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«Si yo fuera el Rey»

Tiempo de lectura 4 min.

01 de agosto de 2010. 01:28h

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1/8/2010

La concesión de títulos nobiliarios es exclusiva voluntad del Rey. Los títulos ya no tienen la importancia de antaño, aunque hay personas que no pueden vivir sin ellos. Un título es un honor y un depósito cultural. También una obligación de ejemplaridad. De aplicarse esa obligación de ejemplaridad nos quedaríamos sin unos cuantos. Pero no importa. Un título se lleva con naturalidad o se cae en el esnobismo, la cursilería y el ridículo.  Y es gracia que no puede pedirse ni buscarse. Algunos la encuentran por vía matrimonial, y les compensa el hastío de toda una vida amarrado al título. Es de cortesía no criticar la concesión de un título nobiliario, por ser consecuencia del impulso Real. Si el Rey lo decide, el Rey lo dispone y a nadie tiene que dar explicaciones. Y no está bien visto hacerle recomendaciones al Rey al respecto. Es decir, que mis palabras de hoy no van a ser bien recibidas. Pero a estas alturas del cuento no me importa ni me afecta. Serán recomendaciones desoídas y apuntes tirados a la papelera. En el fondo es un juego que podría llamarse «Si yo fuera Rey».

Si yo fuera el Rey, Antonio Mingote, uno de los más grandes españoles de los siglos XX y XXI tendría título nobiliario desde décadas atrás. Nadie ha trabajado en España tanto tiempo y con tanta brillantez. Su genialidad plástica, su cultura, su patriotismo, su visión positiva y valiente de nuestros aconteceres suman y suman hasta alcanzar la excelencia del talento. Si yo fuera el Rey, Santiago Grisolía, el ilustre científico e investigador valenciano tendría un título nobiliario. Es la síntesis de la sabiduría enclaustrada en la sencillez humana. Si yo fuera el Rey, Plácido Domingo tendría un título nobiliario. Nadie ha llevado la grandeza artística de España por todos los rincones del mundo como el tenor –hoy también barítono–, madrileño y vasco. Otro español excepcional, embajador del prodigio de España. Si yo fuera el Rey, Rafael Nadal tendría un título. Creo que es el mejor deportista español de todos los tiempos. Si antaño, se concedían títulos nobiliarios a los jugadores de polo, ¿porqué no ahora a los de tenis, o a los atletas, o a los deportistas que nos representan y nos enorgullecen como españoles? Si yo fuera el Rey, Eduardo Sánchez Junco, recientemente fallecido, tendría un título, por desgracia, con carácter póstumo. No ha habido nadie en el mundo de la información, que durante décadas y sin descanso, haya  mantenido su lealtad a la Corona, sin resignación ni tibieza, como el formidable Eduardo. La imagen de la Corona en el mundo, que es cimera, se debe a los Reyes. Pero también a personas que no han hecho otra cosa que enaltecerla y cuidarla como la familia Sánchez Junco. Si yo fuera Rey, Amancio Ortega tendría un título. De la humildad más honrada al empresario que más puestos de trabajo ha creado en las últimas décadas. Solamente un detalle que puede entorpecer el acceso al ámbito nobiliario de estos grandes nobles de España. Que no soy el Rey.

Se dice, por muchos, que los títulos nobiliarios están obsoletos. Pero los que lo dicen, y los más obsesionados en afirmarlo, serían capaces de cualquier cosa –algunos lo han sido–, por conseguirlos. Un asunto que sólo afecta a dos mil  personas se ha convertido en un debate que ha alcanzado hasta el Tribunal Constitucional. Roto el derecho de la costumbre en beneficio de nuevos fundamentos, también se rompe el de la discreción y la prudencia.

Y hay más españoles grandes que lo merecen. En la Ciencia, en la Medicina, en la Cultura, en la Empresa y en la Sociedad. Hay que renovar esto. Aunque sólo sea jugando a «Si yo fuera el Rey».
 

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