo que no hizo más que dar carta de naturaleza a los hechos. Como es bien sabido, aquello jamás sucedió y de hecho hay otras historias idénticas en diversos países (en los que cambia el alimento untable) pero, para Sanguino, la leyenda urbana habla de nosotros y de ese momento: “En 1999, España se creyó la historia porque quería creérsela. Nuestro país quiso celebrar que estaba liberado moralmente para hablar de perversiones sexuales en la oficina y en el colegio (…). Ocurrió durante un brevísimo tiempo en que España fue a la vez ingenua y cínica”. Es un no-suceso que dice mucho acerca de “lo que estábamos a punto de ser con el nacimiento de internet: triunfó porque era una historia que combinaba sexo, depravación, vergüenza ajena, personas anónimas, miserias, exhibición de la intimidad y famosos”, escribe Sanguino.

Para el autor, frente a otros países en los que la política, la música o el cine han definido la cultura popular, en España el molde lo ha hecho la televisión. Todos los sucesos del libro son televisivos. Como él recuerda, “programas como ''Sorpresa, sorpresa'' o ''Lo que necesitas es amor'' se centran en personas corrientes. La gente dejó de ser famosa porque era artista y pasó a convertir la fama en un arte. Eso no pasa con ''Gran Hermano'', sino antes, con la prototelerrealidad de los años 90 en Antena 3. Porque Telecinco estaba más por lo sexy y lo erótico”, dice el autor. “Para mí, la pérdida de intimidad que supone Instagram está muy relacionada con la pérdida de privacidad anterior de la telerrealidad. Hemos ofrecido voluntariamente nuestra intimidad en redes después de ver años haciendo eso a gente que se hace famosa por contar sus interioridades, y no al revés”. Incluso va más allá: “La telerrealidad es un entretenimiento, pero el problema es que ha terminado convirtiéndose en la forma que la gente tiene de comprender el mundo”, dice Sanguino. Hay una teoría que dice que el monólogo interior, que es como se concebía el pensamiento tradicionalmente de acuerdo con los cánones literarios, ha sido sustituido por la rueda de prensa o la entrevista. Es decir, que ya no concebimos nuestra vida como Dostoievski hablando solo en una habitación o escribiendo su diario, sino que la imaginamos hablándole a la cámara, como una escena de dimensión social. “Estoy completamente de acuerdo. Cuando piensas en un partido de fútbol, no piensas en el encuentro, sino en la retransmisión televisiva”, añade.

Otra consecuencia de la televisión es que “la generación de los que nacimos en los 70, 80, y 90, -según Sanguino-, tenemos una especie de fetiche con nuestra propia infancia y adolescencia. Necesitamos evocarla constantemente con la cultura popular. Los que nacieron en los 40, 50 y 60 dejan de pensar en su adolescencia cuando ésta se acaba y se hacen adultos. No necesitan constantemente escuchar canciones de su infancia o ver nuevas versiones de sus películas o series favoritas. Nuestra generación, en cambio, está un poco atrapada porque hace de ello una comunidad”. De ahí el auge de la cultura friki, es decir, “El señor de los anillos”, “Star Wars”, Marvel y D.C. Comics, y tantos otros universos.

Porque no todo han sido situaciones escabrosas. Uno de los cambios de paradigma menos tenidos en cuenta en nuestra sociedad lo provocó un futbolista. En 2003 aterrizó en Madrid para su dorada presentación David Beckham. Venía a jugar al fútbol pero el efecto de su irrupción fue mucho más profundo. El jugador había construido su marca, cuidaba su aspecto al milímetro, se tatuó y tiñó y convirtió su anatomía en mucho más que un instrumento futbolístico. ¿Se acuerdan de cuando queríamos ser metrosexuales? “Fue la neoliberalización del cuerpo -dice Sanguino-. De repente, los hombres pueden sentir una legítima vanidad. Pueden cuidarse, buscar su atractivo. De repente, veías a Guti o Sergio Ramos vestirse y comportarse de una manera que no era la suya”, recuerda el autor. Fue un proceso interesante y radical con consecuencias que no deben ser menospreciadas. “Los hombres se convirtieron en consumidores y en criaturas inseguras, aterrorizadas y obsesionadas consigo mismas, que es lo que la industria de la moda llevaba décadas tratando de convertir a las mujeres”. No hay más que ver “La isla de las tentaciones”: depilarse las cejas no es cosa solo de ellas.

