Historia

«Peor tener un diario obrero que una revista porno»: por qué el Ejército español se hizo anticomunista

Informes y documentos muestran que el recelo hacia esta ideología anidó en el ejército español entre 1909 y 1927, a la sombra de la guerra de Marruecos y el nacimiento de las primeras asociaciones sindicales afines

Una unidad de legionarios, durante la Guerra de Marruecos, donde nació el temor al comunismo
Una unidad de legionarios, durante la Guerra de Marruecos, donde nació el temor al comunismoEjército de TierraLa Razón

Las conjuras y el comunismo. Los dos fantasmas del franquismo. Pero ¿de dónde provenía esa obsesión? A partir de los años veinte, los oficiales españoles destinados a Marruecos y encargados de dar respuesta al desastre de Annual se preguntaron si la República del Rif, que mostraba una extraordinaria resistencia, recibía algún tipo de apoyo externo. El mismo Franco aludía por escrito, como confirman varios documentos, a la presencia de espías comunistas y expresaba la sospecha de que Moscú hubiera decidido respaldar al enemigo. El historiador Daniel Macías, profesor de la Universidad de Cantabria, describe este ambiente de sospecha que calaba entre los mandos destacados para sofocar las revueltas del territorio. «Temían una conspiración comunista para desestabilizar y debilitar los gobiernos de la Europa occidental. La estrategia estaría dirigida al mundo colonial para así debilitar a las principales metrópolis, incentivando movimientos de resistencia y liberación. Francia, Gran Bretaña, Japón o Estados Unidos apoyaron a los rusos blancos en la guerra civil y, los rusos rojos, les estaban devolviendo el favor. España se insertaba en el eje franco-británico y Marruecos se compartía con los galos, por lo que se suponía objetivo de los bolcheviques. Se pretendería desencadenar una enorme sacudida en el norte de África para que aquí cayera la monarquía».

Para encontrar la cadena de sucesos que generaron este recelo hay que retroceder hasta 1917. La Revolución Rusa, que derrocó el imperio de los zares y que supuso una convulsión en Occidente, coincidió en España con una triple crisis: la social, la política y la del ejército. La primera afectó al parlamentarismo; la segunda se reflejaba en la conflictividad de las calles y el auge del pistolerismo, y, la tercera, esencial, estaba marcada por la creación de las Juntas de Defensa que surgieron en el seno ejército y que son percibidas desde su inicio como una especie de sindicalismo y una amenaza. «Los junteros nacen en Barcelona –explica Macías– y supusieron un enorme quebrando a la disciplina colectiva e individual. En cualquier caso, el ejército no era homogéneo entonces. Estaban los palaciegos, que vienen a ser los militares vinculados a la corte del Rey, había fuertes divisiones por Armas y Cuerpos, en general técnicos frente a tácticos, y estaban los africanistas». Estos últimos protagonizaron un duro enfrentamiento con los llamados «junteros», que «estaban en contra de los ascensos por méritos de guerra, una de sus principales reivindicaciones. Los africanistas, en cambio, eran partidarios del camino heroico del soldado. Los otros deseaban que se respetara el escalafón y durante un tiempo lo consiguieron».

Un pulso militar

Los junteros tenían capacidad para influir en el Gobierno e, incluso, se barajó la idea de crear dos ejércitos. «El regular, que sería el metropolitano, y el colonial, destinado a territorios no nacionales. Lo que, en la práctica, era una vía muerta para los africanistas y sus fulgurantes carreras». Daniel Macías, autor de «A cien años de Annual» (Desperta Ferro), explica por qué estas Juntas fueron tan importantes para los posteriores prejuicios que mostraron los militares hacia el comunismo: «Las Juntas de Defensa son sindicatos militares. Mantendrán un pulso con los africanistas, que serán los que se impondrán y los que culparán a estos de lo que sucedió en Annual porque, según ellos, socavaban la moral de los soldados. Este enfrentamiento dejó un poso de desconfianza entre los africanistas hacia el asociacionismo o el sindicalismo y, por extensión, a cualquier idea obrerista. Al comunismo le tenían terror».

Con el paso el tiempo se ha demostrado que aquellas suspicacias resultaron un pálpito erróneo y que jamás existieron junteros comunistas. Al revés, eran muy leales. Los temores, según Macías, tenían su fundamento en el clima de la época: existía una gran inestabilidad, los anarquistas mataban con pistolas Star a empresarios o arrojaban bombas y algunas huelgas, como la de la fábrica La Canadiense, había dejado un recuerdo indeleble. Pero estos sindicatos, aunque hubieran surgido entre sus filas, fueron vistos por algunos cual «soviet». Y hay que añadir el clima internacional. Aunque España no había participado en la Gran Guerra era consciente del problema que había generado. En Italia y en otras naciones beligerantes, muchos veteranos se entregaron al fascismo o al comunismo para compensar sus frustraciones (falta de trabajo, inadaptación a la vida civil, trauma...). A este panorama hay que añadir la multiplicación de partidos con esa filiación en distintas capitales europeas. Pero el año clave fue 1922. Es cuando nace la URSS, en Turquía triunfa Ataturk y Abd el Krim está en el apogeo de su poder y gloria. Documentos militares españoles recogen sospechas. El general Francisco Gómez-Jordana escribe: «Los comunistas, muy interesados en fomentar la rebeldía del Rif, con vista a descomponer interiormente a Francia y España, pues paralelamente a su labor cerca de Abd-el-Krim llevaban su propaganda a las mismas filas del ejército, tratando de desmoralizarlo, y a las masas populares que se revolviesen contra la guerra».

