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Vega-Arango

La Razón
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Comenzaba yo de principiante guerrillero y Manolo ya era presidente del Real Sporting. Hace unos días, compartimos manteles en el recomendable restaurante El Puerto, en la antigua lonja de Gijón. Hoy, que ya tengo más pasado que futuro, él sigue siendo el presidente del Sporting. Sólo han transcurrido treinta y cinco años entre mi adolescencia periodística y esta madurez profesional. Sin embargo, con la raya de sus pantalones impecablemente planchada se puede cortar una barra de pan, en sus abrillantados zapatos podría mirarse un hombre al afeitarse y continúa exhibiendo su personalidad de hombre elegante, de clase, de niño bien del Tenis de Somió, del Golf de Castiello y del Regatas de Corrida.

Parió la Liga Profesional, aglutinó los derechos de los clubes y los defendió a muerte. Luego, transitó por el fútbol en las cumbres y en los valles, mostró habilidad en las dificultades y anunció siempre el elixir de la eterna juventud. Ha contribuido a sanear el club, ingrata labor que debemos reconocer y meritar a un profesional de lujo, Alfredo García Amado, coautor del milagro sportinguista.

Manolo Vega-Arango Alvaré merece ser presidente de honor, por sus muchos años de futbolista y dirigente, que recuerdan al Bernabéu rojiblanco. Y me alegra saber que todo se moderniza, gracias a la estabilidad que nace de un accionista, José Fernández, callado, preocupado y atento a cualquier sensibilidad sportinguista. El futuro espera con sed de alegrías. Sólo faltan algunos detalles para regresar a Europa, sin una arruga en el traje ni en la piel. Pero, ojo, que son detalles fundamentales. Lo mejor es que queda Manolo para rato. Y yo me alegro.