Fútbol

Sin Semana Santa, sin Feria... con Eurocopa

Sevilla, después de la renuncia de Bilbao, acogerá a la España de Luis Enrique en la fase final de un gran campeonato. El idilio entre la capital andaluza y la selección comenzó hace casi un siglo

La afición española acudirá al estadio de La Cartuja
La afición española acudirá al estadio de La Cartuja

Una revancha. Casi cuarenta veranos después del Mundial de Naranjito y su insoportable carga de frustración, Sevilla acogerá por fin al equipo nacional en la fase final de una gran competición. Mediado 1981, nadie dudaba de que la capital andaluza sería la sede del grupo de la Selección… excepto quienes estaban más avisados políticamente. El referéndum andaluz de autonomía (28-II-80) había enterrado a la UCD y pegado el primer clarinazo de la conquista del país por el PSOE de los sevillanos Felipe González y Alfonso Guerra, una afrenta que el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo no estaba dispuesto a dejar pasar. La elegida sería Valencia y el fracaso, quizá por eso o quizá no, fue morrocotudo. Ningún sevillano se alegró de aquello, claro que no, pero béticos y sevillistas coincidieron por una vez para presumir de lo bien que se lo pasaron en aquel caluroso estío con los tres partidos de la formidable Brasil de Zico y Falcao o con la titánica semifinal Francia-Alemania. Ninguna de las tres salió campeona, pero dejaron un recuerdo imborrable. Otros salieron en la foto de la decepción.

Las cifras hablaban por sí mismas... y han continuado hablando. El porcentaje de victorias de España en Sevilla es del 81 por ciento, pues la Selección ha jugado 48 veces en tierras hispalenses con un saldo de 39 triunfos, cinco empates y cuatro derrotas. El equipo nacional se mantuvo invicto en la capital andaluza entre 1923 y 1991, veintisiete partidos hasta que el Día de Hispanidad de 1991, un año antes de la clausura de la Exposición Universal que transformó la ciudad, Francia derrotó por 1-2 al combinado dirigido por Vicente Miera en el Benito Villamarín. Luis Fernández, gaditano nacido en Tarifa y futuro entrenador del Real Betis, fue uno de los goleadores «bleus» aquella infausta noche. Sólo Madrid, con 70 encuentros, ha albergado más partidos de España, que tiene a Andalucía (78 encuentros) como su casa más recurrente: Málaga, Granada, Cádiz, Huelva, La Línea y Jerez también han visto partidos de la selección.

La historia futbolera de España y Sevilla comenzó en el lejano 1923 con un amistoso ganado a Portugal (3-0) en el estadio Reina Victoria, aunque el idilio real data de los cuartos de final de la Eurocopa de 1964, con un 5-1 a Irlanda que propulsó a la Selección hacia su primer título oficial.

En vísperas del Mundial 82, los sevillanos blasonaban de talismanes sobre todo por su apoyo en el partido decisivo para la clasificación para la Copa del Mundo del 78, ante Yugoslavia, cuando el Sánchez-Pizjuán en combustión empujó para que un heraldo de la Furia como Pirri marcase el único gol del encuentro en el minuto 86 para tumbar a los plavi.

El siguiente gran éxito de la selección, el subcampeonato en Francia 84, se gestó en el Benito Villamarín con aquel mítico 12-1 a Malta sin el cual jamás habría llegado al Parque de los Príncipes.

Miguel Muñoz hizo de Sevilla la sede fija para los partidos oficiales de España en 1983, condición que mantuvo hasta mediados de los noventa, cuando Javier Clemente revocó la orden pese al pequeño milagro de noviembre del 93, una victoria sobre Dinamarca, con gol de Hierro, en el partido clave para el Mundial de Estados Unidos lograda en inferioridad numérica desde la primera mitad por expulsión de Zubizarreta.

La selección se convirtió en una superpotencia lejos del público sevillano, cierto, pero la próxima semifinal que va a jugar, la de la Liga de Naciones, la disputará gracias al 6-0 que le endosó a Alemania en un desierto estadio de La Cartuja en noviembre. ¿Casualidad o embrujo? Lo cierto es que ahora pintan bastos y, tras la defección de Bilbao, los rectores federativos han usado el comodín de la vieja Hispalis para intentar reconciliar al engendro de Luis Enrique con la afición.

Nunca tuvo nada que ver, sin embargo, el pelaje del público que anima a España en el Sánchez-Pizjuán o el Villamarín con los sevillistas y béticos que acuden cada dos semanas a sus respectivos estadios. Casi ochenta mil abonados suman los dos vecinos, más de una décima parte de la población de la ciudad –como si Real Madrid y Atlético reuniesen a 320.000 socios…–, que, tradicionalmente, «presta» sus asientos a unos espectadores más jóvenes y festivos cuando juega la selección: una chavalería de cara pintada e incondicionalidad a prueba de pestiños que nada tiene que ver con los exigentes aficionados que escrutan con rigor maestrante a los suyos en los partidos de Liga.

El mundo ha cambiado y no sólo por la pandemia. Sevilla ya no es esa ciudad provinciana ensimismada con sus fiestas primaverales, sino una marca turística global que contabiliza en euros de vellón cada uno de los visitantes extranjeros que recibe. Y sí, está guay animar a España desde la grada, pero estaría mucho mejor servir de sede durante diez días a una selección foránea con amplio séquito de hinchas que calmasen su sed aquí para alivio de nuestros atribulados hosteleros. Bares, qué lugares… Vendrán algunos centenares de suecos desde la Costa del Sol o el Algarve, de acuerdo, y con suerte gozaremos de un cartel interesante en el octavo de final del primer fin de semana del día 27. Sin embargo, Polonia y Eslovaquia nunca se distinguieron por sus aficiones masivas, así que el impacto económico de la Eurocopa será decepcionante para Andalucía, cuyo presidente autonómico ha prometido vacunar a cuanto ciudadano de la Unión Europea –los tres rivales de España son países miembros– pernocte aquí en los próximos meses. Todo sea por revitalizar la economía a golpe de turista.

Para colmo, la política de precios de la UEFA es abusiva como draconianos resultan los requisitos sanitarios para los espectadores que pretendan acudir a los partidos. Es necesaria, por consiguiente, una dosis de fe enorme para ir a animar a España, ¡a esta España!, a La Cartuja (a las seis de la tarde, ojo, con cuarenta grados a la sombra) e imprescindible un bolsillo saneado porque la broma, entre la localidad y la PCR obligatoria, excederá con mucho los doscientos euros por cabeza.

Corren tiempos extraños en los que el amor a la patria se mide en dinero contante y sonante, por muy Ciudad de la Gracia que se pretenda ser y por acreditada que sea la condición de palmeros de sus habitantes. La Sevilla de hoy no tiene el coño para farolillos, valga en toda su ordinariez la expresión castiza para describir el humor de una población que se divierte en su Semana Santa y su Feria, sí, pero que también trabaja y come gracias a ellas. Y a falta de los dos grandes eventos de la primavera hispalense nunca viene mal una Eurocopa.