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Filipinas, la nueva cruzada contra España

Así bautizó al archipiélago el navegante español Ruy López de Villalobos en 1542. El presidente del país, Rodrigo Duterte, quiere borrar cualquier rastro de huella colonial y sugiere rebautizarlo como Maharlika

  • Rodrigo Duterte. El presidente de Filipinas quiere modificar el nombre de su país porque considera que Filipinas recuerda demasiado al pasado colonial
    Rodrigo Duterte. El presidente de Filipinas quiere modificar el nombre de su país porque considera que Filipinas recuerda demasiado al pasado colonial /

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10 de marzo de 2019. 14:22h

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Rafael Rodríguez-Ponga.  10/3/2019

La pregunta inicial es: ¿puede un gobernante, con un mandato necesariamente temporal, cambiar el nombre de un país? La respuesta es que puede, como ha sucedido en algunas ocasiones (v.g. Congo/Zaire), pero a costa de un alto precio para el país mismo, para su imagen en el contexto internacional y, lo que es mucho más grave, para el derecho de sus nacionales a la identidad cultural. El nombre de Filipinas, como archipiélago geográfico, como estado político y como nación cultural, está asumido por todos desde hace siglos. Es el nombre reconocido por los propios filipinos, en su totalidad, y por el mundo entero. Filipinas y Pilipinas son las formas más utilizadas en ese tan querido país asiático, junto a la forma en lengua inglesa Philippines, que es también de uso habitual, pues el filipino y el inglés son las dos lenguas oficiales a nivel nacional. Hay que señalar que las lenguas filipinas no tienen el sonido /f/ y siempre lo identifican con /p/. Por ello, otras palabras de origen español y que se utilizan con toda normalidad y amplia frecuencia pasaron con la evolución de /f/ a /p/, como por ejemplo, farol > parol, familia > pamilia o pamilya. La lengua nacional y oficial de Filipinas se llama filipino o pilipino, aunque pueden establecerse diferencias sobre el contenido y la historia del uso de ambas formas. Esta lengua nacional se construyó basándose en el tagalo, por ser la lengua de la región de Manila, la capital. Los habitantes reciben el nombre de filipino y filipina, o pilipino y pilipina, con la natural adaptación fonética, y al mismo tiempo, manteniendo (en filipino o tagalo y en otras lenguas del país) la estructura gramatical de cambio de género, heredada del español. Además, tienen una manera coloquial de llamarse a sí mismos, también con la estructura de género gramatical: pinoy en masculino y pinay en femenino, es decir, con las dos últimas sílabas del gentilicio, pino y pina, con el sufijo –y. Por lo tanto, cambiar el nombre afectaría no solo al país como territorio geográfico o entidad política, sino también al nombre de la lengua nacional y, lo que es mucho más grave, al gentilicio con el que se identifican todos y cada uno de sus ciudadanos, ya sea en su denominación formal o en la informal.

Una nueva entidad política

Se argumenta que el nombre de Filipinas no responde a la propia tradición del país en su esencia cultural asiática y austronesia, que fue inventado por unos españoles, y que ahora, de la misma manera, por qué no van a tener la posibilidad de cambiarlo. El nombre se debe al navegante español Ruy López de Villalobos, que en 1542 bautizó como Felipinas o Filipinas a unas islas que formaban parte de lo que se conocía como archipiélago de San Lázaro, dentro del conjunto de las Islas del Poniente, que incluían las Marianas y otras islas de la región. Con tal nombre se quería honrar al que sería Felipe II, rey de las Españas. Y no era un método arbitrario, sino que respondía a una larga tradición de denominar lugares como recuerdo a grandes personalidades. Así, nuestras Zaragoza y Cáceres proceden del nombre romano en homenaje a César; y países como Colombia y Bolivia honran la memoria de Colón y de Bolívar. La realidad es que las Filipinas, desde que recibieron ese nombre, se llaman así, para dar sentido unitario a un conjunto de más de 7.000 islas. Y la verdad histórica es que, hasta el siglo XVI, no había unidad política, étnica, lingüística o religiosa que hubiera producido un nombre común. Es decir, el nombre surgió y se afianzó cuando empezó una nueva realidad a la que nombrar. Como bien recuerda el historiador y antropólogo filipino Fernando Nakpil Ziálcita en su libro «Authentic Though Not Exotic: Essays on Filipino Identity», fue la cultura española la que dio unidad a la tan diversa sociedad insular, la que creó la cultura civil filipina, es decir, la que contribuyó a la conformación de unas estructuras comunes organizadas que nunca antes habían existido, ya sean jurídicas, políticas o culturales.

La conciencia de los habitantes de las 7.000 islas de que formaban parte de una misma unidad fue el resultado de un sistema de gobierno común creado desde que Miguel López de Legazpi tomara posesión formal de las islas para la Corona española en 1565. Respondía a la idea de la Monarquía Católica de Carlos V, es decir, la concepción abierta de que sus territorios, por distantes que fueran, por diferentes que fueran, podían estar gobernados por unos mismos criterios inspirados en los valores cristianos y clásicos. Es muy importante resaltar que los nuevos gobernantes españoles respetaron los topónimos ya existentes en las islas, que siguen vivos hasta hoy. Valgan como ejemplo Cebú, Mindanao o Manila, ciudad fundada por el propio Legazpi. El nombre de Filipinas representaba, pues, la creación de una nueva entidad política en el siglo XVI, hasta entonces inexistente. Y ese nombre, unido a esa realidad, se mantuvo, por supuesto, por parte de los intelectuales y políticos filipinos del siglo XIX, como el gran escritor José Rizal o el primer presidente que proclamó la independencia, Emilio Aguinaldo. Y el mismo nombre lo mantuvieron los estadounidenses cuando tomaron las islas en 1898, e incluso los japoneses cuando las ocuparon en la Segunda Guerra Mundial.

Un coste demasiado elevado

Cuando, tras el enorme sufrimiento de sus habitantes, Filipinas accedió finalmente a la independencia, lo hizo con su nombre propio conocido y asumido, identificador de su propia conciencia como nación. Y, con ese nombre, Filipinas tuvo el orgullo de ser uno de los 51 países miembros originales de la Organización de las Naciones Unidas, en 1945. Ni siquiera dos ocupaciones extranjeras (estadounidense y japonesa) y una guerra mundial fueron motivo para cambiar el nombre del país. Antes bien al contrario, reafirmaron su sentimiento de filipinidad. Los nombres de lugares pueden cambiarse, pero el coste, insisto, es altísimo. Si el cambio de nombre de una calle ya resulta molesto para sus vecinos y polémico para la comunidad en general, no digamos lo que implica cambiar el nombre de un país. Porque su nombre no es propiedad de un presidente, un gobierno o un partido, sino que el nombre de un país es una propiedad colectiva de todo un pueblo que se ha ido conformando a lo largo de la historia y que, en el caso de los filipinos, ha constituido una nación de una fuerza e identidad extraordinaria.

* Rector de la Universidad Abat Oliba CEU y presidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico

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