El bolchevismo

En otro informe catalogado como confidencial, fechado en diciembre de 1925 y titulado «El ejército y el comunismo», puede leerse que en su avance «el comunismo encuentra un obstáculo importante: el ejército. Del grado de resistencia que encuentra en este dependen, en mucho, los éxitos y fracasos del bolchevismo». A renglón seguido figura esta frase: «Se concibe que los comunistas pongan especial cuidado en destruir los ejércitos nacionales». Este testimonio revela un dato relevante: previene contra la posibilidad de que se infiltren comunistas en los ejércitos con el propósito de minar la moral, hacer propaganda, porque, según consideraban los militares, su objetivo no era luchar por sus «hermanos», sino contra la «burguesía» y otros objetivos relevantes para ellos. Advierte sobre soldados «conscientes de su deber revolucionario» y pide que se vigilen las factorías de armas para evitar que se infiltren células.

Pero, ¿era verdad? A partir de Annual, Marruecos se convirtió en un terreno donde se cruzaban, aventureros, espías, ojeadores de potencias extranjeras (interesadas en conocer las riquezas que escondían el subsuelo) y material de desecho de la Primera Guerra Mundial: soldados que se alquilaban al mejor postor, munición y armas sobrantes... Franco, como otros oficiales, teme que los comunistas intenten sabotear su avance. Era lógico. Ellos representaban la sociedad y los ideales que intentaban destruir. Un documento ruso dice: «Basado en la decisión de la asamblea plenaria del Comintern es necesario ponerse en contacto con un representante de una fábrica de guerra (material bélico) inglesa para la compra de armas para las necesidades de los partisanos (guerrilleros) marroquíes. La parte financiera del Comintern ha asignado para la compra especificada 100.000 francos franceses...». Está rubricado por el secretario de la sección marroquí. «En esa época se castigaba más que un soldado tuviera un diario obrero que una revista pornográfica. Era peor tener cosas relacionadas con el comunismo que con el sexo. Es el miedo a la insurrección –comenta Daniel Macías–. En el Tercio de Extranjeros se prohibió el ingreso de personas provenientes de la Europa del Este. Daba igual su ideología, ciertas nacionalidades fueron vetadas. Temían que hubiera filtraciones en el cuerpo de agentes comunistas. Esto quedó reflejado en algunas disposiciones normativas de estos años».

Un documento ruso donde se alude a la compra de armas para los rifeños FOTO: La Razón La Razón

La irrupción del nacionalismo turco y su supuesta relación con el comunismo aumentó las preocupaciones. Un informe del 31 de mayo de 1927, que estaba dirigido a la Presidencia del Consejo de Ministros, cuenta: «Esos instintos seculares con los que simpatiza el islamismo son amplia, intensa y tenazmente aprovechados por el comunismo imperante en Rusia». En la jerarquía de los oficiales anidó la idea de que el ejército era el postrero baluarte para salvar a España de la revolución. En este momento es cuando nace el término «islam-comunismo». Serían las dos líneas de vanguardia que los seguidores de Lenin tendrían en cuenta para minar a las fuerzas españolas. Se empezó a hablar de una «conspiración mundial», que se sostenía sobre los vestigios y los indicios de actividades que ellos vinculaban al comunismo. A eso hay que sumar que la propaganda de agrupaciones sindicales y políticas animaba, como reflejan los panfletos del PCE, a no luchar contra los marroquíes. «Franco y los africanistas entienden que quienes emiten tales folletines son enemigos de los españoles. Son traidores. Es aquí cuando se forja de una manera visceral el anticomunismo», concluye Macías.

LAS QUINTAS DEL EJÉRCITO
Uno de los problemas que tenía el ejército español es que se movía por quintas. Estas remesas de reclutas provenían, en muchos casos, de los estratos más humildes de la sociedad. La ideología de muchos de ellos era próxima o afín al comunismo. Los mandos lo sabían y por eso estaban atentos para evitar que se les metieran saboteadores. «Los más pobres solían ser los que tenían que servir por la discriminación clasista en el sistema de la reclutamiento. Por lo mismo, solían ser los destinados a los escenarios de guerra. Estos campesinos y obreros metidos a soldados eran susceptibles de simpatizar con el anarquismo, el comunismo o el sindicalismo». Esto, junto a las noticias que recibían de espías y hombres que trabajaban para los enemigos, hizo que las suspicacias acabaran instalándose en el imaginario de estos oficiales. Hasta ellos llegaron avisos y rumores. Algunos hasta contemplaban la posibilidad de que Turquía pudiera aprovisionar a los rifeños con un submarino, el cual se instalaría en una base naval en Alhucemas. Algún documento recoge esta sospecha y dice, de una manera totalmente tajante, que hay que cortar eso por el peligro que representaría para las unidades españolas.