El “frío” fortín monclovita

Pedro Sánchez vive encerrado en su fortaleza mientras exige a sus fieles que se inmolen por él. “Salvar vidas está muy por delante de salvarle políticamente”, ha dicho uno de sus barones

El plan de desescalada corre el riesgo de convertirse en la vía de agua definitiva de un Gobierno que se hunde. Para tutelar de cerca todo el proceso, Pedro Sánchez necesita sucesivas prórrogas del estado de alarma. Pero cada vez está más solo dentro y fuera del Congreso. Además, las fuerzas políticas sienten que la legislatura se escapa por el sumidero. Así que los márgenes de maniobra del presidente se van, claro, empequeñeciendo.

La transición hacia la “nueva normalidad” arroja más incógnitas que certezas. Sánchez y sus fieles se han encerrado tras los muros de La Moncloa y han perdido la perspectiva de la cruda realidad. Están fuera de juego. Ni siquiera perciben que la gente corriente los ve cada día más antipáticos y cargados de gestos y léxicos oficiales insensibles con el sufrimiento de la calle. A tanto ha llegado el Gobierno, que se le ha hecho cuesta arriba honrar a las víctimas y compartir el dolor de los familiares.

Los ministros están subidos en un pedestal que les aleja del contexto que se está viviendo. Basta ver cómo responde la vicepresidenta de Transición Ecológica, Teresa Ribera -la sensibilidad jamás ha sido su fuerte, ni siquiera con su propio equipo-, a la lógica angustia de los hosteleros: un secante “el que no se sienta cómodo, que no abra”. ¿Es posible mayor falta de empatía en un momento tan dramático en los hogares españoles?

Otro vicepresidente, en este caso el de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, y desde la tribuna de oradores de la Cámara Baja, se permite ejercer de piquete de extrema izquierda para tildar de “inmundicia” a Vox y amenazar con lenguaje guerra-civilista exterminar a la tercera fuerza política del país. Un miembro del Gobierno jamás debe vestirse de matón de tugurio, más como burda estrategia para sacudir su responsabilidad en la gestión de las residencias de mayores, donde han fallecido más de 15.000 ancianos. Drama inhumano.

Este Gobierno, hoy ya seriamente dañado, creyó firmemente que sería capaz de “abolir” el eco de los acontecimientos que suceden más allá de los muros del recinto presidencial. Su estrategia, según se ha visto, era hacerlo a golpe de prórrogas del estado de alarma. Creía que todo era posible mediante simples órdenes ministeriales, casi todas excesivamente cargadas de talante autoritario. Actitud injustificable en una democracia plena como la española. Pero pronto se ha estrellado con la situación. La magnitud de la crisis del coronavirus ha dejado al gabinete de Sánchez sin suelo por el que caminar. En siete semanas las cosas son completamente distintas.

Fijémonos si no en cómo ha explotado Javier Lambán, harto del “ordeno y mando”. El barón socialista no soporta los “diálogos de sordos” ni verse semana tras semana ante una política de hechos consumados, sin que desde el Gobierno se atienda a ninguna de las peticiones y con un mando único que impone sin acordar nada. “Salvar vidas está muy por delante de salvar políticamente a Sánchez”, ha dicho. Otros presidentes regionales, y no sólo del PP, piensan lo mismo que el aragonés.

Quien siembra vientos, recoge tempestades. Eso, precisamente, le está ocurriendo al Consejo de Ministros. Muchos empiezan a darle la espalda. La máxima de “todos detrás del líder” palidece en el PSOE. Pedro Sánchez vive encerrado en su fortaleza mientras exige a sus fieles que se inmolen por él. Sin embargo cada día confían menos en el acierto de sus decisiones. “¡No podemos permitirnos errar en la desescalada!”, repite el presidente. Pero entre sus colaboradores el escenario produce escalofríos.