Alice Neel: arte, depresión, heroína y comunismo

El Museo Guggenheim dedica a la controvertida artista una gran retrospectiva que permite contemplar el trabajo de una transgresora que desafió a su época con su pintura

El Museo Guggenheim Bilbao ha presentado este jueves la exposición retrospectiva de la artista estadounidense Alice Neel, con casi un centenar de pinturas, dibujos y acuarelas, incluyendo sus retratos más impactantes
El Museo Guggenheim Bilbao ha presentado este jueves la exposición retrospectiva de la artista estadounidense Alice Neel, con casi un centenar de pinturas, dibujos y acuarelas, incluyendo sus retratos más impactantesMiguel ToñaEFE

Alice Neel sintió en carne propia el calambre de la vida y la creación. Pertenece a esa estirpe de pintores obligados a lidiar con la intemperie del ingenio y los envites de una biografía de mucho oleaje, que parece extraída de una novela de personajes alicaídos y penurias noventayochistas: la muerte de un hijo, depresiones, un internamiento en un hospital psiquiátrico, relaciones desafortunadas, matrimonios rotos y parejas colgadas de la heroína que llegaron a maltratarla y destruir sus lienzos en un rapto de celos. El legado que supone su obra, a la que el Museo Guggenheim de Bilbao, con apoyo de Iberdrola, dedica una necesaria retrospectiva, está a la altura de su biografía, que es todo un spleen de desdichas.

Alicia Neel tuvo la clarividencia de una temprana vocación artística, una bendición en cualquier hogar y para cualquier madre, pero no en el seno de una familia desprovista de inquietudes pictóricas, aquella deriva fue observada como un capricho delirante. Trabajó en oficios sin recompensa, más que el beneficio que reporta el salario, para costearse los estudios en la Universidad. En sus aulas conoció a Carlos Enríquez, otro camarada de paleta, un cubano echado hacia adelante, de los que llaman de la primera vanguardia, que le dio mucho pábulo intelectual, pero también guerra de la buena en el plano sentimental: las pasiones intensas son de mecha corta y de alcance mediano. Con esa temprana cancha, habiendo nacido en 1900 y con vehemencias transgresoras en su caletre, Alice Neel fue forjando un estilo áspero, desprendido de convencionalismos y cortesías, con la textura del bronce oxidado y sincera como una confesión. «Fue toda una vida entregada al arte. Una dedicación que le llevó muchos sacrificios a nivel personal y muchas elecciones. Fue una gran artista. Era muy natural y cruda. Para mí, esa crudeza pasaba por la dignidad que sentía hacia las personas retratadas en sus cuadros. Logra un equilibrio sorprendente. En una ocasión, dibuja a una mujer maltrata, una vecina suya. Pero hasta que no te fijas en determinados detalles, no te das cuenta de lo que está sucediendo y lo que está padeciendo esa persona. Ella la refleja como una mujer bella. Solo al reparar en unos puntos, percibes el dolor que existe detrás», comenta Lucía Aguirre, comisaria de la muestra dedicada a esta pintora, que, a pesar de su fama en Estados Unidos, todavía muy poco conocida en Europa. De hecho, esta exposición supondrá para muchos la primera ocasión de contemplar su trabajo.

Sexualidad y comunismo

El recorrido es una reflexión sobre su evolución y, también, sobre los retratos, la parcela que mayor reconocimiento y fama ha aportado a Alice Neel, que desde hace tiempo ya ha entrado en los museos norteamericanos y que se cotiza bien en las colecciones privadas. «Esa dureza que tiene su pincel se revela muy bien al dibujar la sexualidad, como, por ejemplo, en las escenas más íntimas. Lo hace con una naturalidad exquisita, pero, incluso ahí, no afloja su sinceridad», explica Lucía Aguirre. Alicia Neel nació en una época que impedía a las mujeres acceder a los campos de la creación, reservados únicamente para los hombres. Pero ella, que no nació para amoldarse a cánones, decidió revolverse contra esos prejuicios y límites que no había puesto y desafió las normas. En su deriva, alejada de encorsetamientos, abordó los temas más delicados y espinosos para la moralidad de su sociedad. «Ella se atreve a presentar la sexualidad femenina de una manera abierta, en composiciones nada forzadas. En la década de 1930, era imposible mostrarlas y por eso mismo tardaron casi 40 años en verse. Esas eran imágenes resultaban ofensivas para muchos. Durante ese periodo, hay que tenerlo en cuenta, existía una legislación que, por ejemplo, impedía mostrar mujeres embarazadas en las películas, aunque estuvieran vestidas. Pero ella insiste y dibuja, incluso, el cuerpo desnudo del hombre. En ese aspecto, fue una rompedora y siempre fue a contracorriente», asegura Alicia Aguirre.

Alice Neel, debido a su relación con Carlos Enríquez, visitó Cuba en los años veinte. Una experiencia que marcó el devenir de su pensamiento. Se aproximó a posturas izquierdistas y, a pesar de separarse del padre de su primer hijo, de atravesar un periodo de penurias económicas y atravesar una dolorosa temporada de crisis personal, la pintora siempre mantuvo su compromiso social hacia los más desfavorecidos y sintió una empatía hacia las personas más castigadas por la vida. Cuando residía en Nueva York se mudó al Harlem. Lo hizo en una época en que nadie lo hacía. Inició allí una serie de retratos que daba parte de las personas que la rodeaban y concienciaba sobre su devenir. A pesar de que sus paisajes y naturalezas conservan parte de esa aspereza que asoma en los retratos, ese endurecimiento que caracterizan sus óleos se torna más evidente y severa por la profundización psicológica que hace de los personajes que elige pintar, que, precisamente, donde asoma parte de su grandeza. Esas personas muchas veces pertenecen a su entorno no muy favorable, pero, para ella, esa vulnerabilidad también debía conformar el reto de ser fiel y no traicionar el alma y el dolor de aquellos que inmortalizaba en un lienzo. «Ella sufrió cierto ostracismo físico por esa mudanza y por no pertenecer a ningún movimiento en Estados Unidos. Pero ese ostracismo le condujo a producir mucha obra y a tenerla en casa, porque hubo una parte de su recorrido en la que no era demasiado conocida. Pero con el surgimiento de los movimientos feministas, que buscan referencia, se convierte en un modelo para ellas, comienzan a realizarse exposiciones sobre ella, se recuperara sus figuras y es cuando alcanza su reconocimiento por las grandes instituciones y se convierte en un nombre destacado del arte. En Europa la estamos recuperando, porque es conocida por el sector, pero el público no ha tenido ocasión de ver su obra en profundidad», explica Lucía Aguirre.