Pero ninguna historia reciente estaría completa sin Belén Esteban, un icono de la cultura popular que merece una mirada retrospectiva porque encarna un fenómeno que une a un torero con un tigre de mascota, Jesulín de Ubrique y “Currupipi”, con una mujer de San Blas (Madrid) que termina en ascenso al Olimpo de la televisión. Sanguino exprime el fenómeno y su significado como la historia de una madre coraje -de su adorada Andreíta-, que solo puede considerarse una especie de odisea de una chica del extrarradio hacia la fama. Una especie de heroína moderna “abanderada del individualismo radical, el narcisismo y con delirios de grandeza”, como la define el autor. Es, también una personalidad fiel a sí misma, a San Blas y Benidorm, un orgullo de clase obrera que emprende un viaje incierto con una bolsa del Carrefour como equipaje. El libro contiene otros deliciosos hallazgos, temas casi paranormales como, por ejemplo, la Shakira morena y su reverso rubio, el abuso sexual colectivo que se cometió con Britney Spears, la absurda entrevista de Martes y Trece a Madonna, la cruel cobertura de las niñas de Alcàsser, la locura de “La Macarena”, el improbable triunfo de Alejandro Sanz y hasta el análisis semiótico del insulso pop de los 90: de Alex Ubago a La Oreja de Van Gogh. Una joyita que se lee con una lagrimilla y mordiendo el labio inferior.

“Creo que, como respuesta a cómo hemos cambiado, diría que hemos ganado en conocimiento y hemos perdido en ingenuidad. Hay una romantización de que antes las cosas eran más sencillas y es que es así. Todo era más fácil. Pero la mayoría de la gente preferiría vivir en el presente al margen de la pandemia. En España, por derechos y libertades es el mejor momento para vivir. Pero también es verdad que somos más cínicos, impacientes y voraces y hemos perdido por completo el sentido de la vergüenza. Que no es un concepto católico. La vergüenza es lo que da el límite al comportamiento”, dice Sanguino. ¿Y cuál es el resultado de perder la vergüenza? “Creo que al perder el pudor hemos perdido también un poco de decencia a riesgo de sonar algo “pollavieja”. Éramos un poco más decentes, pero hemos ganado en otras cosas. Por ejemplo, la ilusión del progreso y el entusiasmo respecto al futuro lo hemos perdido. Estamos más en paz, tenemos menos complejo de inferioridad con el mundo, pero hemos dejado de ser un país adolescente a ser un país cuarentón algo más cínico, pesimista y cansado. Pero ahí vamos tirando”.

«La Macarena» y los éxitos que parecen una broma

Algo muy revelador en torno al megaéxito que supuso «La Macarena» es que, aparte de abrir hueco a lo latino en el por entonces hermético mercado estadounidense, representa algo con lo que los españoles nos identificamos: «Estamos más cómodos con los éxitos que parecen de coña que con los que juegan en la misma liga del primer mundo, como Penélope Cruz, Bardem o Enrique Iglesias», comenta Sanguino. «Macarena es tan kitsch como en 1996. Esa canción es el mínimo común denominador cultural de nuestro tiempo», explica de una canción que hasta Michael Jackson quiso versionar junto a Los Del Río y sonó en los mítines del expresidente de EE UU Bill Clinton.

«CÓMO HEMOS CAMBIADO»

JUAN SANGUINO

Península. 316 páginas, 17.90 euros

"Cómo hemos cambiado", de Juan SanguinoPenínsula