La realidad anormal de Rafa Nadal, por Gonzalo Miró

El cielo es azul, el agua moja y Rafa Nadal es campeón de Roland Garros. El manacorense lo ha vuelto a hacer ante Novak Djokovic. Frente al rival que más complicado podía parecer, el campeón español pasó el rodillo de la pista central de París sin ceder un solo set en todo el torneo. Mas allá de los apabullantes números que le convierten sin lugar a dudas en el mejor deportista español de la Historia, Rafa es tan grandioso por su palmarés como por su comportamiento dentro y fuera de la pista. Reúne los valores del deporte que deberían enseñar en las escuelas. No sólo pone en valor a sus rivales después de lograr la victoria, recuerda a los patrocinadores pertinentes o se esfuerza en reconocer el valor de todos los empleados del torneo que disputa en el idioma que corresponda.

Es un campeón también en la derrota y es que es casi imposible recordar un reproche del español en cualquier circunstancia ya sea dentro o fuera del mundo del tenis. En una época donde cada día está repleto de malas, malísimas noticias, Nadal es capaz de conseguir evadirnos del drama e ilusionarnos como el primer día que saltó a la pista desde hace ya 3 lustros. Sí porque el primer título en París llegó en 2005. Su fuerza mental para mantener semejante nivel extendido en el tiempo es sobrehumana, pero tiene el riesgo de asumir erróneamente, que ganar un Grand Slam es fácil y, sólo con el tiempo, entenderemos que lo que hace, que lo que lleva haciendo tantísimo tiempo, es absolutamente excepcional.