Estambul

La gabardina de Colombo era española

La Razón
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Resultó una prenda ya tan histórica, emblemática y representativa como las pelucas de Isabel I de Inglaterra, que tan bien caían a Bette Davis o los guantes de Gilda en la insuperable Rita, igualita que la falda multi plisada de Marilyn en su película póstuma que no llegó a acabar. Son objetos fetiches que forman lo mejor de la pantalla grande o pequeña. La descuidada gabardina del inspector que parecía pirado, o más bien descuidado, ya es reliquia de otro tiempo. Y, aunque no la veneran, recuperan su estela «made in Madrid», con la etiqueta de los arraigados Cortefiel.

«Porque de aquí salió, de nuestros talleres», me descubre Bárbara Rodríguez, coruñesa de El Ferrol. De ahí su vida viajera de Washington a Estambul. Me lo contó en un larguísimo viaje a Nueva York, desviado a Canadá, no se sabe por qué, que lo aumentó cuatro horas. Tremendo servicio el de American Airlines. A Natalia Verbeke y pareja les negaron un bocata yendo en vip, acompañados de María León, imagen rubia de Pedro del Hierro que ahora se relanza en Estados unidos tras cincuenta años de su debut en las Américas. Han abierto una serie de sucursales en ciudades vecinas de Nueva York. De ahí que bajo los rascacielos montaran una demostración de obra con la simbólica gabardina como gancho. Impactó porque nadie sabía su origen ni procedencia.

«Con la gabardina proyectamos una revisión antológica de nuestras creaciones de más de un siglo. Montaremos una expo conmemorativa que supone un repaso a cien años de vestir, especialmente al hombre», se amplía esta directora de comunicación muy metida en la exhumación. Lo de Colombo acentuó la aparente dejadez del personaje. Desconocen si la prenda es la primera adquirida o dada la duración del programa tuvieron que recurrir a nuevas adquisiciones. Deberán confirmarlo, comprobando datos de su año de elaboración y considerarla una auténtica «antiquité», como la trinchera cruzada de Dillinger que popularizó Richard Widmark haciéndola su santo y seña. Hollywood tiene ese influjo, de ahí la rebeca del filme homónimo –llevada por la hace poco fallecida Joan Fontaine, que era peor actriz de lo que parecía y lo comprobé en una reciente revisión de sus filmes, entre ellos el de «Mujeres» con Rosalind Rusell y la plácida Irene Dunne–. Rosalind me recuerda a nuestra Macarena Gómez, que impactó por acudir con su marido Aldo a la doblemente nevada boda de Casiraghi y Tatiana, y en los Goya, donde ella y su esposo arrastraron estelas peleteras que les llegaban a los pies. Una pareja singular, que destacó frente al aparatoso clasicismo negro de Ana Belén, la dulce Silvia Abascal, bajo un Stéphane Rolland, que conformase paso a dos con Rafa Amargo y a la distante y fría Belén Rueda. Semejante a una mala del mejor estilo. Por algo será.