Verónica Forqué, el fin de la comedia

La historia del cine y el teatro está repleta de historias paradójicas de actores que hacían reír mientras se sumían en la depresión y la tristeza: la actriz puede haber sucumbido a una forma de hacer entretenimiento que hace de las personas objetos

La actriz Verónica Forqué
La actriz Verónica Forqué FOTO: Jesús G. Feria La Razón

Hay una especie de amarga ironía en la suerte que corren y han corrido, a lo largo del devenir del cine y el teatro, muchos de los grandes de la comedia y el humor. Son incontables los ejemplos que pueden venirnos a la cabeza, desde estrellas hoy olvidadas como la reina de la “screwball comedy” Thelma Todd, pasando por figuras que forman parte de la historia y la histeria del viejo “Hollywood Babilonia”, como Buster Keaton o, por supuesto, Marilyn, hasta llegar a tragedias más recientes, como las de Robin Williams o John Belushi. Ciertamente, no serán más (ni menos) que en otros géneros o estilos, pero es inevitable que la paradoja de su destino, hacer reír a los demás mientras sus vidas derivan hacia la depresión y la tristeza, nos llame la atención y nos haga reflexionar sobre la amarga recompensa que muchas veces obtiene dedicar la vida a traer risas, felicidad y diversión a un público y una industria que rara vez lo agradecen, sincera y suficientemente. En especial la segunda. Hoy, esta reflexión viene tristemente obligada por el adiós a Verónica Forqué, quizá la mejor actriz de comedia del cine español de finales del siglo XX y comienzos de este extraño XXI, a quien todos los que alguna vez, por breve que fuera el encuentro, tuvimos la suerte de tratar, recordaremos también por su encanto, simpatía y profesionalidad.

Hija de uno de los mejores directores de nuestro cine, José María Forqué, así como de la escritora y dramaturga Carmen Vázquez-Vigo —gran autora de literatura infantil—, hermana del también cineasta Álvaro Forqué, Verónica Forqué estaba predestinada al cine y el teatro, donde pronto desarrolló un carisma especial para la comedia, sí, pero para una comedia a la que sabía dotar siempre de matices especiales, que iban de lo entrañable a lo melancólico, de lo infantil a lo sofisticado y de lo ingenuo a lo sensual, sin perder nunca la capacidad de llegar al corazón del espectador, con esa sutil humanidad que irradiaba desde lo más profundo de su personalidad tanto como de sus personajes.

En los 80, encarnó la esencia misma de la mejor comedia madrileña, fuera desde el prisma posmoderno, irreverente y desquiciado de Almodóvar, en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984), ”Matador” (1986) o más tarde en “Kika” (1993), como desde el más tradicional y sicalíptico vodevíl resucitado por Fernando Trueba en “Sé infiel y no mires con quién” (1985), por Colomo en “La vida alegre” (1987) y “Bajarse al moro” (1989), e incluso por Berlanga en “Moros y cristianos” (1987), consiguiendo así hasta dos Goyas en 1988, como actriz protagonista y de reparto. La década siguiente siguió sonriendo a Verónica Forqué, tanto como ella nos hacía sonreír a nosotros: “Salsa rosa” (1992) y “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?” (1993), ambas con Manuel Gómez Pereira; “¿De qué se ríen las mujeres?” (1997) con Joaquín Oristrell; algunas de las mejores comedias de quien fuera su marido, Manuel Iborra: “El baile del pato” (1989), “Orquesta Club Virginia” (1992) o “El tiempo de la felicidad” (1997)... A la vez, teatro y televisión gozaban también de su presencia siempre agradecida. Su rostro, su voz y su físico se hicieron familiares para espectadores de todas las edades, pues una de las cualidades tanto escénicas como humanas de Verónica Forqué fue, sin duda, saber ganarse a todos con su peculiar combinación de inocencia maliciosa y picardía sin maldad alguna, que teñía la risa de erotismo sin caer nunca en la sal gruesa ni en la provocación grosera. El culmen de su popularidad televisiva le llegaría, quizás, cuando entre 2014 y 2015 se convirtiera en parte de la desopilante troupe de “La que se avecina”, interpretando a la irresistible alcaldesa Teresa Sáenz de Tejada, que se robó para sí buena parte de las risas de aquella quinta temporada de la serie.

Mientras en cine y escenarios popularizaba esa imagen entre ingenua y provocadora, inocentona pero sexy -aunque, no lo olvidemos, podía alcanzar y alcanzaba matices dramáticos y agridulces exquisitos cuando quería y el personaje así se lo exigía-, Verónica Forqué llevó siempre una vida personal y sentimental discreta, estrictamente privada, tanto durante su relación con el actor Joaquín Kremel, como durante su largo matrimonio con Manuel Iborra, padre de su hija, María Clara Iborra Forqué, de quien se divorciara en 2014. Mujer culta, que había cursado la carrera de psicología al tiempo que estudiaba arte dramático, lectora empedernida, interesada en las filosofías orientales, la meditación trascendental y las causas humanitarias, se mantuvo siempre al margen de esos cotilleos y verdulerías, que si tienen su gracia en la comedia escénica y la pantalla, pocas veces la tienen en la tragicomedia de la vida.

Quizá haya sido eso, precisamente, lo que acabara con la risa de Verónica Forqué. Un nuevo mundo del entretenimiento, que a diferencia de cine y teatro, exige a sus actores que sean personas y no personajes, que se conviertan en objeto de risas y sufrimiento no como intérpretes, como artistas, sino como víctimas reales de un miserable show que, sin ser realidad, no merece tampoco el nombre de espectáculo, menos aún de arte. Sufriendo de depresión, recién cumplidos los 66 años, en un siglo donde cine y teatro distan mucho de ser lo que fueran, donde una impecable vida artística y profesional solo parece acreditar para concursar en un cruel circo catódico sin reglas, la muerte de Verónica Forqué, señoras y señores, no es cosa de risa.