Kabul

Depresión afgana

La Razón
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La última esperanza, la más rutilante estrella militar, el general Petreus, toma posesión de su mando afgano en el punto más bajo de los ánimos americanos. La guerra con plazo a vista de un año para el comienzo de la retirada produce abatimiento en corazones que distan continentes. Hasta los republicanos, el único apoyo serio a la buena guerra de Obama, empiezan a tirar públicamente la toalla.Sin embargo la fecha ha sufrido alargamientos interpretativos claves en torno al cambio de mando y la especulación es que el superdiscreto vencedor de Irak no aceptaría la mera gestión de una vergonzosa derrota de incalculables consecuencias. Así pues, olvidémonos de julio del 2011, de limitaciones en los medios, de topes en el número de tropas. ¿El general con cara de póker le habrá arrancado tales promesas al inmutable presidente? ¿O todo es un arriesgadísimo juego de sobreentendidos presto a deshilacharse? Petraeus ya se ha puesto a restaurar las maltrechas relaciones militaro-civiles. Pero lo que de verdad necesita es socios a su medida. Ya que no puede cambiar a un vicepresidente bocazas que se las da de estratega sabelotodo, sí debería poder hacerlo con el embajador en Kabul, el enviado presidencial para Af-Pak, su propio jefe inmediato en el Mando Central de Tampa, que él abandona por el teatro de combate. Si no empezamos pronto a ver esos cambios, mal va la cosa. Va a resultar que Karzai va a tener razón al negociar con los pakistaníes un acomodo con los Talibán más radicales. Que el fidelísimo Reino Unido, con un Cameron que sueña restablecer la inapreciable «relación especial» con los americanos, también la tiene cuando empieza a mencionar la retirada. Y así otros aliados. Por idolatría obamoseguidista o porque no se entera, Zapatero aún no ha hecho ningún gesto, pero seguro que no querrá ser el último en abandonar el barco. Sus genes le pedirían ser el primero. ¡Qué conflicto, Señor!Y todo por una maldita fecha. O una maldita irresponsabilidad. O un maldito cinismo.