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500 años del viaje de Elcano: Partieron hombres y regresaron fantasmas

El Museo Naval inaugura una exposición, que ayer visitó el Rey, y que pone en valor la hazaña de la circunnavegación

  • El regreso de Juan Sebastián de Elcano a Sevilla, Óleo de Elías Salaverría
    El regreso de Juan Sebastián de Elcano a Sevilla, Óleo de Elías Salaverría

Tiempo de lectura 8 min.

20 de septiembre de 2019. 22:09h

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Gema Pajares 19/9/2019

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Desde el título de la exposición los comisarios tenían clara la idea que deseaban transmitir: la de una hazaña de altura, como ayer comentaron durante la presentación, que reivindica a los protagonistas de la gesta, encabezados por Magallanes y Elcano, los dos marinos que hicieron historia, sin olvidar a todos aquellos que embarcaron y que se quedaron en el camino. Del portugués, a quien desoyeron en un país cuando expuso su deseo de viajar a las islas Molucas, en alguna ocasión incluso arrastrando literalmente a sus hombres –un líder terco capaz de contagiar su entusiasmo– al navegante Elcano, a quienes los marinos eligen para poner fin a la vuelta al mundo, un hombre que fue capaz de convertir una expedición comercial en una gesta y, al tiempo, dar por primera vez la vuelta al mundo. El viaje se inició el 10 de agosto de 1519 en Sevilla y zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre, una vez incorporada la tripulación y con todo el equipamiento y provisiones cargado. El 8 de septiembre de 1522 la nao «Victoria» llegó a Sevilla. Había concluido la vuelta al mundo. La primera.

La muestra parte de cómo se fraguó el viaje, cómo se desarrolló el mismo, se detiene en la muerte de Magallanes, en la toma del mando por Elcano y acaba en Sevilla, a donde llegó solamente una de las cinco embarcaciones, la «Victoria» –a la que se destaca en la muestra, con una reproducción a gran escala en la que se puede ver cómo era la embarcación en su interior y dónde alojaba el cargamento que llevaba, desde todo tipo de víveres hasta una vaca viva para poder abastecerse de leche fresca–, con 18 hombres de los cerca de 250 que habían embarcado. Las otra cuatro, «Trinidad», «San Antonio», «Concepción» y «Santiago», se quedaron por el camino en un viaje hacia lo desconocido en el que los tripulantes fueron capaces de enfrentarse a peligros y situaciones que habían sido impensables hasta el momento. Los marineros pusieron literalmente rumbo a lo desconocido y se enfrentaron a las fronteras del globo y a los confines de la tierra.

Una hazaña, mirada con los ojos de hoy, que cambió la manera de cartografiar, pues el mundo ya no volvería ser el mismo, obra de dos navegantes, portugués y español. Fuera rencillas. «Hemos tratado de mantener viva la memoria de dos marinos y de sus hazañas en la Historia», señaló el almirante Juan Rodríguez Garat, director del museo y uno de los artífices de esta muestra junto con los comisarios Enrique Martínez Ruiz, Susana García Ramírez y José María Moreno Martín. Entre las 89 piezas que se exhiben, algunas de ellas son tesoros, como el primer mapa que se dibujó tras la circunnavegación y que demostraba que el mundo ya no era el mismo, hasta un curioso busto de Carlos I joven, pasando por los instrumentos de navegación de la época, como el compás de mano, el cuadrante, el escandallo, la ampolleta y el astrolabio. En vitrinas pero accesibles con todo detalle a los ojos del públicos la llamada Carta de las y las Molucas, de Nuño García Toledo, fechada en 1522 y que procede de la Biblioteca Real de Turín, el primer mapa que se levanta con información procedente de la nao Victoria. O esa otra reliquia única fechada en 1873, la copia 4 de un mapa realizado en 1519 y perdida tras las Segunda Guerra Mundial. Se trata del que llevó consigo Magallanes para entrevistarse con el rey Carlos I y convencerle de su viaje a las islas de las especias tras la fallida entrevista del portugués con el vecino rey Manuel, que hizo caso omiso a la empresa de su compatriota. El rey le despidió de la corte lisboeta y le dio autorización para poder servir a otro monarca, lo que le despejó el camino para vender su proyecto al español. Más piezas únicas: la carta de Juan de la Cosa enseña ya en 1500 la imagen de un nuevo mundo, de ahí que cuando en 1519 partieron los navíos con rumbo a las Molucas al mando del portugués Fernando de Magallanes los límites terrestres ya estaban fijados hacia Oriente, hacia el Sur y hacia Poniente, donde América se descubría como una verdadera tierra de promisión. La larguísima travesía no estuvo exenta de peligros y percances de todo tipo. En el vídeo explicativo en el que se da voz a Elcano este asegura en un momento dado que «en el fin del mundo el miedo y la sed de gloria se funden y no es fácil saber dónde empieza uno y acaba el otro».

