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El disco que Miles Davis dejó como testamento

Rhino publicará el 6 de septiembre «Rubberband», el proyecto que el mítico músico abandonó en 1985. El álbum completo en formato CD ofrecerá al público un regreso al jazz de calidad.

  • El jazz alcanzó otro nivel gracias a Miles Davis, un trompetista que representó la eterna vanguardia a través de su autoexigencia y eterna creatividad
    El jazz alcanzó otro nivel gracias a Miles Davis, un trompetista que representó la eterna vanguardia a través de su autoexigencia y eterna creatividad

Tiempo de lectura 5 min.

23 de agosto de 2019. 00:51h

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Alberto Bravo.  23/8/2019

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Miles Davis no ha dado todavía su última nota. Al menos, discográficamente hablando. Rhino acaba de anunciar el lanzamiento del disco perdido de Davis, «Rubberband», un proyecto que inició con gran entusiasmo en 1985 pero que finalmente acabó guardando en el cajón para emprender nuevas aventuras musicales. Una de las grandes noticias discográficas del año, sin ninguna duda. No se trata de la típica jugada de la industria para hacer dinero fácil. No es abrir ese cajón, acudir a grabaciones descartadas y facturarlas como material de coleccionismo. Más que eso, se trata de recuperar una vieja leyenda de la historia de la música: la de los «álbumes perdidos», la de los proyectos completados y, por diversas razones, nunca editados. La noticia cobra una dimensión espectacular si se atiende a quién da nombre al asunto. Nada menos que Miles Davis, uno de los mayores genios que haya dado la música contemporánea, el hombre que en los años 50 decidió emprender una cruzada personal para revolucionar el jazz y que no solo logró asaltar los cielos, sino que se quedó en propiedad con ellos. Porque lo que Miles Davis representó no fue otra cosa que la eterna vanguardia, la profunda insatisfacción de un iluminado que siempre decidió no mirar atrás, sino más bien atisbar nuevos horizontes y tomar posesión de ellos. Aquello del genio asociado al don de la autoexigencia y la eterna creación.

Una bestia con un ojo tremendo

Situémonos en perspectiva: ¿dónde estaba Davis en 1985? Pues muy arriba gracias a trabajos como «Decoy» o especialmente «You’re under arrest», en el cual propuso espeluznantes revisiones del «Human nature» de Michael Jackson o el «Time after time», de Cyndy Lauper. Naturalmente, con sintetizadores e instrumentos eléctricos, aquel sonido se alejaba profundamente del que había cambiado el curso del jazz en los 50. Ese Miles Davis de juventud, cuya ágil mente se activó al escuchar los nuevos sonidos que traía el saxo de Charlie Parker, era ya una auténtica bestia. No solo tenía una visión, sino también un tremendo ojo para reclutar a los mejores músicos (John Coltrane, Red Garland, Philly Joe Jones, Wayne Shorter, Cannonball Adderley, Gil Evans y Paul Chambers, entre muchos otros), y una capacidad sobrehumana de trabajo. Era capaz de facturar material para cuatro discos –¡y qué discos!– en un par de sesiones de grabación. En 1954, con apenas 28 años, ya presentó al mundo una obra capital, «The birth of the cool», y en 1959 alcanzó el paraíso con «Kind of Blue», considerado por muchos como el mejor álbum de jazz de todos los tiempos. Aquello sonaba a clásico, pero también a futuro. Y vendió más de dos millones de copias. De su mano, el jazz había llegado a otro nivel.

Sin embargo, gran parte de la grandeza alcanzada por Miles Davis se debió también a su escasa capacidad para regodearse en el éxito y en el halago. Jamás cayó en los elementos que más distraen en la industria del arte y el espectáculo. Si en «Milestones» ya había dado muestra de su aprecio por lo que ahora es más conocido como «músicas del mundo», ese interés se vio reforzado con la grabación de «Sketches of Spain», su visión de la música española.

Y seguirían cambios de colaboradores, nuevas propuestas de formaciones (cuartetos, quintetos...), nuevas miradas a otras músicas. Entre ellas, el rock y sus variantes con referencias como Jimi Hendrix, Sly & The Family Stone, The Staple Singers, Stevie Wonder y demás. Y sí, él fue el pionero de un nuevo y popular movimiento, el «jazz-rock», auspiciado por discos como «Filles de Kilimanjaro» (1968) o «In a silent way» (1969). De nuevo, Davis en vanguardia mientras la mayoría de sus contemporáneos caían. Unos, presos de la heroína y otras adicciones. Otros, por su incapacidad para mirar hacia adelante y huir de los anacronismos. Mientras, el trompetista seguía atento a todo lo que sucedía a su alrededor y reclutaba para sus bandas a lo mejor que había entre el talento joven: Dave Holland, John McLaughlin, Chick Corea, Joe Zawinul, Keith Jarrett, George Benson... Pero llegaría la crisis, tan de repente. Después de años entregados al arte y sus exigencias con enorme disciplina, caería en dos abismos que odiaba: la falta de ideas y las drogas. Lo primero no es menos curioso que lo segundo, sobre todo si se tiene en cuenta que a lo largo de los años expulsó a varios de sus compañeros de banda más talentosos por echarse en brazos de los narcóticos. Fueron los casos de John Coltrane y Bill Evans.

De vuelta a la cima

Pero, de nuevo limpio en todos los sentidos, regresó a comienzos de los 80 a la escena con un renovado impulso y agarrado a sus conocidos preceptos, a aquellos que tanto bien le hicieron: la detección del talento joven, el trabajo y sus ansias de investigar y hacer cosas nuevas, no escuchadas hasta esos momentos. Explorar sus propios límites, en definitiva. El doble álbum en directo «We want Miles», de 1982, es la constatación de la magnitud de su regreso a la cima. Aquí es donde se pone en contexto «Rubberband», la grabación completa que ahora se recupera. Tras abandonar Columbia Records después de treinta años para fichar por Warner en 1985 –un acuerdo tan lucrativo como propicio para desarrollar su libertad creativa–, Davis comenzó las sesiones de lo que iba a ser «Rubberband». Alquiló las estupendas instalaciones de los estudios Ameraycan de Los Ángeles y se encerró con los productores Randy Hall y Zane Giles.

Miles Davis quería algo radical –más si cabe– dentro de su sonido, algo que plasmara sus nuevas ansias por trascender a partir de la inclusión de ritmos funk y soul. También quería ofrecer un «púlpito sonoro» a nuevas figuras como Al Jarreau o Chaka Khan. Pero llegó un momento en el que Miles Davis desconectó. O se aburrió. O vio que los resultados no eran los que tenía en su cabeza. O, simplemente, se dejó atrapar por otro nuevo proyecto, que se titularía «Tutu», otro de sus discos incontestables nacido a partir de la gran alianza con otro enorme talento, el de Marcus Miller. De esta forma, «Rubberband» quedaría aparcado durante más de tres décadas.

Rhino publica ahora el álbum íntegro, compuesto por 11 canciones, en formato CD, doble elepé y soportes digitales. «Rubberband» fue completado por los productores originales, Hall y Giles, más el sobrino de Davis, Vince Wilburn Jr., quien tocó la batería en las sesiones originales para el álbum en 1985 y 86. Es un trabajo completo de Davis, quién lo iba a decir a estas alturas. Un auténtico regalo del cielo.

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