Uno de los retratos que se incluyen en "Post Mortem", a partir de la colección de Carlos Areces y la investigación de Virginia de la Cruz
Uno de los retratos que se incluyen en "Post Mortem", a partir de la colección de Carlos Areces y la investigación de Virginia de la CruzCOLECCIÓN CARLOS ARECES

“Post Mortem”: la colección de amor inmortal de Carlos Areces

El actor y cantante reúne en un libro de lujo, escrito por Virginia de la Cruz y con prólogo de Alejandro Amenábar, sus mejores fotografías del género post mortem, típicas en el s. XIX

«En “Los otros”, de Alejandro Amenábar, hay una escena en la que Nicole Kidman ojea muy curiosa ella un libro de fotografía en el que todo el mundo parece estar durmiendo», narra con entusiasmo una voz al otro lado del teléfono, desde un punto remoto de la geografía española en el que la cobertura hay que buscarla con paciencia. Y sigue: «La ama de llaves, rápidamente, la saca de su error y le explica que esas personas, en realidad, están muertas. Cuando vi aquella escena, además del impacto obvio dentro de la película me llamó mucho la atención y me hizo preguntarme si aquello era real o no. Y vaya si lo era. Desde entonces empecé a investigar sobre la fotografía post mortem y a interesarme aún más por ello, aunque viniera ya de fábrica yo como un aficionado de la foto y el papel antiguo».

El que habla es el actor Carlos Areces, de la factoría «chanante», mitad del exitoso grupo musical Ojete Calor y colaborador, entre otros, de Pedro Almodóvar en películas como «Los amantes pasajeros». Y la pasión que lo lleva a disertar con vehemencia es su colección personal de fotografía post mortem, esto es, placas tomadas una vez uno de los sujetos del cuadro ya habían fallecido y cuya imagen sus familiares querían conservar para siempre. Según los registros históricos, la invención de la fotografía de masas, en su extensión por los núcleos urbanos desde París a Nueva York, trajo consigo horas infinitas de posado para que la cámara y su exposición pudieran captar a los fotografiados. Ante el cansancio de los modelos, no se tardó en recurrir a cadáveres para inmortalizar figuras humanas. Al menos, no se quejarían, se debía pensar.

Además de las imágenes de neonatos, era habitual retratar al fallecido junto a toda su familia, a modo de recuerdo FOTO: COLECCIÓN CARLOS ARECES

Una pasión curiosa y laboriosa

Ese puede ser uno de los orígenes, según la escritora Virginia de la Cruz Lichet, del fenómeno de la fotografía post mortem: «Al convivir con una tasa tan alta de mortalidad, es normal que la gente tuviera otra concepción de la vida, de la muerte y sobre todo de las fotos, como recuerdos perennes de ese familiar que habían perdido, a veces, a una edad muy temprana», explica en entrevista con LA RAZÓN.

La autora, la mayor experta europea en la materia y cuya tesis es referencia, es la responsable del álbum de lujo «Post Mortem», una cuidadosa selección de fotografías que publica la editorial Titilante y que se sirve de la extensa colección de postales fúnebres que Areces ha venido reuniendo desde su juventud. El actor explica que siempre ha guardado «todo lo que tenga que ver con el papel, los tebeos y la fotografía antigua», pero fija el origen de esta línea en concreto en su relación con la fotografía de comunión: «Es mucho más común, sobre todo en España, pero al igual que la post mortem me parece que sabe capturar un tiempo, un momento y hasta una idiosincrasia familiar concreta y que quizá, nadie fuera del núcleo, sea capaz de entender».

Areces, intrigado desde la curiosidad del coleccionista, pero también desde un punto de vista sociológico y antropológico, reflexiona: «Ese tipo de fotografía hoy en día se haría rarísima, porque la relación que tenemos con la muerte no tiene nada que ver con la que se tenía entonces. Había cierto contacto y ver a una persona muerta era bastante más habitual. Había un contacto físico, porque se velaba a los muertos en las casas. La muerte, ahora mismo, es una cosa que ocurre por la carretera secundaria de nuestra autopista. Es una cosa que no queremos ver, con la que no queremos tener contacto», confiesa antes de continuar sobre esa obvia nube de curiosidad en la temática que abarca el libro que presenta su colección: «Yo mismo soy hijo de mi propia época y reconozco que el contacto con la muerte en relación a gente que he conocido viva es algo que me espeluzna. Sin embargo, esto no me exime de apreciar la belleza y el tremendo cariño que hay en estas fotos, que no eran más que una muestra de amor, el último recuerdo de alguien del que, en vida, probablemente no habías tenido una foto nunca. Un daguerrotipo era algo que costaba muchísimo dinero y no era algo que cualquiera se pudiera permitir».

Las altas tasas de mortalidad infantil provocaban que las familias inmortalizaran a los pequeños, como para dar fe de que un día existieron FOTO: COLECCIÓN CARLOS ARECES

La fotografía como rito

Esa especie de parafernalia simbólica, la que tiene que ver con la foto como parte del velorio fúnebre, es clave en la explicación antropológica del fenómeno como rito, según explica de la Cruz: «En la Galicia más rural, se seguía yendo en épocas pasadas de paseo dominical al cementerio, en esa tradición casi victoriana que ahora mismo está tan viva en sociedades como la mexicana». Y añade que en un principio, la fotografía se concebía como una manera de alcanzar la eternidad. Por eso, con el cambio de siglo y los horrores ya inmortalizados de las dos guerras mundiales y la Guerra Civil Española, son muchos los sociólogos que entienden la desaparición del fenómeno. La muerte dejó de ser algo inevitable, por así decirlo, y nos enfrentamos a ella de una manera más morbosa.

En la misma línea, esa que comienza en una placa “argenteada” y se extiende hasta la doble portada que informa de los muertos en las costas españolas debido a la crisis migratoria, y sobre el debate que suscitó la publicación o no de fotografías durante la pandemia, Areces hace una diferenciación: «En aquella polémica había también un componente político y de exposición. En las fotos del libro, y en las de mi colección, hay celebración y, sobre todo, hay también amor», remata.

La completísima edición, de 222 páginas y limitada a 1839 copias -500 reservadas para su venta en España-, haciendo referencia al año en el que nació el término más que la técnica (literalmente ”fotografía”, en un periódico alemán), ha sido cosida con guardas y una buena parte del proceso se ha llevado a cabo de manera artesanal. Los 7 desplegables de la edición, bilingüe y firmada por el coleccionista Areces y la escritora de la Cruz Lichet, hacen de ello un imprescindible ya instalado en la tendencia que inició el Dr. Stanley B. Burns en 1990 con su “Sleeping Beauty”. “Post Mortem” es a la vez oda a la convivencia con la muerte, estudio antropológico de nuestra propia consciencia como seres finitos y, sobre todo, un estupendo viaje al corazón del amor como sentimiento universal y atemporal.