En los huesos

Se muestra también el impresionante cuadro de Elías Salaverría, tantas veces reproducido, que pinta el fin de la vuelta, con los marinos bajando de la «Victoria» con Elcano al frente, un puñado de hombres que en Sevilla vieron como una alucinación fantasmagórica, pues nadie los esperaba. «Después de miles de leguas viajadas nos miraron como a fantasmas», dice la voz del marino vasco en el vídeo que se proyecta en la carpa geodésica que se ha habilitado en el Museo Naval y que narra cómo fue la travesía. Embarcaron hombres recios, aventureros con la moral por las nubes, duros y rudos hombres de mar , y después de casi tres años regresaron a Sevilla un racimo de famélicos fantasmas, casi en los huesos, marinos que habían visto con sus ojos animales, plantas, árboles y tierras que jamás pensaron que pudieran existir. Antonio Pigafetta, que llevó un diario en el que anotó, con mayor o menor alarde imaginativo, todo lo que en aquellos días aconteció, definía a los pingüinos (era la primera vez que unos europeos se enfrentaban a la visión de un ave) como «gansos con pico de cuervo y sin patas». Un Pigafetta que jamás, en una sola de sus anotaciones, mencionó a Juan Sebastián Elcano.

El visitante podrá sumergirse literalmente en lo que fue ron las preparaciones y el viaje a través de paneles que presentan imágenes en movimiento, lo que hoy se llama una exposición inmersiva. Toneles, gruesas cuerdas, sacos repletos de especias, clavo, entre ellas, una de las más apreciadas y por las que valía la pena poner rumbo hacia mundos ignotos.

Son 1.100 metros cuadrados que recogen las piezas que proceden de 23 instituciones tanto españolas como extranjeras. La puesta en escena es también importante, pues los colores van dando medida de lo que supuso el viaje, incluso con un guiño al rojo y al amarillo, los dos de la enseña. Una obra de Ferrer Dalmau, el pintor de batallas, tiene su lugar también en esta muestra, con un inmenso lienzo de dos metros que refleja con enorme luz la despedida, una fotografía para demostrar que dimos la vuelta al mundo».

La victoria de la nao «Victoria»

Un total de 1.125 días tardó la expedición en dar la vuelta al mundo desde que salió de Sevilla el 10 de agosto de 1519 hasta que volvió a esta ciudad el 8 de septiembre de 1522. Serían 1.082 días si se tiene en cuenta la salida el 20 de septiembre de 1519 desde Sanlúcar de Barrameda hasta esa misma localidad el 8 de septiembre de 1522. En esa interminable travesía se enfrentaron a infinidad de contratiempos. De hecho, de las cinco naves que partieron solamente una, la «Victoria», llegó a puerto, fue la única que dio la vuelta al mundo. Las otras cuatro se perdieron por el camino. La «Santiago» naufragó en la desembocadura del Río de la Plata, en Argentina, y la «San Antonio» desertó en la Patagonia poco después. La nao «Concepción» fue quemada en Filipinas porque no tenían tripulación suficiente y la «Trinidad» se hundió en Molucas. La exposición exhibe una reproducción del navío (en la imagen) que parece imposible que no naufragara tras casi tres años embarcado y después de hacer frente a todo tipo de peligros. El cargamento que alojaba, con vaca incluida para abastecer de leche a los marineros, se componía de todo tipo de alimentos..., pero no para una estancia de más de mil días en el mar. De ahí que los tripulantes, ante la falta de alimentos, sufrieran todo tipo de penurias y enfermedades, acabaran por comer ratas (que se vendían muy caras) o incluso el cuero que forraba las cuerdas de las velas. Cualquier cosa valía para no desfallecer.

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