¿Envenenó Stalin a Lenin?

Nombres como los de Trotsky y Pyatakov ya teorizaron tras la muerte del líder ruso sobre dicha posibilidad

Lenin (izda.) nombró a Stalin secretario general del Partido ComunistaLa RazónLa Razón

Durante la revolución, Stalin permaneció junto a Lenin desempeñando un papel secundario, como lo prueba el hecho de que no se encuentre casi ninguna referencia a él en las publicaciones comunistas de 1917 a 1922. No así en los casos de Lenin, Trotsky, Zinoviev o Bujarin, que figuran prácticamente en cada página. Lenin, sin embargo, premió la fidelidad de Stalin incorporándole a la Oficina Política y al Comité Revolucionario de Guerra. Enviado a las zonas de hostilidades, Stalin no supo enderezar las situaciones comprometidas. Sus intervenciones militares en el frente de Tsaritsyne fueron catastróficas y Lenin tuvo que llamarlo tras recibir un telegrama de un Trotsky alarmado. Jamás perdonaría Stalin a Trotsky aquella ofensiva intromisión.

El principio del fin

Stalin se instaló en las oficinas centrales de Petrogrado, donde aprendió el oficio gubernamental bajo la mirada vigilante de Lenin, que lo nombraría secretario general del Partido Comunista soviético en marzo de 1922. Fue el principio del fin de Lenin y el ascenso fulgurante de su discípulo, facilitado por las continuas indisposiciones de aquel a causa de sus parálisis. En su testamento, Lenin repararía ya demasiado tarde en el grave error que cometió al confiar en Stalin: «El camarada Stalin, al llegar a ser secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy convencido de que pueda siempre usarlo con suficiente prudencia [...] Stalin es muy brutal y este defecto, fácilmente soportable en las relaciones entre nosotros, comunistas, se torna intolerable en la función de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que discurran un medio para sacar a Stalin de este puesto».

Con el tiempo, Stalin sería un consumado experto en venenos, asesorado por el antiguo farmacéutico Yagoda, cuyos conocimientos de toxicología le resultaron muy útiles. La muerte de Lenin sorprendió en Tiflis a Trotsky, que de inmediato envió un telegrama de condolencia a Stalin y recibió de él la siguiente respuesta: «Los funerales tendrán lugar mañana. No podrás regresar a tiempo. El Politburó considera que, en vista de tu estado de salud, debes proseguir el viaje». Stalin mentía: los funerales aún no se iban a celebrar, pero temía que si Trotsky acudía, sus grandes dotes de orador acabaran eclipsándole a él ante la multitud que se congregó en la despedida.

Trotsky daría con el tiempo otra explicación al engaño: «Debió temerse que yo pudiera relacionar la muerte de Lenin con la conversación sostenida en el Politburó sobre venenos». De hecho, Pyatakov, uno de los viejos bolcheviques leales a Lenin, no dudó en señalar al culpable de la muerte: «Stalin asesinó a Vladimir Ilyich administrándole veneno por medio de Yagoda», aseguró. A falta de una autopsia que confirmase tan gravísima inculpación, el asunto quedó en profunda sospecha.

Pero el vil asesinato de Lenin tampoco ofreció dudas a Trotski, que en sus memorias reconstruía así sus impresiones: «Durante una reunión del Politburó, Stalin nos advirtió: El Viejo sufre terriblemente. Me lo ha hecho saber. Pide un veneno. Nosotros podríamos acortar sus sufrimientos. Yo le miré, escruté su rostro para descubrir una expresión de compasión ante el dolor de un camarada. No vi más que una sonrisa maliciosa y fugitiva. El Viejo ruega que el Politburó abrevie su mal, repitió Stalin. Zinoviev y Kamenev se miraban sin pronunciar una palabra. Levantándose entonces, declaré que estábamos obligados a cuidar de Lenin hasta el fin. Stalin se calló, en los labios la enigmática sonrisa, limitándose a repetir: El Viejo sufre y reclama un veneno. No fue sino mucho tiempo después de esta dramática sesión cuando Zinoviev y Kamenev se adhirieron a mi punto de vista. Volví a hablarles de aquel veneno que Lenin reclamaba, queriendo saber por ellos cómo actuaba Stalin ante tal situación. No quisieron decir nada, como si estuvieran ligados a Stalin por alguna complicidad». Más tarde, el general Krivitski, huido al extranjero y asesinado por orden de Stalin, confirmaría el acuerdo entre los tres hombres en 1923.

Muerto o asesinado Lenin, su sucesor Stalin decidió embalsamar el cadáver y construirle un feo mausoleo ante el que desfilarían miles de campesinos sucios, vestidos con rústicas zamarras de piel de carnero. Algunos incluso movían los labios como si rezaran. Se santiguaban primero ante el portalón de la Virgen de Iberia y volvían a hacerlo ante el gran rótulo trazado en negro que decía: «La religión es el opio del pueblo».

Dos guardias rojos custodiaban la urna de cristal con el cadáver momificado. Tenía las manos sobre el pecho y la expresión de su rostro era de una impactante serenidad. Así debió morir envenenado.

El asesinato del ministro Frunze

Stalin emponzoñó también a su ministro de la Guerra, Mikhail Vasilyevich Frunze, en 1925. El anuncio oficial de su muerte decía así: «El camarada Frunze ha venido padeciendo de una úlcera intestinal y falleció debido a un anestésico». Pero Frunze no murió en el hospital, sino tras desplomarse en el Secretariado de Stalin. Como muchos otros que le precedieron o le siguieron en la desgracia, recibió un magnífico funeral de Estado con honores militares. Luego, Kliment Voroshilov, en un enternecedor gesto caritativo, adoptó al hijo de Frunze. Como Mefistófeles, nuestro sanguinario protagonista tomaría un sinfín de identidades: Sosso, Koba, David Nizheradze, José Ivanovich, Budu Bosochvili, David Chizhikov, Organess Totomyants, Pyotr Galkin... y José Stalin. Uno de los camaradas que más cerca estaría de Stalin durante muchos años, Lazar Kaganovitz, lo describiría como un «hombre distinto en cada ocasión», asegurando haber conocido, «por lo menos, a cinco o seis Stalin diferentes».