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La semana de Martín Prieto / Nuestros indignados

Están indignados, cabreados y agobiados, pero suena sospechoso que tras tanta torpeza socialista salgan a la calle tan cerca de las elecciones. La única posibilidad de mejorar es el cambio en el Gobierno
 

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22 de mayo de 2011. 09:16h

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22/5/2011

He asistido a campañas electorales centro y sudamericanas en las que saldada la jornada con media docena de muertes violentas, pese a la ley seca, los comunicados oficiales se felicitaban por la normalidad de la votación. Espero que no sea nuestro caso tras la turbulenta entrada en escena de los jóvenes indignados, agobiados y cabreados que han desviado la escasa atención sobre una campaña poco participativa y signada por la moderación del Partido Popular y la sustitución socialista del viejo doberman por la cansina definición del PP como derecha extrema, extrema derecha, ultraderecha o derecha demoníaca, que tanto da.
Los indignados que han protagonizado la recta electoral parecen el Movimiento Nacional franquista: rechazan la democracia formal, los partidos políticos y la libertad de información. Se reclaman de espontáneos pero han sido movilizados por las redes sociales de internet y los SMS, teledirigidos por plataformas reivindicativas radicales situadas ideológicamente en la izquierda inmoderada, con la cariñosa comprensión de PSOE e Izquierda Unida. Se bautizan de pacíficos pero son coercitivos, y la paz no consiste solo en no darle un botellazo a un cristiano o dejar indemne una vidriera o un contenedor, sino también en acatar a las Juntas Electorales, no cortar las vías públicas ni amenazar con manifestarse durante la jornada de reflexión. Eso es trágala. Agit-prop y Bakunian afeitado y en bambas.


En España son legión los agraviados por las torpezas socialistas pero que unos miles hayan despertado precisamente ahora, cuatro días antes de las elecciones de hoy, mueve a sospecha al más ingenuo. Tenían motivos para bramar cuando Zapatero les dijo que la crisis financiera internacional sólo era una leve desaceleración económica, cuando tildó de antipatriotas y catastrofistas a quienes advertían sobre el crack, cuando aseguró que avanzábamos hacia el pleno empleo, cuando nos situaba en la superación de Alemania, Francia e Italia, que nos miraban con envidia, y hasta cuando nos deseó enigmáticamente buenas noches y buena suerte, sacado de una película estadounidense de periodistas.
 

En política la mentira es moneda común, como en la vida, pero nadie nos había mentido tanto como Zapatero desde al menos Fernando VII, el rey felón. Que los indignados hayan esperado hasta estos días recuerda la jornada de reflexión de marzo de 2004, incivilizado desprecio socialista por la etiqueta y el decoro de unas elecciones. Hoy los concentrados son el 7º de Caballería en socorro de un PSOE sin municiones. La crispación le sienta bien a este socialismo que ni se plantea el giro del gozne hacia un cambio político. Los indignados no proponen alternativas pero llevan en la mochila un mensaje subnormal: la postración la origina una carcundia de instituciones conservadoras que hay que demoler votando a las izquierdas, como si pretendieran la caricatura del fracasado mayo del 68. Hasta Felipe González se ha tirado a la piscina equiparando a nuestros cabreados con los movimientos de masas en el Mediterráneo árabe, escandalosa suma de peras con manzanas y desprecio doloso de nuestra Constitución democrática. También podría semejar al Rey con Mohamed VI.
 

El Movimiento Nacional tiene razones, pero no la razón, aunque ha venido para quedarse y con el tiempo sabremos si pretenden subvenciones o asaltar el Palacio de Invierno. Una sociedad sustancialmente distinta queda para los nietos de la Puerta del Sol. La partitocracia está blindada por todos los poderes y llevará bastantes años reconstitucionalizarnos. La única posibilidad inmediata de que las cosas mejoren para todos, incluidos los indignados, es la alternancia y un Gobierno popular de mayoría absoluta. Es saludable tener que pactar pero están tan enquistados los problemas aplazados que más vale un diputado de más. Voten lo que les pete; pero voten.

 

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