Teatro

Jorge Javier Vázquez: «La izquierda tiene más prejuicios con los programas del corazón»

Las noches en el Teatro Reina Victoria sirven para que aparque al animal televisivo no exento de polémica y abrace a la reflexión estoica de Séneca y a la comedia

Jorge Javier Vázquez llega a la Carrera de San Jerónimo, al Reina Victoria, con su tercer espectáculo teatral
Jorge Javier Vázquez llega a la Carrera de San Jerónimo, al Reina Victoria, con su tercer espectáculo teatral FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

Jorge Javier Vázquez es un animal televisivo. De eso no hay dudas. Pocos se mueven como él en el «chow». Sin embargo, se ha ido haciendo a poquitos con otro tipo de escenario, a priori, «más concienzudo», el de los teatros. Ya va por su tercera pieza: «Desmontando a Séneca» (en el Reina Victoria), donde mezcla las reflexiones del filósofo con sus propias vivencias.

−¿Ha sido un parto largo?

−Bueno... Empezamos en diciembre de 2019.

−Y ha cambiado la cosa un poco desde entonces.

−Ya ves. Cancelamos y llegamos a Madrid dos años después.

−Según la teoría, lo que no mata nos hace más fuertes.

−La función, desde luego, lo del resto ya lo dejamos...

−¿Por qué Séneca?

−Surgió en un momento en el que tuve que cancelar «Grandes éxitos» por el ictus. Le dije a Juan Carlos Rubio, mi director de cabecera, que quería volver al teatro, y me respondió que, como somos de la misma generación, debíamos empezar a preguntarnos lo que todo ser humano se cuestiona en la vida. Me pareció un peñazo: venía de un musical y meterme en un monólogo sobre la brevedad de la vida... Pero tuvo razón. Al final, ha quedado una comedia divertida que me ayuda a seguir adelante.

−¿En qué le ayuda?

−A desdramatizar la existencia. Me ha reafirmado en que estamos de paso en esta vida. Salía del ictus, que, por suerte, fui un afortunado y no he tenido ninguna secuela. Me he dado cuenta de que soy de los que pierde el tiempo imaginando otra vida. Hablamos mucho de manejar el futuro y el futuro no existe. Puede saltar todo por los aires en un momento.

−¿Fue el ictus su mayor punto de inflexión?

−Fue importante. Se juntó todo: ictus, texto y pandemia.

−¿Se sintió vulnerable?

−He aprendido a pensar más en positivo. Me desmayé en una discoteca y recuperé el conocimiento como si nada. No llegué a vivir la angustia. No tuve miedo a la muerte. En cualquier momento nos puede pasar algo. Hay que relativizar. Es verdad que luego sí llegó una depresión por el estrés postraumático. Luego, aprendes a llevar todo esto con la edad. Suena pretencioso estar de acuerdo con Séneca, pero tiene razón en que la vida no está bien ideada. Nos obliga a tomar decisiones importantes siendo muy jóvenes.

−¿Se equivocó de adolescente?

−Tenía muy claro que quería ser periodista, pero mi padre me dijo que no tenía futuro, así que hice Filología Hispánica, que tenía mucho futuro [risas]...

−Pero la cabra tiró al monte...

−Es que la vida no se puede idear.

−¿La gente sabe quién es Séneca o solo es «un señor antiguo»?

−Es así. Todos sabemos quién es, pero nadie conoce cuáles son sus teorías. Yo tampoco era un experto, y en la función aprendes qué es el estoicismo y un montón de cosas más. Los clásicos son clásicos por algo: te dan la respuestas. Ya se hicieron ellos las mismas cuestiones y tienen la contestación.

−Séneca le dedicó este libro a su cuñado...

−Sí, a Paulino. Fíjate la actualidad, que hasta hablaba de los cuñados. Seguro que tenía un término para el «cuñadismo».

−¿La vida es corta?

−Séneca dice que no es así, que el tiempo no es escaso, sino que lo perdemos mucho.

−¿Y usted siente que ha malgastado la vida?

−[Piensa] No sabría decir... Sí he perdido mucho tiempo con gente que no vale la pena. En la obra digo: «A vivir hay que estar aprendiendo toda la vida».

−¿«De la brevedad de la vida», de Séneca, es un manual de autoayuda? ¿Y su obra?

