Carmen Sevilla cumple hoy 90 años bien cuidada y muy acompañada

Hoy faltarán a la cita cumpleañera aquellos amigos a los que Carmen reunía cada 16 de octubre en el restaurante madrileño Zalacaín

Si no fuera porque el Alzheimer ha borrado de su mente todos los recuerdos, Carmen Sevilla estaría orgullosa de cumplir hoy 90 años. Pero no entenderá por qué algunas personas a las que ya no reconoce le llevan regalos y le cantan el “Cumpleaños feliz”. Ni sabe que los que hoy le rodean son su hijo, sus nietos y su íntimo amigo Moncho Ferrer. Quizá se unan al grupo alguna de las enfermeras y médicos que la atienden a diario en la residencia geriátrica Orpea, donde lleva internada cinco años.

Es triste el olvido, no recordar que fue “la novia de España”, una de las actrices más guapas de un país que suspiraba, y envidiaba, por sus encantos.

Hoy faltarán a la cita cumpleañera aquellos amigos a los que Carmen reunía cada 16 de octubre en el restaurante madrileño Zalacaín, también los periodistas que le esperaban en la puerta para inmortalizar el evento. No escatimaba en gastos, y mira que la cena le salía carísima. Pero se sentía intensamente feliz y el dinero era lo de menos. Incluso se animaba a cantar algunos de los temas que le dieron fama y popularidad.

Amigos de antaño, como la bailarina María Rosa, la empresaria de la moda Marili Coll, el colaborador radiofónico Enrique Miguel Rodríguez, el incondicional Gonzalo Presa... recordaran desde la distancia a la amiga a la que no pueden ver. Entienden que su hijo Augusto haya pedido en la residencia que no haya prácticamente visitas, que su madre lo que menos necesita es intranquilidad. El cariño de todos se lleva en el corazón, y este no sabe de distanciamientos.

Carmen goza de buena salud

Augusto y Moncho, a modo de intermediarios, informan periódicamente del estado de salud de Carmen, son los únicos que la ven asiduamente. Y ayer mismo hablé con ellos y me transmitieron la tranquilidad de que mi queridísima Carmen goza de buena salud dentro de los achaques de la edad. Sumida en la nube de la inconsciencia pero sin perder la alegría y la belleza de siempre. Eso se lleva en los genes y no se pierde por mucho que el destino conduzca al inexorable olvido.