The Rolling Stones
The Rolling Stones FOTO: Aubrey Powell

«Tattoo You», retales de oro para los Rolling

La nueva edición del disco recuerda el paradójico momento de una banda seca que, sin embargo, convertía en oro todo lo que sacaba

Para comienzos de la década de los 80, los Rolling Stones eran la banda más poderosa del planeta, pero también la menos inspirada. Simplemente, se habían secado. «Emotional Rescue» ya había expuesto a las claras que algo pasaba. O varias cosas. Por una parte, Keith Richards pasaba más tiempo en clínicas de desintoxicación que escribiendo canciones y Mick Jagger se sentía con el derecho de acaparar todo el poder en la banda sin que nadie le dijera qué era bueno y qué malo. Pero los Rolling Stones eran un monstruo que no podía quedarse parado. Fue el momento de afrontar la realidad de sacar un disco sin canciones. Concretamente, «Tattoo You». El resultado: su primer número uno conjunto en Inglaterra y Estados Unidos en largos años. Una fastuosa caja de cinco álbumes recuerda lo que son los Rolling Stones: un grupo que no tiene empacho alguno en publicar retales de retales. Como dijo aquel: «Es el mercado, amigo».

«Some girls», de 1978, había marcado una cumbre en los Rolling. Un disco absolutamente vibrante y lleno de inspiración. Tanto en la composición como en la interpretación. Para entonces, la banda tenía ya todo el control de su producción, ventas y giras. Eran una máquina de ganar dinero. Vendían al por mayor y ya habían dado el fatídico salto de los pabellones a los estadios. Estaban en la cresta de la ola, pero eso significaba también estar al día en entregas, y no todos estaban en condiciones de hacerlo.

Kimsey, un improbable héroe

La terrible deriva de Richards con la heroína le llevó a darse cuenta finalmente de que necesitaba desintoxicarse de verdad y parecía ya aplicado en la tarea mientras Ron Wood tomaba su relevo. Jagger manejaba casi por completo el mando de la nave y ya se había visto cuál era el efecto en el enclenque «Emotional Rescue». Y un año después llegó el momento de enfrentarse a la clásica fórmula de disco y gira. En su estilo, miraron primero los dólares y firmaron una tremenda antes de tener siquiera temas para el álbum. Sería un tour mundial por estadios con dos millones de fans en los asientos y 50 millones de dólares en el banco. Tres escenarios, flotas de camiones, vuelos privados, camisetas, hebillas y hasta la primera colonia Stone. Pero todavía seguía faltando el disco…

Al rescate salió un improbable héroe a quien los Stones, de nuevo fieles a sí mismos, no le dieron ni un espacio en los créditos. Su nombre, Chris Kimsey, de profesión, ingeniero. Durante muchos años se había encargado de grabar y ordenar todo lo que la banda hacía en estudio. Y le sugirió a Jagger: «¿Por qué no rescatar todo ese material para grabar nuevas tomas?». Los ojos del cantante se iluminaron antes de reflejar el símbolo de los dólares. Con Richards fuera de cualquier toma de decisiones por propia incapacidad, Jagger asumió el control del álbum. Desde la elección de canciones hasta cómo barnizarlas. Y utilizar esos retales tampoco exigiría un gran compromiso del debilitado Richards y del yonqui Wood. Por descontado, el compromiso y eficiencia de Charlie Watts y Bill Wyman estaban fuera de duda.

Eran grabaciones de toda una década, la más gloriosa de los Rolling. Había incluso cosas registradas diez años antes en Jamaica. Otras eran de las sesiones de discos menores, como «Goat’s Head Soup» o «Black and Blue». Y también se añadieron descartes de sesiones realizadas en París entre 1977 y 1979. Kimsey hizo la selección de lo más decente que había y le dio las cintas a Jagger. A partir de entonces, «Tattoo You» pasó a ser un proyecto casi exclusivamente suyo, mientras Richards se metía glóbulos rojos en el cuerpo, Wood dormía la mona, Watts escuchaba jazz y Wyman insistía en poner a prueba su reconocida virilidad noche tras noche.

