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El buen desobediente

  • El buen desobediente

Tiempo de lectura 2 min.

15 de febrero de 2018. 03:41h

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José Aguado 15/2/2018

Los jugadores posaban antes del encuentro mientras sonaba el himno de la Champions y en el fondo sur una gran pancarta lo ocupaba todo. En el centro de ella, una imagen, un dibujo de Rafa Nadal, con su gesto característico. Mientras los demás futbolistas miraban al frente, como se hace habitualmente, Marcelo miraba hacia ese fondo, como contagiándose, como llenándose de espíritu madridista, dispuesto a luchar hasta el final, dispuesto a hacerle la vida imposible al PSG

Aunque no era un partido sencillo para los hombres de banda del Real Madrid, Nacho, en una posición que no es la suya, tuvo que vérselas con el vértigo de Neymar y en contadas ocasiones se fue arriba, pero no era su papel. En el otro lado, Marcelo sabía que le tocaba bailar con Mbappé, su potencia y sus ganas de demostrar en el Bernabéu los motivos de su precio y del interés blanco por ficharle el pasado verano. Fue una jugada suya la que empezó el tanto del PSG.

Pero Marcelo no dudó. Es la Champions, es el Bernabéu, es su territorio. «Ha hecho un buen partido, es cierto», explicaba después Zidane. «Le hemos visto muy bien defendiendo y también ha atacado muy bien. Nuestra idea era quedarnos con Nacho a la derecha y Marcelo quedándose un poco más arriba. Pero él ha hecho más de lo previsto al irse tanto al ataque», continuaba el entrenador francés. Quería Zidane un equipo precavido, con los cuatro centrocampistas y los dos laterales más contenidos para evitar las carreras del rival, No es posible, sin embargo, domar al brasileño.

Uno de los momentos más tensos del partido para el madridismo ocurrió al principio, en un choque entre Marcelo y Alves, tras el que el madridista se quedó tirado en el suelo, con gestos de dolor y todo el estadio temió lo peor. Pero se recuperó, porque tenía que protagonizar su partido. Aliado con Asensio al final, fabricaron los dos goles que daban ventaja al Madrid. El tercero lo marcó él, además, y se fue corriendo a celebrarlo con Zidane, que le abrazó como al hijo pillo, el desobediente que tan feliz te hace.

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