−No, no. Detesto los manuales de autoayuda. Hay tanta porquería...

−Pues se venden como churros...

−Son muy suaves, como algodones de azúcar. Séneca te dice verdades como puños y te deja noqueado.

−¿Y esto es una biografía suya?

−Se entremezclan episodios personales con otras reflexiones.

−¿Es un desahogo?

−Me sirve para ponerme a punto mentalmente. Es una terapia continua para ordenarme.

−¿La televisión es otra forma de hacer teatro?

−Me ha ayudado para subirme al escenario. Son lenguajes muy distintos, pero es verdad que llevo toda la semana supernervioso por la llegada a Madrid.

−Dicen que no hay que perder los nervios nunca.

−Ni el miedo, que no lo veo malo, nos ayuda.

−¿Qué es la vida?

−¡Ostras! Creo que la gracia es que todavía no la he descubierto. Aunque a veces me cuesta mantener la curiosidad.

−Eso es que ya ha visto demasiadas cosas.

−No, no me gusta estar de vuelta de todo. Me gusta sorprenderme.

−¿Le ha ayudado la serenidad del estoicismo en plató?

−[Risas] Creo que sí. Me cojo unos prontos en los que si no hubiera estado Séneca hubieran sido peor. Hago muchos ejercicios de tranquilidad. Luego hay circunstancias que te trastocan y eso también está bien. Sería un coñazo, un horror, tener todo controlado.

−¿Qué hace para divertirse?

−Viajar. Desconecto. Pero la pandemia me ha puesto muy perezoso en este aspecto y ahora tengo que luchar contra ello.

−¿Cambiaría su éxito televisivo por el teatral?

−Le debo todo a la televisión. Irme sería como despedirme de un amor. Me parecería injusto. Me quedo como estoy. Nunca pensé que pudiera hacer teatro y esta es la tercera pieza.

−No se ha cortado a la hora de apoyar políticamente a quien ha considerado. Dijo, incluso, que el suyo, era un programa de «rojos y maricones». ¿Se arrepiente o le gusta la idea de ser un altavoz político?

−Fueron cosas del fragor de la batalla. Me explique mal: quería decir que el programa estaba hecho por rojos y maricones. Me hizo gracia esa salida de tono. No me arrepiento, aunque no me gusta utilizar el programa así. Procuro no hablar de política en «Sálvame», o que sea lo menos posible. La gente que conecta con «Sálvame» no quiere que le estén martilleando con la política. Y, sobre todo, porque me parece que se nos ha tendido una trampa desde el mundo de la política para azuzar, incitar, a la división. Y no quiero participar en eso.

−¿Entonces, no volvería a coger el teléfono a Pedro Sánchez?

−Sí, respondería a todo el mundo. Bueno, a todos no...

−¿El corazón es de derechas o de izquierdas?

−La izquierda tiene más prejuicios a la hora de disfrutar con este tipo de entretenimiento, como un placer culpable. Pero me he encontrado con mucha gente que jamás diría que ve el programa y se lo sabe de pe a pa: actores y directores con premios Goya, por ejemplo.

−¿Sería ministro?

−Nunca. No estoy capacitado. Y, en el supuesto de aceptar, no podría con eso de estar siempre examinado y hablando de mis pintores y músicos favoritos.

−¿Rosa o amarillo?

−¿Amarillo... independentismo? ¡Rosa siempre! Y cada vez más.

−¿Ha apagado la televisión alguna vez por pudor?

−Muchas veces. Me pongo «First Dates» y lo quito porque me da apuro la forma de ligar de la gente. Me veo reflejado.

−¿Ha llegado a detestar a algún personaje?

−Si, claro.

−¿Dentro de su programa?

−Claro, pero aprendes, como los actores, a defender a los personajes aunque sean terribles. Estoy empezando a controlar mis sentimientos.

−¿Le molestó que una compañera, Paz Padilla, se mojara contra las vacunas?

−No sé que decirte... A diferencia suya, yo sí pienso que las vacunas sirven, y mucho. Gracias a ellas podemos estar ahora más tranquilos. Me voy a poner todas las dosis que me digan. Benditas vacunas.

−¿Se puede explicar un país a través de su crónica social o es un mero entretenimiento?

−Por supuesto que sí. Siempre que se haga con el nivel de Carmen Rigalt. Sus crónicas son auténticos frescos de nuestro país.