Literatura

Albert Boadella: «Siempre que leo a Josep Pla me emociono»

El dramaturgo recomienda leer «Darrers escrits», volumen que recoge los últimos escritos del autor catalán, pero confiesa que no tiene un solo libro favorito, sino varios: «Toda su colección»

El actor y director Albert Boadella
El actor y director Albert BoadellaJavier CebolladaEFE

Desde su jardín, Albert Boadella responde al teléfono con su característica simpatía, mostrándose tan cercano como apasionado a la hora de hablar sobre literatura. «No tengo prisa», dice, «el confinamiento me ha hecho coger un sentido distinto del tiempo». Más bien, matiza, «soy un profesional del confinamiento». Y celebra tener «una casa muy grande, una masía típica catalana», desde donde nos habla sobre uno de sus referentes.

–¿Cuál es su libro preferido?

–Mis libros, porque no es uno solo: toda la colección de Josep Pla. Representa una forma de entender la Comunidad en la que he vivido, incluso la que ha sucedido después de él. Su obra es una aventura constante. Me gusta el Pla de los viajes, pero también sus retratos. Y, sobre todo, la forma en que escribe mi lengua materna, el catalán, que cada vez va a peor. Ahora este idioma está muy contaminado por los medios oficiales y no oficiales, la televisión pública de aquí destruye totalmente la lengua que Pla, en cierta medida, construyó. Fue el mejor fabricante del catalán.

–Si tuviera que elegir un libro suyo, ¿cuál sería?

–«Darrers escrits», el libro que contiene sus últimos escritos. Es una obra imperfecta que escribe con una edad muy avanzada, con fragmentos dispersos pero con la emoción del hombre que, aunque ya no tenga la facilidad, lucha por trazar aún las frases bien construidas y con los adjetivos precisos. Siempre que lo leo me emociona, quizá porque yo también voy llegando casi a la edad que tenía él cuando escribió esto, y empiezo a intuir que, si sigue mi vida, me econtraré con lo mismo o algo peor. Para un artista, porque Pla tenía una mirada de artista escritor, es algo trágico y emocionante.

–¿Cuantas veces ha revisitado estos escritos?

–Es un libro de cierto grueso, no hablamos de 50 páginas. Es para leer a trozos, porque no tiene un solo argumento. En 1993 hice una obra de teatro sobre él y sí lo leí entero. Pero después he ido picoteando. Es muy importante en un autor que puedas picotear, porque en el fondo cada vez penetras más lejos. Al ser un gran escritor, nunca te lo acabas. Al igual que uno no puede terminarse la obra de Velázquez o de Bach, salvo que fueras mejor que ellos, pero no es el caso.

Josep Pla en Llofriu, en 1977, fotografiado por Francesc Català-Roca
Josep Pla en Llofriu, en 1977, fotografiado por Francesc Català-Roca

–¿Qué aprende leyendo a Pla?

–La óptica sobre mi entorno, su mirada sobre las personas y sus situaciones. Tenía una visión personal, pero a la vez muy sintética y realista. Extraía la sustancia de las personas y de una forma muy directa, sin recurrir a los estudios psicológicos. Es la mirada de un artista, de un pintor, de un poeta sobre mi entorno, que es Cataluña pero también el conjunto de España. Eso me ha hecho aprender sobre cómo mirar un paisaje o una situación social.

–Hoy todo se adorna con tal de «no molestar», ¿deberíamos ser tan directos como Pla?

–Es cierto que actualmente, no solo en la escritura, sino también en mi propio arte, el teatro, hay esa especie de autocensura que se aplica para hacer esa corrección política y no encontrarse con determinados problemas. Ahora que no hay censura, está la paradoja de que sí hay una autocensura impuesta por la moda. Pla no seguía estas modas. Sin duda hay un tema que él no tocó y que es muy importante: la Guerra Civil. Él la vivió y podría haber escrito sobre ello. Creo que Pla, quizá por un trauma personal o lo que fuera, nunca entró en ese tema. Sí lo hizo de soslayo, en algún comentario, pero muy poco. Ahí si se autoreprimió Pla. Hay otra cosa con la que también va con mucho cuidado y es con el uso del lenguaje, era muy educado y elegante. Podría decir una palabra excesivamente vehemente o insultante pero encontraba siempre un adjetivo con el que nos podemos imaginar en qué palabra pensaba. Pero, por lo demás, él actuaba sin seguir las modas. Hoy, el gran problema que no tenían los grandes escritores es que la moda cambiaba cada 80 o 100 años. Ahora lo hace cada dos meses. Esto es algo muy distorsionador para los que nos dedicamos a la expresión pública. Entonces es mejor siempre estar fuera de esas modas y, si te acercas, separarte rápidamente.

–La genialidad de un artista reside en esa independencia...

–En eso tenemos el gusto de leer a estos escritores que ya no están, que no son contemporáneos, pero cuyos libros no estaban sujeto a esta vorágine actual. Ese es un placer que yo siento cuando leo a Pla. Me da la sensación de que la vida sigue siendo la misma, han cambiado costumbres pero notas en esos escritos que el ser humano, profundamente, no. Un romano aprendería a conducir un coche por Madrid en 6 meses (ríe).

–Decía que Pla se encargó de construir el catalán que ahora están destruyendo. Lo mismo ocurre em el castellano con, por ejemplo, el uso de “hijos, hijas e hijes”, ¿qué opina?

–El castellano tiene una inmensa suerte y es que cuenta con Latinoamérica. Es una oxigenación extraordinaria. El catalán no la tiene, es un idioma que ha sido tocado por la política y Pla, en el fondo, tiene esa consciencia. Él no escribe tocado por imposiciones, mientras que hubo escritores o lingüistas que en el fondo actuaron políticamente. Quisieron hacer una unificación con la lengua y puedo referirme completamente al caso del lingüista Pompeu Fabra, que tuvo la necesidad de hacer una lengua oficial pero con una mirada muy estrecha. Por tanto, hay un condicionamiento político. No se olvide que en Cataluña la lengua ha sido un artefacto militar. Pero la que utiliza Pla es natural, sin rebuscamientos para encontrar la palabra que sea diferente al castellano, porque siempre hay un esfuerzo político en usar unos términos que a nosotros nos suenan rarísimos. Pero Pla construye. Creo que los escritores pueden construir una lengua. Mi antepasado del gremio, diríamos, el señor Shakespeare, casi construyó un idioma. También lo hizo el propio Molière.

–Y usted, ¿reconstruye el catalán?

–Ya no. A finales de la dictadura y principios de la democracia me esforcé en trabajar por la cultura catalana. Pero vista la dirección que ha tomado, decidí separarme de todo eso y dedicarme a cosas que a mí me han parecido más interesantes. Mi agenda ya no la escribo en catalán, ni lo uso en WhatsApp a no ser que alguien se dirija a mí en ese idioma. Sí lo hablo con mi mujer y mis hijos, pero no con mis nietos. Con ellos uso el castellano y estoy feliz de hacerlo, porque el catalán no nos ha ayudado para nada.

–¿No se siente representado?

–Es una lengua que ha servido para la política, la discriminación, que para utilizarla bien y para entendernos. Se ha utilizado más para pelearnos.