Prohibido hablar del aborto (sin seguir la doctrina Montero)

La nueva propuesta radical del Ministerio de Igualdad vuelve a cerrar el espacio para la conversación sobre el aborto, sin punto medio entre las posturas

«El cuentro de la criada» se ha convertido en emblema de las marchas abortistas (AP Photo/Amanda Andrade-Rhoades)
«El cuentro de la criada» se ha convertido en emblema de las marchas abortistas (AP Photo/Amanda Andrade-Rhoades) FOTO: Amanda Andrade-Rhoades AP

Con la nueva propuesta de Ley del aborto, cuyo borrador irá el próximo martes 17 de mayo al Consejo de Ministros, el viejo debate de lo moral y lo ético está sobre la mesa de nuevo. Rectifico. En realidad, no. No hay debate. Porque es imposible que se desarrolle con relativa normalidad en la conversación pública. Con posturas cada vez más radicalizadas, el más leve matiz o expresión de una duda convierte en fascista o asesino de niños, sin matices ni solución de continuidad, al que se significa en la conversación pública. Absolutamente nada entre una cosa y la otra. Se ha convertido en –se está tratando como– un asunto meramente ideológico cuando en realidad va más allá y su dimensión es ética y moral, pero también filosófica, jurídica, médica… Y sería enriquecedor para todos, siempre lo ha sido, escuchar los argumentos y, a la luz de la razón, mediante el intercambio de ideas y gracias a la discusión intelectual, libre y desprejuiciada, tratar de encontrarnos. ¿No hay acaso ningún punto en común? ¿Hemos renunciado al consenso? ¿Se legisla para todos?

Sin terreno común

Jorge Soley, escritor y economista, fundador del Center for European Renewal y patrono de la Fundación Provida de Cataluña, cree que «lo que ocurre es que se ha perdido, en los últimos años, mucha de la capacidad de pensar y favorecer que, por la vía argumental, se pueda llegar a un terreno común. Lo que hay son trincheras ideológicas y un desprecio a las ideas del de enfrente, antes incluso de que hayan podido ser expresadas o atendidas siquiera», opina.

«Cuando un debate incomoda, molesta, estamos cansados de él o consideramos que lo vamos perdiendo en la argumentación», añade, «tendemos a zanjarlo decretando que nuestra posición es un derecho inalienable y que cualquiera que se opone a nosotros, aunque solo sea en un matiz, se opone a ese derecho y es, por lo tanto, un tipo maligno. Se pretende anular, con ese señalamiento, la validez de la reflexión del de enfrente. Quien va contra un derecho es un monstruo, un fascista. Y con el fascismo no se discute: el fascismo se combate». En ese contexto, abortado –no es un chiste, ni mucho menos– el debate, parece que ya solo se puede ser antiabortista o antivida. ¿No tiene nadie ninguna duda, todo son certezas absolutas? ¿Por qué parece imposible, inalcanzable, el entendimiento?

«A finales del siglo pasado» explica Soley, «estaba aceptado que era un mal trago, que no era lo óptimo para la propia mujer, y aquello de tratar de que el aborto fuese algo seguro y raro, que fueran casos excepcionales, sin convertirlo en algo así como un método anticonceptivo más. El debate a finales del siglo XX era qué medidas tomar para que no se tuviese que llegar a ello; no que, de llegar, no se pudiese hacer con garantías y seguridad. Pero ahora, en este siglo XXI, se defiende desde la trinchera ideológica, impermeable a las razones del de enfrente. Toda la argumentación se basa en “yo hago lo que quiero con mi propio cuerpo”, pero es que ahí hay algo más. Hay un ente en un desarrollo inicial, hay unas circunstancias que han llevado a eso y que determinan que se opte por interrumpir el embarazo o no hacerlo. El debate debería abarcar mucho más porque tiene que ver con la autonomía de la mujer y su libertad, sí, pero también tiene una dimensión ética y moral, jurídica, médico, filosófica… Ahora se ha reducido a algo meramente ideológico. Se confunde despenalizar algo con convertirlo en un derecho», completa.

 (AP Photo/Mariam Zuhaib)
(AP Photo/Mariam Zuhaib) FOTO: Mariam Zuhaib AP

Padres silenciados

Pablo de Lora, Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de «Lo sexual es político (y jurídico)» y «El laberinto del género. Sexo, identidad y feminismo», coincide en que se trata de un debate más amplio y necesario. En su opinión, el aborto plantea un problema, en lo moral y en lo jurídico, muy complicado «porque el feto está en el cuerpo de un individuo. Esto puede parecer una banalidad, pero es muy importante en el siguiente sentido: creo que nadie de los que abogan por abortos libres o muy pocos restringidos discutiría que si ese feto en desarrollo se pudiera gestar extrauterinamente entonces nadie tendría derecho a terminar con su vida. Solo creemos que el aborto es un derecho en el sentido de que no debe castigarse la interrupción voluntaria del embarazo porque plantea un conflicto con la libertad o el bienestar, la salud o la autonomía de la mujer. Solo en ese sentido el aborto es un derecho porque cualquier mujer debe poder, hasta el momento en que ese feto se pueda desarrollar extrauterinamente, no verse obligada a que su cuerpo sirva de sostén, porque eso le puede generar un conflicto con su libertad personal y también porque si estuviera obligada solo las mujeres tendrían ese tipo de compromiso físico. Me explico: tomemos el supuesto no problemático de un individuo nacido, sobre cuya condición de persona nadie discutiría. Si necesitase un riñón o una transfusión de sangre, nadie puede obligar jurídicamente a los padres a que se la hagan. Moralmente sería una aberración no hacerla, salvo un padre o madre loco o depravado nadie se negaría a esa mínima invasión corporal si la vida de un hijo está en peligro. Pero jurídicamente se pueden negar a transfundir a su hijo», explica desde lo didáctico.

Aquí surgen las dudas, porque se podrían negar, tanto el padre como la madre, progenitores ambos de la criatura. Pero la figura del padre, como tal, parece solo tener peso entonces en este debate –no debate, para Irene Montero– a partir del momento del nacimiento. Porque como agente, pese a su imprescindibilidad en el momento de la concepción, no aparece antes. Los actores de este evento obstetricio son mujeres, médicos y juristas. ¿No hay derecho a la reproducción que ampare al padre? ¿Acaso la figura paterna no pinta nada?

«El hombre, según la lógica del “nosotras parimos, nosotras decidimos”, desaparece de la ecuación», interviene Soley. «Para evitar interferencias en ese derecho a decidir, en esa libertad y autonomía, el padre lo que recibe es el mensaje de que no tiene ningún derecho, pero tampoco responsabilidad, sobre ese hijo que viene. Que no es asunto suyo», completa el escritor.

«Que los padres deberían pintar mucho más es algo que he defendido siempre», tercia Pablo de Lora. «Ningún padre genético puede obligar a la mujer, ni a abortar ni a seguir con el embarazo. La decisión es de la mujer, sí. Pero si la mujer, que es soberana y debe serlo, decide proseguir con el embarazo creo que el padre debería tener también la posibilidad de desvincularse jurídicamente, financieramente. A eso se le llama ‘’aborto financiero’' y es el precio de la autonomía y de la libertad. Y lo que dictaría la coherencia si es que nos queremos tomar en serio el empoderamiento y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y de los hombres, por encima de sus vindicadas identidades o atributos biológicos involuntarios».