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Historia de una (nueva) complicidad

La imagen de Felipe VI mirando a doña Letizia durante su viaje a Cascais, es un gesto espontáneo y sereno que transmite el profundo cariño entre ellos

El Rey y la Reina se miran con un gesto de complicidad
El Rey y la Reina se miran con un gesto de complicidadArmando FrancaAP

Cuando tan difícil es escuchar el característico arrullo de dos tórtolas, pura expresión del amor en los versos del poeta latino Catulo, los Reyes de España nos sorprenden con una poderosa mirada de enamorados en Cascais, muy cerca de Lisboa, la ciudad del fado y del saudade. El Rey Felipe VI inclina la cabeza e intercambia alguna palabra con la Reina Letizia, situada un par de escalones más abajo en unas escaleras mecánicas. La imagen es captada durante su visita a Portugal con motivo de la inauguración de un nuevo centro Botton-Champalimaud de lucha contra el cáncer de páncreas.

El gesto, espontáneo y sereno, transmite profundo cariño y hace añicos ese célebre pensamiento de que el amor es una locura pasajera curable mediante el casamiento. Tal remedio no ha surtido efecto en los Reyes de España, cuyo matrimonio va ya para cumplir dos décadas. Pero más allá del chascarrillo que invita a divagar acerca del cerebro romántico y sus desvaríos, la fotografía tiene un significado muy relevante para la institución monárquica. «Estamos en estos momentos en una nube muy sensible en cuanto a la presencia mediática de las instituciones, personajes públicos y la política. En 33 milisegundos el cerebro humano entiende una imagen y el sentido de la vista es el primero que interactúa», explica el consultor político Isaac Hernández.

En su opinión, la ciudadanía percibe cuándo algo le ha podido emocionar y si es natural o un retrato. «Los personajes públicos, con su afán narcisista de mostrar quién soy, qué he hecho y aquí estoy, utilizan muchas veces, demasiadas, el retrato. En esta imagen, donde los Reyes de España se miran mutuamente, podemos observar que es natural, verdadera y sentida. La diferencia está en quién publica esa impronta. No veo yo a Felipe VI o a la Reina Letizia diciéndole al fotógrafo: ¡corre sácanos la foto para publicarla en mi Instagram o en el de la Casa Real!».

FOTO: NUNO VEIGA EFE

Complicidad y cercanía

Aunque no ha habido intencionalidad, no puede llegar más oportuna. «La espontaneidad no impide que la mirada de los Reyes proyecte justamente esos valores que la Casa Real necesita transmitir en este momento: complicidad, cercanía y trabajo en equipo. Coincide también con lo que el pueblo quiere ver en sus Reyes», explica a LA RAZÓN Marina Fernández, directora de Comunicación y Relaciones Internacionales en la Escuela Internacional de Protocolo.

El reinado de Felipe VI, igual que el de otros herederos europeos, rompe, de acuerdo con esta experta, con la idea encorsetada y anacrónica que ha sostenido la Corona durante mucho tiempo: «Nunca ha habido reglas escritas, pero en general los monarcas de generaciones anteriores siempre han mantenido una actitud distante. Ahora los ciudadanos demandan una institución más pegada al pueblo, mayor calidez y gestos que expresen cercanía física en lugar de una actitud reprimida por el papel que tienen que desempeñar».

Es la línea que siguen últimamente también los duques de Cambridge, a pesar de la solemnidad que envuelve a la Casa Real británica. Esta misma semana, durante el estreno de la nueva película de James Bond, «Sin tiempo para morir». el gesto pícaro del príncipe William hacia Kate Middleton, deslumbrante en la alfombra roja londinense con un diseño de lentejuelas dorado, ha desatado la locura en las redes sociales. Los usuarios no han escatimado emoticonos y comentarios de elogio ante tal derroche de naturalidad. De nuevo, un indicio de cambio incluso en el seno del hierático clan Windsor, siempre tan correcto, donde sus miembros tienen interiorizada la norma nunca escrita que penaliza cualquier ostentación de emoción o sensiblería. Son detalles que alivian las acusaciones de hostigamiento psicológico lanzados por los duques de Sussex, Harry y Meghan, tras su salida de la realeza británica hace un año y la polémica entrevista que la pareja concedió a Oprah Winfrey.

FOTO: NUNO VEIGA EFE

Mariposas en el estómago

La instantánea de la Reina Letizia, con salones de Manolo Blahnik, vestido de lunares en blanco y negro de mangas abullonas y un cinturón que marcaba su estilizada silueta, mirando a su esposo tampoco ha pasado desapercibida para la prensa internacional, que ha encontrado en ellos el mismo gesto de hace dieciocho años cuando el Rey anunció su compromiso o durante la pedida de mano ante los medios de comunicación. Estamos hechos para enamorarnos y a los ciudadanos les complace observar que los monarcas sienten las impepinables mariposas en el estómago cuando se enamoran y que, por mucho que lleven sangre azul, también a ellos les flojean las piernas, el corazón se acelera y sienten euforia si las cosas van bien o se ponen mohínos cuando no van tan bien.

Después de casi dos décadas de matrimonio, la locura transitoria ha dado paso a esa etapa que los científicos llaman de apego. Lleva su tiempo, pero permite que el amor se asiente. Es verdad que su actitud en público siempre ha sido muy contenida, sin pasar de algún beso casto. De ahí tanto asombro con las imágenes que nos brindan desde Cascais. Estas últimas apariciones suavizan la idea de frialdad y apatía que a veces se quiere dar de los monarcas. «La autenticidad les humaniza y aporta seguridad, confianza en ellos y respeto», concluye Fernández.