Carlos III, «un equilibrado entre locos»

La maldición de los Borbones se cebó sin piedad con su descendencia

Carlos III retratado hacia 1765
Carlos III retratado hacia 1765Anton Raphael Mengs Museo del Prado

A la muerte de Fernando VI en 1759 le sustituyó en el trono su hermanastro Carlos III, primogénito de Felipe V e Isabel de Farnesio. A sus 43 años, era un rey inteligente y enérgico. El doctor Cabanés lo describía a la perfección de una sola pincelada: «Era un hombre equilibrado entre locos». Aunque sobre locos nunca estaba todo dicho. De hecho, el psiquiatra Vallejo Nájera diagnosticó a Carlos III, en 1946, como el «típico ejemplo del psicópata epileptoide denominado por Mauz “burócrata solemne”».

Todos los años, en efecto, el monarca hacía el mismo recorrido, como si se tratase de un maniático ritual: el día 7 u 8 de octubre salía del Real Sitio de San Ildefonso para el de San Lorenzo, donde permanecía hasta el 30 de noviembre o 2 de diciembre, que venía a Madrid, abandonando la capital el día siguiente a la Epifanía, el 7 de enero, con dirección a El Pardo, desde donde regresaba de nuevo a Madrid el sábado anterior al Domingo de Ramos.

Pasada la Semana Santa, el miércoles de Pascua, a las siete de la mañana se trasladaba a Aranjuez, donde permanecía hasta últimos de julio. Un par de semanas en Madrid, y el 17 o 18 de julio iba a El Escorial, donde cazaba durante todo el día y a la mañana siguiente partía hacia La Granja hasta el 7 u 8 de octubre, cuando reanudaba su peregrinación. Y así un año tras otro, lloviese o tronase. Pese a esta insoslayable pauta de vida, la maldición de los Borbones se cebó sin piedad con su descendencia, en la que se apreciaban con claridad los graves estigmas del pasado familiar. A la herencia genética de su padre, sumaba Carlos III la no menos deficiente de su madre. El padre de Isabel de Farnesio, Odoardo Farnesio II, príncipe de Parma, falleció con solo veintisiete años. Era obeso y en sus retratos se apreciaba su marcado prognatismo inferior.

La extinción de una casa

Su tía Margarita María y su tío Francisco, duque de Parma, murieron sin descendencia. Lo mismo que su hermano Antonio de Farnesio, con quien se extinguió su casa. El doctor Galippe le describía así: «Era de una corpulencia extraordinaria, solo amaba la buena comida y la tranquilidad. Tenía prognatismo inferior». Por línea femenina, los Farnesio estaban emparentados con el rey Carlos II de España. La madre de Isabel de Farnesio era austríaca y hermana de Mariana de Neoburgo, viuda de Carlos II. Sobre este rey, último de los Habsburgo españoles, algunas de cuyas mujeres se casaron con Borbones, habría mucho que decir. Pero nos limitaremos a lo más sustancial, reproduciendo el devastador diagnóstico que sobre él realizó el doctor Jacoby: «Carlos II, último representante de esta raza degenerada, viejo, enfermo y achacoso antes de tiempo, arrastró difícilmente hasta la edad de treinta y nueve años su triste existencia». Su desarrollo fue anormal. Dado su raquitismo, empezó a caminar a los cinco años apoyado en los hombros de las meninas. Era escrofuloso y presentaba calenturas en su cuerpo. Lo mismo que sus antepasados y descendientes, tenía prognatismo inferior. El doctor Galippe nos ofrecía otros trágicos brochazos de este infausto monarca: «Sentía animadversión hacia las mujeres. Probablemente, como varios de sus antepasados, presentaba una anomalía de los órganos genitales».

Apodado el Hechizado, Carlos II tuvo al final de sus días una terrible agonía, entregado a magos y exorcistas. Se invocaba al diablo delante de él para intentar que recuperara la razón. Se le dijo que su enfermedad se debía a un sortilegio: una droga compuesta de seso humano que le habían administrado en el chocolate. Para curarle, le daban a beber cada día una taza de aceite consagrado. La Inquisición intervino y detuvo a los brujos. Pero el monarca no se repuso de esa pesadilla y creyó ver fantasmas junto a su cama.

Los trece hijos del rey

Por línea masculina, Isabel de Farnesio estaba emparentada en cambio con Alejandro de Farnesio, que había sido elegido nada menos que Papa en 1543 con el nombre de Paulo III. Dos años después, cedió los Estados pontificios de Parma, Plasencia y Guastalla a su hijo natural Pedro Luis de Farnesio.

Hecho este esbozo de los antepasados de Isabel de Farnesio, añadiremos que su primogénito Carlos III tuvo trece hijos con María Amalia de Sajonia, hija de Federico Augusto III, rey electo de Polonia, y de la archiduquesa María Josefa de Austria, primogénita del emperador José I. De toda esa prole, seis hijos murieron en la infancia y otros dos fallecieron sin descendencia. Demoledor.

“IMBECILIDAD NOTORIA”
El primogénito de Carlos III de España, Felipe (1747-1777), duque de Parma y de Plasencia, estaba llamado a suceder a su padre en el trono de Nápoles mientras éste era coronado en España. Pero no pudo cumplir el deseo de su progenitor por ser epiléptico y, como tal, incapaz de reinar. El propio Carlos III hizo de tripas corazón en la solemne proclamación que leyó en Nápoles al acceder al trono de España: «Entre los cuidados y graves atenciones que me ocupan tras la muerte de mi augusto hermano Fernando VI, me encuentro llamado a la corona de España. La imbecilidad notoria de mi hijo mayor fija particularmente toda mi solicitud. [Nadie] ha logrado descubrir en el desgraciado príncipe el menor rastro de juicio, de inteligencia ni de reflexión, y que, no habiendo cambiado este estado desde su infancia, es incapaz de sentimientos religiosos y se halla privado de todo uso de razón», afirmó.