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Casado se queda al mando

El partido se enfrenta a una crisis estratégica, pero se diluye la amenaza de una rebelión interna con la presión de un congreso extraordinario.

  • El presidente del PP, Pablo Casado, acudió ayer a votar con su mujer. Horas después respiraba tranquilo Foto: Alberto R. Roldán
    El presidente del PP, Pablo Casado, acudió ayer a votar con su mujer. Horas después respiraba tranquilo Foto: Alberto R. Roldán

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28 de mayo de 2019. 11:55h

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Carmen Morodo 27/5/2019

El PP está en una coyuntura complicada. Pero le ayuda que los damnificados de estas elecciones hayan sido Ciudadanos y Vox. Los resultados de anoche diluyen el debate sobre lo que puede resistir la dirección nacional, sobre si hay o no un congreso extraordinario a medio plazo, o si Alberto Núñez Feijóo revisa su decisión de no dar el salto a Madrid. El que sigue siendo el principal partido de la oposición se enfrenta a una crisis existencial, pero Pablo Casado gana tiempo y oxígeno para dirigir el proceso.

El «golpe» de las elecciones autonómicas y municipales de 2015 ya fue muy grande, pero el PP consiguió aguantarlo bajo la fortaleza del «aparato» orgánico que llevaba años trabajando al servicio de Mariano Rajoy. La situación actual no tiene nada que ver con aquélla. El PP es un partido de gobierno, con una estructura territorial que necesita ejercer el poder. Y en un espacio de tiempo muy corto ha perdido de manera traumática sus referencias orgánicas y algunas de sus principales referencias institucionales.

El resultado de anoche deja al PP encima del alambre, pero en condiciones de poder seguir dando la batalla. Génova va a intentar resistir y tiene argumentos para ello. Desde alegar el poco tiempo que lleva al mando del partido hasta señalar como pruebas exculpatorias los hechos recibidos del pasado. La «herencia» de Rajoy. Un partido desgastado en su marca por la corrupción, fracturado internamente por la «guerra» entre María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, y abandonado territorialmente. Casado recibió un partido que necesitaba ser renovado de arriba a abajo, pero sin banquillo para hacerlo.

Casado hizo lo que habría hecho cualquier dirección nacional de un partido al enfrentarse a un examen electoral extremadamente complejo. Confeccionó unas listas a su medida e intentó también, dentro de lo posible, controlar las candidaturas autonómicas y municipales. El viento sopla ahora para ellos en la misma dirección que lo hizo en 2015 para el PSOE. Sin ser la fuerza más votada, puede recuperar poder con el acuerdo con Ciudadanos y Vox. En Andalucía, el pacto que ha llevado a Juan Manuel Moreno al frente de la Junta, lleva al partido cuatro puntos por encima de la media nacional en las municipales, y dos puntos por encima de la media nacional en las europeas. Con una subida de diez puntos cono respecto a los resultados del 28-A.

Antes de las elecciones Génova ya advirtió de que estas autonómicas, municipales y europeas no eran una segunda vuelta para Casado y que en ningún caso presentaría su dimisión, fuesen cuales fuesen los resultados. En el partido, sin embargo, entendían que la estabilidad de la dirección elegida en el Congreso del pasado mes de julio estaba sometida principalmente al resultado en Madrid, sobre todo en la Comunidad. Porque es una plaza simbólica que el PP consiguió retener en la embestida de 2015 y, además, por su apuesta tan personal en las candidaturas tanto al Ayuntamiento como al Gobierno regional. Madrid ha sido la salvación de Casado.

El mandato de Casado es para cuatro años, y a su favor juega también que no hay ninguna alternativa, al menos visible, con escaño en el Congreso de los Diputados. Después de este domingo el PP se enfrenta sin duda a un grave reto estratégico, pero también Génova puede sostener que de verdad comienza la «nueva era Casado».

Una etapa en la que deben ir hacia una revisión de su posición en un contexto político en el que el pulso con Cs no es circunstancial. Hoy el Comité Ejecutivo cerrará filas con Casado. Y en esa reunión estará el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, al que miran en el partido desde las generales y después de sus toques de atención.

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