Jagger tomaría muchas decisiones afortunadas para que aquel batiburrillo se convirtiera en algo parecido a un disco. Y la primera de todas sería darse cuenta de que tenía un himno. Se llamaba «Start me up», provenía de las sesiones de «Some girls» e inicialmente era un reggae. Kimsey tuvo la habilidad de identificar la única toma tocada como una pieza de rock and roll y Jagger hizo el resto grabando nueva voz y potenciando los riffs. El resto quedó para la tremenda batería de Watts y el originalísimo bajo de Wyman. «Hangfire», también de las sesiones de «Some girls», era otro tema excelente. Igual que «Neighbours», que cerraba la vigorosa cara A del vinilo.

Un millón de copias

Hubo otra afortunada decisión de Jagger: dejar para la segunda cara del disco todas las baladas y temas lentos. El paso de los años había confirmado que Richards y Jagger no solo sabían componer piezas abrasivas de rock and roll, sino que también podían sonar extremadamente delicados y sensibles. «As tears go by» fue un pretérito ejemplo y luego llegaron otras muchas maravillas: «She smiled sweetly», «Wild horses», «Angie», «Winter», «Memory Motel»… En este caso, la joya de la corona fue «Waiting for a friend», cuyo primer esbozo ya había sido ejecutado por Richards en el ya lejano 1972. Lo que había comenzado como una especie de cha-cha-chá libidinoso aquí quedó transformado en una deliciosa canción de abandono subrayada por el fabuloso saxofón de Sonny Rollins, quien probablemente ganó más dinero en unos pocos minutos de estudio que en el centenar de actuaciones que daría ese año con su pequeño grupo de jazz.

El público estaba ávido de material nuevo de su banda favorita y no notó que aquel disco fuera una colección de retales maquillada en un estudio gracias a la habilidad de los ingenieros, el trabajo de Jagger y la visión del ingeniero Kimsey. «Start me up» era todo un trallazo que no paraba de sonar mientras las parejas se derretían con «Waiting for a friend». «Tattoo you» vendió un millón de copias y garantizó una respuesta masiva durante la inminente gira, que consagraría a los Rolling Stones como los reyes del rock and roll en estadios. Ya nunca volverían a actuar en recintos más pequeños salvo en ocasiones señaladas. Era un circo de tres pistas y olor a pólvora quemada. El nuevo rock and roll. Un tatuaje donde antes había carne.

Aquel mítico concierto de Madrid
Ocurrió el 7 de julio de 1982 en el Vicente Calderón. Los Rolling Stones llegaron para ofrecer un show que los presentes mitifican y los ausentes relativizan. Vino precedido por una gigantesca tormenta que contribuyó a generar un clima diferente y eléctrico. Era una audiencia encendida en tiempos en los que el rock and roll era un signo de liberación y rebeldía. Nunca antes un concierto había reunido a tantos seguidores en España. Más de mil policías cuidaban de la seguridad en previsión de «gravísimos» altercados de una banda con mala fama. Las lipotimias se sucedían y una manguera regaba las primeras filas. Con Jagger chapoteando sobre el escenario, la banda se arrancó con «Under my thumb» y el resto es historia. Nadie sabía cómo viajaban los Stones. Jagger por un lado y el resto por el otro. Cláusulas antidrogas. Richards esnifando a escondidas la cocaína que le llegaba camuflada en las turbinas de un avión privado. Una lista de sustitutos por si Ron Wood se quedaba seco de algún pinchazo inoportuno. Wyman riéndose de Jagger cada vez que éste se subía a una grúa que le proyectaba por encima de banda y público. El cantante con una cláusula en la que se le permitía salir del escenario mientras Richards hacía su parte en solitario. Pero el espectáculo siempre debía continuar. Igual antes que ahora.