Opinión

Ciudadanos, ni abrazos ni votos

La presidenta de Ciudadanos, Ines Arrimadas (c), acompañada por el diputado y portavoz Nacho Martin Blanco (i) y por la concejal y portavoz de ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona, Mari Luz Guilarte
La presidenta de Ciudadanos, Ines Arrimadas (c), acompañada por el diputado y portavoz Nacho Martin Blanco (i) y por la concejal y portavoz de ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona, Mari Luz GuilarteEnric FontcubertaEFE

Cuando un partido ventea muerte es muy difícil convencer a los electores de que está vivo. Es lo que ocurre con Ciudadanos. No ha tenido suerte, pero tampoco acierto. Este es un país que desde UPyD consume partidos de la nueva política como pipas en un derby. No se trata solo de la cuestionable calidad de la clase política emergente, sino que España está inmersa en una crisis desde hace ya siete años que afecta a lo político, al orden que nos hemos dado, agravado por los efectos económicos y sociales de la pandemia. El peor escenario con la peor tripulación.

La fallida campaña de «Voto abrazo» es un síntoma de la zozobra y la descomposición de Ciudadanos. No hay nada que le vaya bien. Al contrario que los nacionalistas, no puede apoyarse en el pasado, porque recordar 2017 es rememorar una huída, un éxito inútil, desperdiciado, un baldón que no se quitará jamás Inés Arrimadas. Su marcha a Madrid no ha reportado nada a Ciudadanos ni a Cataluña. Los electores catalanes que depositaron su confianza en este partido justo después del golpe de Estado están desmovilizados: solo un 35,5% dice que repetirá. El resto considera que podrían hoy tener una Cataluña y una España diferentes si Ciudadanos hubiera seguido con la misma intensidad política en esa autonomía. Podría haberse convertido en el contenedor de todo el electorado harto del nacionalismo, superar el 30% de los votos, y volver a ganar las autonómicas. El servicio a la España constitucional hubiera sido digno de figurar en los libros de Historia.

Esa hegemonía en Cataluña habría tenido su reflejo en las elecciones generales, obteniendo solo por aquellas circunscripciones el número de diputados suficientes como para cumplir lo quiere ahora: sustituir a ERC como socio preferente. Esto nos hubiera librado a todos de la dependencia gubernamental de los independentistas. Eso sí que habría convertido a Ciudadanos en una opción de centro, gubernamental, capaz de mirar a izquierda y derecha para moderar al PSOE y al PP.

Ahora Ciudadanos se aferra a una estrategia irreal: ser el sustituto de ERC en Cataluña para gobernar con el PSC de Salvador Illa. Esa posibilidad ya pasó, a no ser que sea un discurso dirigido al resto de España, incluso a su Gobierno, para cumplir con su deseo de pintar algo en el Congreso. Eso sí; a costa de fracasar en Cataluña.

No solo lo tiene mal Ciudadanos por su pasado y la mala estrategia, sino que se enfrenta al riesgo de que la pandemia retraiga más al electorado urbano, donde está el voto constitucionalista, y afecte menos al rural, inclinado al nacionalismo. De esta manera, la abstención por miedo al contagio de la Covid-19 afectaría más a Ciudadanos. La solución es llamar al voto por correo, porque a estas alturas no podrá decir que votar es algo sanitariamente seguro gracias al Gobierno independentista.

A esto se suma otra desventaja para Ciudadanos: en esta campaña no se está jugando en clave constitucionalismo contra independentismo, como en 2017, sino que el eje del debate es la solución a la crisis sanitaria, económica y social. Esto favorece el discurso de la «alianza progresista»; es decir, de ERC, PSC y En Comú Podem. Lo ha anunciado ya Jéssica Albiach, la candidata podemita, y que se puede convertir en el complemento imprescindible. Por otro lado, de nada vale que Salvador Illa haya dicho que en su gobierno no habrá independentistas. Ya mintió su valedor respecto a Podemos. Además, el PSC tiene casi cincuenta pactos a nivel local con partidos separatistas en las cuatro provincias catalanas. El mal está hecho y el camino marcado.